Tras las huellas de Carrillo Puerto

El intelectual marxista Armando Bartra, en casi 300 páginas, presenta una “biografía novelada sin falsear la verdad” del gobernador de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, en su lucha por un movimiento que, si bien es equivalente al zapatismo en Morelos contra el latifundio y los hacendados y por una reforma agraria, tuvo una orientación socialista. Señala en entrevista algunas diferencias y semejanzas con el gobierno actual, cuestiona a Morena por su indefinición para un proyecto de país a futuro y en materia cultural dice que “hay que meter la cuña”, pues Carrillo Puerto le dio un impulso extraordinario.

Especialista en temas sociales, económicos y políticos sobre los cuales es autor de una treintena de libros, Armando Bartra ha incursionado en la historia por sus procesos más que por sus personajes, pues considera que se deben atender las gestas de los pueblos y el protagonismo colectivo.

Ahora, sin embargo, irrumpe en el género biográfico novelado, con “ciertas licencias historiográficas sin falsear la verdad”, en el volumen Suku’un Felipe. Felipe Carrillo Puerto y la revolución maya de Yucatán (Fondo de |Cultura Económica), en el que aborda la vida y obra del revolucionario y periodista, gobernante en ese estado entre agosto de 1922 y enero de 1924.

Antes, el profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, exdirector del Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural Maya, AC, y doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, escribió el ensayo Zapatismo con vista al mar: El socialismo maya de Yucatán. Una edición gratuita de Para Leer en Libertad, en la cual toca la figura de Carrillo Puerto, a quien los mayas llamaron suku’un (hermano), nacido en Motul el 8 de noviembre de 1874 y fusilado el 3 de enero de 1924 en el Cementerio de Mérida, luego de ser derrocado por el general golpista Juan Ricárdez Broca.

Hace tiempo interesa a Bartra el tema de la Revolución mexicana en el sur-sureste, donde la insurgencia “se radicaliza” y –en su opinión– adquiere tintes de una contrarrevolución pues “se opone al movimiento carrancista que venía del norte, con personajes tan interesantes como Tomás Garrido Canabal”, gobernador de Tabasco, y el propio Carrillo Puerto “con el Partido Socialista del Sureste (PSS) y ligas de resistencia agraria”.

La historia de ese periodo y esa región siempre serán importantes, pero su lectura depende del momento histórico en el cual están el escritor y el lector, dice el investigador vía telefónica a Proceso, al referirse concretamente al gobierno actual:

“No puedo evitar pensar en la experiencia de Yucatán a la luz de lo que está pasando en México en estos últimos años. Eso está claro en el libro. No significa que esté haciendo referencias constantemente a la coyuntura nacional, ni siquiera hago alguna, salvo en una nota al final.”

Ciertamente, sólo en las últimas líneas de la página 283, de agradecimientos, alude al presidente:

“Gracias finalmente a Andrés Manuel López Obrador, en quien no podía dejar de pensar mientras contaba la vida de su sosias yucateco.”

A lo largo de la entrevista sí va estableciendo más abiertamente ciertas coincidencias entre ambos gobiernos, por lo cual se le pregunta si realmente el llamado gobierno de la 4T tiene similitudes.

Recuerda que el gobierno socialista de Carrillo Puerto tuvo sus particularidades. Primero, porque se dio en la Península yucateca, cuando en el país ya se había promulgado, el 5 de febrero de 1917, la Constitución hasta hoy vigente. Pero en esa región la revolución aún era necesaria y entra en su fase más radical. El político se suma al Plan de Agua Prieta y cuando triunfa hace una elección para poder sentarse en la silla de gobernador legalmente.

Su movimiento fue equivalente al zapatismo en Morelos, pero no con nahuas y mestizos, sino con mayas. E igual contra el latifundio y los hacendados, y por una reforma agraria. En aquel momento, el modelo ya era la revolución rusa:

“Una revolución después de 1917 tenía que ser socialista. Y lo que se estaba haciendo en Rusia era desmontar el aparato del Estado, de la oligarquía, acabando con el dominio de los señores de la tierra. Era un ideal comunista, no sólo socialista.”

Se estaban transfiriendo los medios de producción de la tierra, las fábricas, los talleres a los trabajadores. En Yucatán, añade, cabía una reforma agraria y un cambio político fundamental, no se trataba de simplemente copiar el socialismo de la ya desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS):

Carrillo Puerto consideraba que una revolución sin los mayas no podía ser, “es un indianista, pero tenía que ser socialista, igual que en Perú José Carlos Mariátegui, él es comunista, pero peruano. Entonces el comunismo en Yucatán tiene que ser con los indios”.

Se propone, entre otros aspectos: la soberanía alimentaria, porque la dependencia con el exterior era “brutal”, se había priorizado el henequén, que era monopolizado por corporaciones internacionales, por encima del cultivo del maíz y del frijol, que se importaban de Estados Unidos y Argentina, básicamente. Luego busca la dignidad de los mayas esclavizados en las haciendas.

Lo que se hizo entonces, dice, sigue siendo válido hoy porque se estaban cambiando las relaciones de producción para que quienes eran esclavizados pasaran a ser libres, la distribución del ingreso fuera más equitativa y el país dependiera menos de las transnacionales.

Promesa y realidad

Para él la cuestión fundamental no es si la Cuarta Transformación copia o se inspira en el gobierno yucateco porque éste se opuso a la casta divina, al sistema oligárquico y transnacional. La idea de Carrillo era luchar contra el monocultivo del henequén, como Zapata contra el de la caña, para volver a la milpa, a una producción de maíz de autoconsumo, sostenida en la agricultura campesina, no empresarial. Pero cuando llega al poder, Carrillo entiende (como el Caudillo del Sur) que deben seguir con la producción industrial, porque la economía de mercado no está sostenida en el autoconsumo. Hay que sembrar maíz, pero sin dejar el henequén y, en su caso, la caña, y comercializarlas, lo cual desconcertaba a sus seguidores.

En ese sentido, considera, al gobierno de la 4T le sucede algo semejante: Siendo oposición hace unos años criticó proyectos como la termoeléctrica de Huesca, Morelos. Va López Obrador “como político opositor, crítico del gobierno y del neoliberalismo, y dice: ‘este proyecto del gasoducto está mal hecho, es impuesto, autoritario, negociado con las constructoras, con convenios parciales, no está bien’.

“Y ya como presidente de la República dice: ‘bueno, compañeros, pues sí se hizo mal, pero ya está la termoeléctrica y necesitamos generar electricidad porque estamos dependiendo de otros que son los generadores y esto ya está puesto, hay que buscar que no afecte demasiado al medio ambiente, a los campesinos…’. Es decir, su postura cambia, cuando es una corriente política de oposición tiene un discurso distinto a cuando esta corriente gobierna.”

Para él, y “aunque alguna gente no lo entienda”, esas posturas son válidas. Lo fueron para Zapata en Morelos, para Carrillo Puerto en Yucatán y para la 4T. La gente piensa que cuando la oposición llega al gobierno debe poner “todo de cabeza de un día para otro, y eso es imposible”.

Y explica: “Lo que estamos viendo hoy es el proceso de cambio de una sociedad, de una sociedad de mercado, capitalista, con un sistema político proveniente del idealismo clásico, con un sistema de participación social también de carácter tradicional. Y no va a ser modificado de un día para otro, es un proceso y este proceso tiene una dirección. Vivimos en una situación marcada todavía por lo que fueron treinta y tantos años, casi cuarenta, de neoliberalismo.

“El capitalismo no es una abstracción, el capitalismo contemporáneo en el mundo y en México tiene características neoliberales. Desmontar ese neoliberalismo es la primera tarea anticapitalista; que es socialista o no es socialista, pues yo creo que no, pero eso no está a debate.”

En Yucatán, agrega, ese proceso de cambio sí tuvo una orientación socialista porque el partido de Carrillo Puerto era socialista, y en los congresos políticos de Motul e Izamal se habla expresamente de objetivos comunistas, no sólo socialistas, pues “luego de la Revolución rusa, el socialismo es un hecho consumado”.

Se le pregunta al sociólogo si entonces él no justifica la decepción de la 4T.

Parte de lo general: En su opinión, se comprende el desencanto con el socialismo porque fue “una utopía de escritorio”. Marx y Engels hicieron la crítica al capitalismo, pero no escribieron la propuesta de un nuevo orden. En cuanto al socialismo del siglo XX, en realidad fue “un autoritarismo centralista y burocrático”, si bien la URSS logró avances tecnológicos, científicos e incluso económicos.

Sin embargo, aclara, si bien en ningún país socialista resultó “ese mundo de la libertad, la justicia y la equidad que habíamos imaginado”, tampoco en el capitalismo, y menos en el neoliberalismo, por ello debe ser transformado con sentido democrático y justiciero, y prefiere no llamar a ese cambio “socialismo”, sino “altermundismo”.

Pero insiste en que ese nuevo orden es una búsqueda, no es como una casa que se construye a partir de unos planos.

Y en ese sentido, respecto a México y su futuro, señala que se requiere saber qué hará la 4T, que a decir suyo tiene “un proyecto sexenal”, pero hay que pensar en lo que hay más allá, en el próximo sexenio, por ejemplo:

“Morena tendría que estar diciendo cuál es su oferta para el próximo sexenio. ¿El socialismo? O si es una gran etapa del postneoliberalismo, ¿cómo lo quiere impulsar? Y si vemos un poco más lejos, dentro de 20 años, qué nos estamos imaginando. Yo creo que es esa la idea que tenemos de un socialismo ideal, y si estamos avanzando en ese rumbo, si es así, entonces sí podemos aprender de experiencias, de cambios sociales, como las que ocurrieron en Yucatán, donde hubo transformaciones importantes.”

Subraya:

“Y podría meter la cuñita: debiéramos ver que en esta experiencia de Yucatán la reforma agraria, el respeto a los pueblos originarios y a sus territorios, es una reivindicación de la soberanía alimentaria, una recuperación de la cultura y una revitalización de lo que eran los restos admirables de la vieja cultura maya, y también un impulso muy fuerte al feminismo.”

Entonces “ahí sí creo que la Cuarta Transformación tendría que verlo con más seriedad”.

Feminismo y cultura

Bartra enfatiza dos aspectos a su juicio esenciales en la experiencia yucateca: la recuperación de las tradiciones, la cultura y la lengua mayas –incluso el gobernante daba sus discursos en maya–, y el feminismo:

“Hacer una historia de Yucatán o una biografía de Carrillo Puerto con una perspectiva de género es absolutamente fundamental hoy, más porque el feminismo, la ola verde, está en ascenso en el mundo, y en México hemos tenido dos grandes movilizaciones muy recientes”.

Siendo particularmente patriarcales la sociedad maya y la criolla de la llamada casta divina, el PSS estaba integrado en su mayoría por hombres, pero un pequeño grupo de mujeres encabezado por las maestras Elvia Carrillo Puerto, hermana de Felipe, y Rosa Torres, logra la discusión de importantes temas, como los derechos políticos de las mujeres, el derecho a votar y ser votadas, a ser alcaldesas, diputadas, senadoras. Elvia (La monja roja) llega a ser diputada, y las mujeres participan en organizaciones y en ligas de resistencia.

Y algo “más complicado” para aquel momento, enfatiza Bartra: logran poner sobre la mesa la discusión de los derechos sexuales y reproductivos, al sostener que la mujer es dueña de su cuerpo y tiene derecho a decidir si se embaraza o no, cuántos hijos quiere, si desea suspender el embarazo, tener relaciones sexuales, con quién, y el derecho al placer, a disfrutar del sexo. La primera ley sobre el divorcio en el país se da en Yucatán, con el gobernador Salvador Alvarado, quien organiza el Primer Congreso Feminista en 1916. Luego se le añade que el hombre debe seguir haciéndose cargo de la manutención de los hijos, porque muchos se desentendían tras el divorcio.

Habría que mirar hacia el feminismo radical de la revolución yucateca, indica Bartra, porque “no está claro el concepto feminista de la 4T”, y lamenta que “hace 100 años, ¡caramba!, fuesen más avanzados que algunos de los discursos de gente de un partido como Morena”.

Al propio López Obrador no se le da el discurso feminista, aunque no sea enemigo de la causa de las mujeres, “para nada”, pero no tiene “esa sensibilidad”.

Cuestiona:

“Y eso no es bueno, porque provoca que el feminismo tenga que abrirse paso en contra de las reducciones y complicaciones de Andrés Manuel. Es una causa pendiente, no de las mujeres, que ahí están saliendo a la calle y haciendo lo necesario. Me refiero a la gente de la Cuarta que debe impulsar más fuertemente las reformas urgentes para reducir el daño de la violencia que ahora se endureció con la pandemia.”

Se le pregunta si en el ámbito cultural la 4T también queda a deber respecto al gobierno carrillista, y admite –si bien escuetamente– que es un tema en el cual “hay que meter la cuña”, pues Carrillo Puerto –quien sólo gobernó dos años y no los cuatro que duraba un periodo, porque lo asesinaron– dio un impulsó extraordinario a la cultura.

No sólo fundó la Universidad de Yucatán, para lo cual tuvo que convencer a José Vasconcelos, entonces secretario de Educación Pública del gobierno de Álvaro Obregón, quien pretendía que fuera parte de la Universidad Nacional y se le apoyara desde el centro. Asimismo, sacó adelante una política cultural importante, como parte de la cual publicó libros fundamentales que no se habían difundido, como el Popol Vuh, y textos en maya. También surgieron valiosos escritores, como Antonio Mediz Bolio (Caminante del Mayab) y un joven Ermilo Abreu Gómez (Canek).

Recuerda cuando Carrillo Puerto, tiempo antes de ser gobernador, visitó las ruinas en Chichén Itzá, que no habían sido restauradas; eran sólo piedras amontonadas y estaban en terrenos de una hacienda privada propiedad de un estadunidense. En el libro explica que iba rumbo a Dzitás cuando un vigilante de las ruinas le pidió que fuera a ver la pirámide. Y cita sus palabras:

“No puedo expresarles lo que sucedió en mi corazón; pasé cuatro días llorando entre esas piedras y sentí el alma llena de una gran amargura. Me pregunté entonces hasta cuándo esas espléndidas construcciones podrían ser conocidas por todos; cuánto tiempo más pasarían ignoradas las grandes obras de esos hombres antiguos.”

Con intervención de Obregón se firmó un acuerdo con el Instituto Smithsoniano de Estados Unidos para restaurar las ruinas, se temía que se robaran las piezas, y lo hacían, pero se impuso la idea de recuperar la zona y lograr que los mayas tuvieran algo en qué reconocerse. Y se hizo una carretera para que la gente pudiera trasladarse al lugar desde Mérida y Progreso.

Destaca, de aquella época, “la idea de demostrar que México tenía una cultura, una cultura tradicional, una cultura histórica que se podía lucir”. Y la impulsaban la Revolución mexicana, Vasconcelos y el propio Álvaro Obregón, porque “veníamos de una guerra y la imagen de México después de 1910 era el salvajismo, ¿no? Se fusilan unos a otros, no le tienen respeto a la vida.

“La revolución había mostrado lo bárbaros que podíamos ser los mexicanos, y había que demostrar que no, dar otra imagen. Y la otra imagen era la cultura, la cultura ancestral. Entonces hubo interés del gobierno, en el caso de Yucatán muy claramente, para demostrar que los yucatecos y el mundo yucateco es el mundo maya, y que los mayas no son esclavos primitivos, sino herederos de una gran cultura, y esto puede atraer turismo. Y el turismo es indispensable, porque después de la Primera Guerra Mundial se cae la producción del henequén, que es de lo que vivía el estado, ya no tenía ingresos.”

Se impulsó la antigua cultura maya, se pensó en utilizar los trenes, y Carrillo Puerto “no le llamó Tren Maya, naturalmente, pero impulsaron las vías de ferrocarril que era el medio de comunicación, no era el tiempo todavía del automóvil, pero se estaba pensando en trenes y en carreteras. Yucatán extendió la red férrea, no demasiado porque el gobierno sólo duró dos años y la economía no daba para mucho más”.

Bartra escribe al final sobre su libro de 293 páginas:

“Me gustaría que se leyera esta historia como si transcurriera mientras la voy narrando.”