El periodista francés Valentin Gendrot quería conocer desde adentro el funcionamiento de la policía, una de las instituciones más cuestionadas de su país… y se infiltró como aspirante. Su primera sorpresa fue que tras un entrenamiento que apenas duró tres meses, salió graduado y con derecho a portar un arma. Anotó sus experiencias y el resultado es un libro que confirma el racismo y la violencia impune que han dejado de ser la excepción en las fuerzas galas del orden.
PARÍS.- El todavía niño recibe una primera bofetada en la mejilla derecha. Después le siguen una segunda, una tercera, quizá más
hasta que los policías lo conducen a una patrulla. Ya en el vehículo un agente se sienta a su lado y lo insulta: “Hijo de puta”, al tiempo que lo tunde a puñetazos. Son tantos, que el testigo de la escena pierde la cuenta.
En la comisaría la lluvia de golpes no cesa. “Son las 17:40 horas y acabo de ser testigo de un caso de brutalidad policial. El joven se quedará en la comisaría”, escribió en su diario el periodista Valentin Gendrot.
El encontronazo entre Konaté, el adolescente parisino de 16 años, y los agentes franceses de seguridad sucedió a raíz de una llamada telefónica de un vecino, quien se quejó de que un grupo de jóvenes escuchaba rap a todo volumen en la entrada de un edificio.
“No me toques”, fue la respuesta del joven Konaté a uno de los agentes que llegaron hasta el sitio y quien antes le dio una palmadita en la mejilla quejándose de que su equipo tenía “otras tareas que cumplir”.
El tono insolente del muchacho le valió una lluvia de golpes de parte del agente que se ensañó con él, en medio de la indiferencia de sus colegas. El hecho quedó registrado en las notas de Grendot, quien durante cinco meses presenció la brutalidad cotidiana en una comisaría del norte de París al infiltrarse como un miembro más de las fuerzas del orden y plasmar su experiencia en el libro Flic: un journaliste a infiltré la police (Poli. Un periodista infiltrado en la policía). La obra tuvo un rotundo éxito desde su aparición y a siete meses de haber sido publicado ya va en su quinta reimpresión, con un total de 7 mil ejemplares.
“Llevo tres meses de infiltración y he visto colegas golpear a un migrante negro en una parada de camión y en un furgón de la policía; a otro migrante marroquí y al joven Konaté y abofetear a varios sospechosos detenidos en la comisaría, siempre árabes o de tez negra”, denuncia Gendrot en el libro.
Como policía auxiliar del distrito XIX parisino, el más desfavorecido de la capital francesa, con una tasa de pobreza que ronda 25%, Gendrot pudo observar desde el interior de una brigada la violencia abusiva, el racismo y la arbitrariedad con la que algunos policías tratan a los jóvenes negros, a los de origen magrebí y a los migrantes. Con una impunidad casi total.
El caso de la golpiza al joven Konaté llegó hasta la justicia y Gendrot, para poder continuar con su infiltración, brindó un testimonio falso que encubría al agresor. El hecho, publicado con la aparición del libro en Francia en septiembre de 2020, generó un debate y críticas en su contra: ¿cuáles son los límites en una infiltración?, ¿es ético no actuar frente a una violación de derechos humanos?, ¿el fin justifica los medios?
En entrevista el periodista se justifica: “Es legítimo hablar del hecho de que no intervine. Pero yo hice esta infiltración para mostrar y denunciar la violencia. (…) Si hubiera reportado los hechos a nivel interno, me hubieran arrinconado y el caso se hubiera cerrado”.
El caso Traoré
El testimonio inédito de Gendrot acrecentó la indignación existente y patente en la sociedad francesa desde la muerte del afroamericano George Floyd, asfixiado por un policía en una labor de inmovilización en Minneapolis, Estados Unidos.
En mayo y junio de 2020 miles de jóvenes franceses –muchos de ellos hijos o nietos de migrantes de las excolonias– salieron a las calles a protestar, convencidos de las similitudes entre el racismo policial estadunidense y la violencia de la que son víctimas por parte de la policía y la gendarmería francesa. Las inéditas movilizaciones que surgieron entonces fueron encabezadas por Assa Traoré, hermana de Adama Traoré, quien en julio de 2016 murió tras su detención por la policía, en el norte de Francia.
En octubre de 2020 la justicia francesa reconoció abiertamente y condenó el proceder discriminatorio de su policía. Incluso un tribunal condenó al Estado francés a indemnizar a 11 personas que sufrieron controles arbitrarios, golpes, bofetadas e incluso un intento de estrangulación por parte de un grupo de uniformados en el distrito XII de París.
Pero pese las condenas en tribunales, los informes de ONG como Amnistía Internacional –que denuncian el uso desproporcionado de la fuerza durante las manifestaciones–, las alertas de sociólogos como Fabien Jobard –que afirma sin rodeos que existe un esquema de racismo sistemático en la policía además de una “radicalización” de la represión policial de las manifestaciones– y los testimonios de las víctimas, el Ejecutivo francés se resiste a reconocer el problema.
El portavoz del ministro del Interior, Laurent Nuñez, afirmó en junio pasado que “no hay racismo en el seno de la policía”. Por su parte, el presidente Emmanuel Macron rechazó el uso del término “violencia policial” cuando se le interrogó sobre el aumento exponencial del número de quejas por abusos policiales –triplicada en los últimos cinco años– en el marco de las manifestaciones de los Chalecos Amarillos en 2019. El mandatario reconoció sólo la existencia de “policías violentos”. Este debate semántico ilustra la dificultad de los gobernantes franceses para mirar de frente esta realidad incómoda.
Por si fuera poco, el Estado francés carece de estadísticas para contabilizar los casos de brutalidad policial. El Observatorio Nacional de la Delincuencia reporta, por ejemplo, los casos de violencia contra bomberos y policías, pero no de éstos contra civiles. El único termómetro del que se dispone para medir tendencias son las quejas de los mismos ciudadanos por abusos de agentes de la fuerza pública; cifras que sólo son públicas desde 2017.
Según la Inspección General de la Policía Nacional (IGPN, cuerpo de auditoria interna de la policía francesa), en 2019 se abrieron 868 investigaciones judiciales por violencia policial contra ciudadanos, una cifra 41% superior a la de 2018. Los datos de 2020 aún no se publican.
Y a pesar de las exhortaciones de varios sectores de la sociedad civil para remediar al racismo en la policía francesa, la IGPN dejó de contabilizar las infracciones por insultos racistas en su informe más reciente.
Organizaciones de la sociedad civil han denunciado de manera recurrente esa tendencia de la policía –conocida como “délit de sale gueule” (delito de cara fea) o racial profiling (perfil racial)– de priorizar la revisión de documentos de identidad a ciudadanos de tez morena o con rasgos árabes y magrebíes. El expresidente François Hollande (2012-2017) prometió incluso obligar a los policías a entregar un comprobante de control cada vez que se revisa a un ciudadano en la vía pública. Tal promesa suscitó esperanza entre las organizaciones de defensa de los derechos civiles; sin embargo, nunca fue cumplida.
En 2017 la Defensoría de los Derechos de Francia publicó un informe demoledor sobre los controles de identidad, en el que se constata que los “jóvenes percibidos como negros o árabes tienen 20 veces más probabilidades de ser controlados por la policía.
Un infiltrado en la policía
Fue justamente con el afán de entender las controversias sobre la policía francesa que Gendrot se infiltró durante dos años en los cuerpos de seguridad franceses. Su plan se inició con una formación de apenas tres meses en una escuela y continuó con una inmersión de cinco meses en una brigada parisina con el grado más bajo de agente policial. Una experiencia inédita detallada en el libro que desde el 20 de enero se encuentra también en español.
Para varios miembros de la brigada descrita en el libro, humillar, hostigar, golpear y detener fuera de cualquier marco legal a los jóvenes de los barrios populares parece la norma. “En un año, detuvimos a cerca de 6 mil personas y golpeamos a casi la mitad de ellas”, se ufana ante el periodista infiltrado un colega.
Sobre estos abusos recurrentes en su brigada, Gendrot observó que “eran siempre los mismos cinco o seis policías que cometían esta violencia. Una violencia aceptada por los otros agentes que no son violentos. La gran mayoría que usan estos métodos no dicen nada”, relata en la videoentrevista con este medio.
El periodista independiente narra la omnipresencia de la violencia física y verbal de corte racista. “Bastardos”, “crouilles” (palabra despectiva para designar a los árabes durante la colonización francesa del norte de África) y “gris”, son algunos de los calificativos racistas que remiten al pasado colonial francés, usados por los policías y que llegaron a los oídos de Gendrot durante su infiltración.
“Es un poco tabú. Varias veces he visto a personas recibiendo golpes de un agente en la comisaría o en la calle. Los demás policías veían todo pero no decían nada. Y yo tampoco. Hablar de esas escenas con otros colegas era extremadamente complicado. Todavía más lo hubiera sido abordarlo con un comisario o un comandante de policía”, dice Gendrot.
El caso Zecler
A finales de noviembre del año pasado otro caso de brutalidad sacudió el cuerpo policial francés. Michel Zecler, un productor de música fue insultado y golpeado por agentes en el vestíbulo de su estudio de grabación.
Una escena de 15 minutos captada por una cámara de seguridad y que deja en claro que Zecler no representaba ningún peligro que justificara tanta violencia. La indignación causada por las imágenes llevó al gobierno de Macron a aplazar una controvertida ley que buscaba prohibir filmar a los policías y gendarmes en sus tareas de mantenimiento del orden.
“Creo que esta violencia siempre ha existido. Al menos durante los últimos 30 o 40 años”, estima Gendrot. Sin embargo, continúa, el uso de los teléfonos inteligentes permite ahora documentar los casos de violencia policial durante los registros en la calle o en las manifestaciones. “Como policía me ha tocado ser filmado en la calle durante un control policial. Y eso lo cambia todo”, agrega.
El infiltrado advierte, sin embargo, que “muchas veces, los casos de violencia policial pasan inadvertidos. Cuando unos migrantes son víctimas de brutalidad en furgones de policía, o cuando personas son golpeadas en sus celdas, no hay imágenes, no queda ninguna huella”.
Además de la violencia física, el periodista denuncia la existencia de una “presunción de culpa” hacia cierto sector de la sociedad francesa. “El comportamiento de los policías varía según el color de piel”, escribe.
–¿Cómo entender ese racismo? –se le pregunta.
–La mayoría de los policías inician su carrera en la región parisina, pero vienen de otras zonas de Francia. Los que son oriundos de zonas rurales y que son enviados a París desconocen la vida de la capital. Los comentarios racistas de mis excolegas policías eran los mismos que decían mis compañeros de futbol en mi pueblo natal de Bretaña. Todo viene del desconocimiento total. Y el oficio de policía no permite conocer mejor a los demás –responde.
Además del relato de su inédita y riesgosa infiltración –confiesa que constantemente temió que sus colegas descubrieran su verdadera identidad– Gendrot llama la atención sobre la deficiente y superficial formación de los agentes, que él mismo experimentó.
Ejemplifica: “Fui habilitado para portar un arma en la vía pública tras sólo tres meses de capacitación, y sobre el tema de la violencia machista ¡sólo recibimos una clase de tres horas y vimos una película!”.
A Gendrot le queda claro que “la policía francesa tiene 15 años de retraso” en la materia y contrasta la situación con la de otros países europeos: “Antes, la formación para ser policía en Francia duraba un año. Otros países como Alemania, Noruega o Dinamarca incluso han alargado el tiempo de formación. Aquí se ha acortado desde que el gobierno decidió desplegar masivamente a agentes en las calles a raíz de los atentados de 2015”.
Lamenta el enfoque puramente represivo de la formación de los agentes y la ausencia de un vínculo social con la población. Para restaurar esta conexión “la reforma clave es que los agentes puedan ser cesados” cuando cometen abusos en el marco de sus funciones.
“Los policías acusados de uso desproporcionado de la fuerza, según el término utilizado por la administración para designar la violencia policial, siguen en su cargo. Muy pocos son despedidos”, constata el periodista.
Desde las entrañas de una comisaría parisina, Gendrot pudo también documentar el malestar psicológico y laboral de varios de sus colegas. Un malestar que lleva a algunos al suicidio, como lo cuenta el autor en su libro; y exhorta a instaurar un seguimiento psicológico de los agentes encargados del orden público.
Gendrot aboga, al igual que varios responsables políticos franceses, por la creación de una entidad de fiscalización de la policía realmente independiente, dado que la actual IGPN depende del propio ministerio del Interior y no del Poder Judicial, como es el caso en otros países europeos.
El nuevo ministro del Interior, Gérald Darmanin, se dijo dispuesto a revisar “todas las opciones” para reformar la entidad de fiscalización de la policía. Pero hasta el momento no se han tomado decisiones concretas para democratizar a la institución.








