En el sur de la Ciudad de México, una iniciativa ciudadana a la que se suman vecinos y amigos está rescatando a decenas de jóvenes de los riesgos de las drogas, la delincuencia, la deserción escolar y la depresión por el confinamiento. Creada por Dalia Dávila y su esposo Fernando Lozano, la atípica escuela en la colonia Héroes de Padierna tiene un nombre de profundo significado: El Rinconcito de la Esperanza.
fotografías: Germán Canseco
Minutos antes de las 09:00 horas, dos adolescentes llegan acompañados de sus madres a un pequeño lugar de la colonia Héroes de Padierna, una de las zonas más marginadas y violentas de la alcaldía Tlalpan, en el sur de la Ciudad de México. De sus mochilas sacan sus trajes tyvek que los cubren de pies a cabeza, se acomodan su cubrebocas y su mascarilla, se frotan las manos con gel antibacterial y se sientan, listos para tomar su clase de regularización de matemáticas.
No es un salón de clases normal. Es un local de unos cuatro metros cuadrados, en la calle Huehuetán, casi esquina con Tekal, el cual el matrimonio de Dalia Dávila y Fernando Lozano llamó Rinconcito de la Esperanza. Es ahí donde enfocan su tiempo, su poco dinero y sus muchas ganas de ayudar a los niños a fin de que no abandonen la escuela ante las dificultades para adaptarse al sistema de clases por televisión abierta que la SEP implantó el año pasado a causa de la pandemia por covid-19.
“Le dije a mi mamá que me sacara de la escuela porque ya no le entendía nada a los maestros, me quedaba con muchas dudas y no tenía a quién preguntarle. Me ponía muy triste porque a mí sí me gusta estudiar, pero así ya no estaba aprendiendo”, recuerda Julián, de 13 años, al terminar su clase de regularización de inglés, de primer año de secundaria.
Su frustración creció cuando perdió la beca que tenía por parte del trabajo de su mamá, pues debía mantener un promedio mínimo de nueve, pero las dificultades para entender las clases en la tele lo llevaron a bajar hasta siete. “Iba mal en historia, inglés, matemáticas y física, por eso me quitaron la beca y me puse muy triste, por eso me quería salir. Con la beca me podía comprar mis cosas, ahorré para comprarme la consola (de videojuegos) que quería, y podía ayudar a mis papás; sentí muy feo”, recuerda.
La preocupación de Julián por ayudar económicamente a su familia tiene fundamentos: él nació con problemas intestinales, una arritmia cardiaca y asma. Hace siete años regresaba a casa con sus papás a bordo de una motocicleta, después de darle a los abuelos la noticia de que se iban a casar. Pero esa felicidad terminó cuando un conductor ebrio los atropelló.
Su madre tuvo múltiples fracturas en el cráneo, la cadera y la mano y el pie derechos. Le dijeron que no volvería a caminar, pero lo hizo. Ahora tiene un par de cirugías pendientes que le han aplazado en el Hospital General del Ajusco Medio, de la Secretaría de Salud del gobierno de Claudia Sheinbaum, porque sólo atiende casos de covid. Así espera, mientras el tumor que se le generó en la cabeza le provoca pérdida de memoria.
La familia creció con la llegada de una hermanita y los gastos se incrementaron. Su papá tuvo que cambiar su trabajo por uno que le dejara tiempo para cuidarlos, pero el sueldo es menor. La pandemia de covid-19 fue el acabose, pues el virus los atacó a los cuatro y el padre fue el que más grave estuvo, incluso hizo una carta poder para ceder la patria potestad de sus hijos a su cuñado.
Toda esa situación llevó a Julián a una depresión profunda. “Lloraba de desesperación. Es un niño muy sensible. Por eso me pidió que lo sacara de la escuela y lo dejara vender dulces en la calle. Me decía que no quería pasar el año sin aprender nada, que prefería repetirlo, pero ya cuando pudieran ir a los salones. Entramos en pánico porque no queríamos que se empezara a juntar con la gente mala que hay en la zona o que se fuera a suicidar, como ya hemos sabido de casos”, comenta Carmen Soto, su madre.
Como vecina de la colonia Héroes de Padierna conocía a Dalia y a Fernando. Sabía que ayudan a la gente desde su tortillería, La Abuela, pero en particular a los niños que necesitan asesoría para resolver las lagunas que les deja el Aprende en Casa. Entonces se acercó a ellos, le ofrecieron ayuda psicológica profesional para Julián y le dieron la bienvenida al Rinconcito.
En apenas un mes vio resultados: “Fue un cambio inmenso, lo veo muy animado, con muchas ganas de estudiar. Se levanta temprano para su clase en el Rinconcito, luego regresamos a casa para sus clases en la televisión. Más tarde regresa aquí a su repaso de inglés, y en la tarde lo acompaño a vender sus dulces en la carretera Picacho-Ajusco”, dice.
Deserción y peligro
La colonia Héroes de Padierna está enclavada en la parte media de la alcaldía Tlalpan. Es conocida por la escasez de agua potable y la poca seguridad policiaca, los muchos puntos de narcomenudeo, las constantes balaceras y homicidios en sus calles, así como las casas de seguridad que usan los grupos delictivos.
Los vecinos de la zona reconocen el alto riesgo al que están expuestos los niños y jóvenes para caer en la droga o la delincuencia, más ahora por el contexto de la pandemia y el nivel de deserción escolar que afecta al país.
El pasado 23 de marzo, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) informó que 5.2 millones de estudiantes de entre 3 y 29 años –9.6% de la población total de esa edad– no se inscribieron al ciclo escolar 2020-2021. Según la Encuesta para la Medición del Impacto Covid-19 en la Eduación del organismo, de ese total 3 millones son de nivel básico (preescolar, primaria y secundaria). Además, 1.3 millones no se inscribieron a causa de la pandemia y 1.6 millones por falta de recursos económicos. Otros 3.6 millones no lo hicieron porque deben trabajar.
Respecto a las causas asociadas a la pandemia para no inscribirse, 26.6% de los consultados dijo que las clases a distancia son poco funcionales para el aprendizaje; 25.3% aseguró que alguno de sus padres o tutores se quedó sin trabajo y 21.9% no tenía computadora, otros dispositivos o conexión a internet.
Juan Pablo López, profesor voluntario de matemáticas en el Rinconcito de la Esperanza, conoce caras y nombres de menores en esta situación que están a un paso de desertar. “El programa Aprende en Casa es estandarizado, no hay un seguimiento real de los alumnos y por eso no todos están al mismo nivel. Se basa en que los estudiantes cumplan con las clases y tareas, aunque no aprendan”, asegura.
Estudiante en la Universidad Pedagógica Nacional, comenta que entre los niños a los que regulariza en el Rinconcito ha detectado signos de depresión y ansiedad, alimentados por el hacinamiento en el que viven, que los lleva al ocio y a refugiarse en videojuegos, redes sociales u otros distractores. Su esposa, que es psicóloga y también colabora en esta iniciativa ciudadana, ha detectado síntomas de abuso sexual, violencia familiar, falta de autoestima y tendencias agresivas. En esos casos, apoya a que sean canalizados a servicios especializados.
Ayudar a estos pequeños a sortear esta situación es parte de lo que motiva a Juan Pablo a participar como voluntario, aunque no pueda seguir con su empleo de DJ en eventos sociales y chofer de Uber. Ahora mantiene a su esposa e hijos con la venta de postres y con clases particulares, y sigue motivado porque algunos de los niños que ha preparado están en los cuadros de “excelencia” de su escuela.
Christian Jiménez es licenciado en relaciones internacionales y profesor voluntario de inglés en el Rinconcito. Con la pandemia, sus jefes le redujeron los horarios en el hotel donde trabaja como gerente de recepción. Como vecino de la colonia, conoció la iniciativa y se sumó.
“Me di cuenta de que con las clases a distancia los niños se quedan con muchas dudas. Yo me ayudo económicamente dando clases particulares, pero aquí no cobro, al contrario, dono mi tiempo, que es más valioso. La colonia es de muchos contrastes, hay muchas familias que necesitan muchas cosas y los chavitos necesitan que alguien les ayude y los oriente. Eso encuentran en este espacio”, afirma minutos después de que terminó su clase.
“Todos por Leo”
En las paredes blancas de la entrada del Rinconcito de la Esperanza pende un pequeño cartel que anuncia los valores que los estudiantes deben tener muy claros cuando deciden participar en sus actividades: Honestidad, Responsabilidad, Empatía, Respeto, Solidaridad y Valentía.
Para ser aceptados también deben escribir, de su puño y letra, una carta en la que expliquen por qué quieren entrar y a qué se comprometen. Entre sus obligaciones debe estar la de no desertar de la escuela ni de las clases en televisión y que respetarán las reglas del lugar, las medidas sanitarias y las pertenencias de los otros. El bulliyng está prohibido, los estudiantes deben ir por su propia voluntad, no obligados por sus padres y, al menos uno de ellos debe acompañarlos siempre a sus asesorías.
“Somos autodidactas, indagamos en nuestros tiempos libres. Nos motiva entender y ayudar a los niños y yo tengo varios cursos, siempre estoy aprendiendo… Nos interesa que entiendan el mensaje de que estudiar siempre tiene una recompensa”, explica Dalia Dávila. Actualmente, con su iniciativa ayudan de manera presencial a 25 menores y por la vía virtual a otros 30, en distintos horarios.
Los dos pizarrones, el mueble con cuatro separaciones, las sillas, los plásticos, las mesas y los libros que hay en su rincón, la mayoría han sido donados por vecinos o ciudadanos que creen en su causa.
Su labor altruista viene desde hace al menos 10 años, cuando ella rescataba animales maltratados. El Rinconcito de la Esperanza comenzó hace poco más de un año, a raíz de un gran dolor. En febrero de 2020 Leonardo, su bebé de siete meses, falleció de una enfermedad cardiaca. Los médicos detectaron que algo no iba bien cuando aún estaba en el vientre de Dalia. El pronóstico no era optimista, pero Leo se aferró a la vida. Nació a los ocho meses y vivió otros más hasta que su corazón dejó de latir.
“El día que Leo trascendió, de la noche a la mañana nuestro mundo se detuvo. Caímos en una depresión profunda y dejamos de sonreír, pero mi mamá, que es tanatóloga, nos ayudó. Nos aferramos a la vida con el ejemplo que nos dio nuestro hijo… Empezamos solos, con el corazón roto, pero con ganas de ayudar a los niños”, cuenta ella.
Así, afuera de la tortillería La Abuela, el negocio del que sobreviven, ubicado en la avenida Tekal, a la vuelta de El Rinconcito, colocaron un cartel con las fotos de Leo, el hashtag #TodosPorLeo, “En Memoria de nuestro hijo” y la aclaración: “Somos un movimiento independiente en pro de los más vulnerables”. Comenzaron regalando tortillas a los más necesitados, crearon La Canastita de la Esperanza, en la que la gente dona productos de la canasta básica y quien los necesita, los toma. También regalan comida a personas en situación de calle.
Pero lo que en realidad los hizo conocidos fue su iniciativa de montar una “escuela callejera” –como la llamó un medio europeo–, al montar en la cajuela de su camioneta, modelo 1977, una pantalla para que los niños que no tienen televisión en casa tomaran ahí sus clases. También ofrecieron su señal de internet y su computadora a quienes no pudieran pagar un café-internet para enviar sus tareas por e-mail o fotos por WhatsApp. Han recibido donaciones de Francia, Alemania y China, incluidas computadoras y teléfonos que ellos les dan a los niños como recompensa por su esfuerzo en el estudio.
De un día para otro, los dos o tres alumnos iniciales aumentaron a más de 20, por eso debieron buscar un local cercano para seguir ayudando. Un amigo les pagó la renta de todo un año. Pero la buena obra de este matrimonio pronto se vio amenazada.
El 3 de septiembre de 2020, un sujeto que se identificó como “Juan Pablo Tlatempa Camacho, titular del área de Giros Mercantiles y Espectáculos Públicos” de la alcaldía Tlalpan, llegó a la tortillería pidiendo los documentos que avalaran su actividad altruista, pero su intención verdadera era extorsionarlos, acusa Dalia. Aquella visita derivó en una queja ante el Órgano Interno de Control de dicha alcaldía, por presuntas faltas administrativas atribuibles a servidores públicos, según el expediente OIC/TLA/D/0238/2020.
A mediados de febrero de 2021 Dalia y Fernando extendieron su solidaridad a los adultos mayores de 60 años para ayudarlos a registrarse en la página del gobierno federal para recibir la vacuna contra el covid-19. Pero de eso también hubo quien se quiso aprovechar. El 9 de marzo siguiente, Gilberto Gálvez López, quien se ostentó como precandidato del partido Movimiento Ciudadano, quiso darles un reconocimiento a nombre de la Fundación México con Valores, de ese mismo instituto, por su labor social. Quería tomarse la foto con ellos.
La pareja lo rechazó y le aclaró que su movimiento es apolítico. En respuesta, el sujeto les lanzó ofensas en las redes sociales y los acusó de lucrar con el dolor de su hijo. Dalia respondió con una denuncia ante la Unidad Técnica de lo Contencioso Electoral del Instituto Nacional Electoral (INE), con el número de expediente UT/SCG/CA/DADN/CG/145/2021.
El INE ordenó dar parte a la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México, que abrió la carpeta de investigación CI-FEPADE/A/UI-1S/D/00019/04-2021 por el delito de violencia política en razón de género. La fundación mencionada se deslindó de lo hecho por Gálvez y MC inició un procedimiento disciplinario en su contra. A ella, la autoridad le otorgó medidas cautelares, entre ellas que el sujeto no se le acerque ni la moleste.
Dalia y Fernando tienen claro que, pese a estos ataques, seguirán su labor altruista. No lo dudan: “Daríamos todo por leerle un libro a Leo, por enseñarle a leer. Ahora no tenemos a nuestro hijo, pero si servir a la gente y a los niños nos regresa las ganas de vivir, lo vamos a seguir haciendo hasta que estemos de nuevo con él”.








