La contaminación incrementa los riesgos de contagio de covid-19 y potencia sus efectos negativos, pues vulnera los pulmones creando un “terreno perfecto” para que el virus se extienda, advierte María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS, en referencia a la Ciudad de México, que el pasado 28 de marzo registró una elevada polución atmosférica. En entrevista, la experta recomienda atacar el problema por sus causas: frenar el uso de los combustibles fósiles.
Ginebra.- El impacto y los efectos adversos del covid-19 es mayor para las personas que viven en ciudades altamente contaminadas del país, como la Ciudad de México, advierte la OMS.
“Está claro que la contaminación del aire es un factor de riesgo importante para virus como el del covid. Hay más posibilidades de que la población de una ciudad tan contaminada presente más casos de tipo severo”, dice en entrevista con Proceso María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS.
“Estudios recientes hacen una correlación entre el covid y la contaminación. Todavía no llegan a establecerlo como una causalidad, pero sí afirman que hay una correlación entre los niveles de polución del aire y cómo les ha afectado el coronavirus”, revela Neira.
Advierte: “Como no paremos de usar combustibles fósiles y de darles subsidios y de seguir generando nuestra energía a través de ellos, eso nos está matando y nos está creando una vulnerabilidad en nuestros pulmones que cuando llega cualquier virus respiratorio como el del covid, encuentra un terreno perfecto para extenderse.
“México tiene mucho trabajo que hacer, las poblaciones urbanas de ciudades como la de México necesitan condiciones mucho más saludables”, remarca la experta.
“Las grandes ciudades como la de México, no quiero decir que son invivibles, pero cuentan con pocos elementos favorables para la salud. Tienen un gran desafío. La Ciudad de México no puede ser una ciudad para autos, tiene que ser una ciudad para personas y debe hacer grandes esfuerzos”, sostiene.
El pasado 28 de marzo la Ciudad de México registró una muy elevada contaminación del aire con concentraciones de hasta 625 partículas menores a 10 micrómetros (PM10), casi seis veces el nivel de una contingencia ambiental.
Por su parte, un grupo de científicos internacionales, incluidos expertos del Environmental Defense Fund (EDF), observaron en el último trimestre de 2020 niveles excepcionalmente altos de contaminación por metano que escapa de las instalaciones de hidrocarburos en Chiapas, Tabasco, Veracruz y la costa de Campeche, entidades que forman la mayor región productora de combustibles fósiles de México. Las emisiones procedían principalmente de la quema de gas natural no utilizado debido a una infraestructura ineficiente.
“Cuando las instalaciones petroleras mexicanas emiten metano, se están desperdiciando valiosos recursos domésticos energéticos, además de contaminar el clima y el aire”, dijo Daniel Zavala, autor principal del estudio y científico del EDF. “La cantidad de metano que se emite en un solo complejo procesador de gas en tierra sería suficiente para satisfacer 50% del consumo de gas residencial en México”, añadió.
Detalló que Pemex elevó 70.6% el envío de gas a la atmósfera y se encontró que el complejo procesador de gas Nuevo Pemex genera emisiones de metano más altas que las de toda la región que produce afuera de las costas del Golfo de México, donde se genera 80% de la producción nacional de petróleo.
El documento del EDF subraya que la reducción de la contaminación por metano es vital para tener un clima saludable y comunidades sanas, en particular para las personas que viven cerca de las instalaciones petroleras.
Las fugas de metano suelen ir acompañadas de otros contaminantes que empeoran la calidad del aire y causan problemas respiratorios y enfermedades pulmonares. Además, el metano acelera el calentamiento global, con lo cual se ponen en riesgo los ecosistemas costeros que sustentan a millones de mexicanos.
De igual forma, desde 2018 la OMS alertó que varias urbes mexicanas superan los niveles aceptados de contaminación. Entre ellas se encuentran Guadalajara, León, Monterrey, Puebla, Salamanca, Silao, Toluca, Mexicali, Tepotzotlán y Tijuana.
La responsable de medio ambiente de la OMS afirma que después de un año de pandemia “hemos aprendido a ir a la fuente de los problemas. Hay que entender cómo llegamos hasta aquí y en lugar de apagar el fuego, hay que entender por qué se inició el fuego.
“Si empezamos a trabajar en las causas del cambio climático y desarrollo sostenible eso será una especie de barrera de protección buenísima para proteger la salud, una protección pura y dura”, defiende.
Subsidios a la polución
Neira considera que “tratar de ahorrar dinero dejando de lado la protección del medio ambiente, la preparación ante emergencias, los sistemas de salud y las redes de seguridad social ha resultado ser un falso ahorro y ahora lo estamos pagando con creces. El mundo no puede permitirse nuevas catástrofes de la dimensión del covid-19, ya sea a causa de la próxima pandemia o por los daños medioambientales y el cambio climático, cada vez más devastadores”.
Volver a la “normalidad” no es suficiente, recalca.
Reconoce que los daños económicos provocados por el covid-19 y las medidas necesarias para luchar contra la enfermedad son muy reales y ejercerán una presión enorme sobre las finanzas públicas.
“Para recuperarse de la crisis provocada por el covid-19 será inevitable realizar reformas financieras, y un buen punto de partida sería dejar de subvencionar los combustibles fósiles”, recomienda.
Detalla que a nivel mundial cada año alrededor de 400 mil millones de dólares producto de impuestos se destinan a subvencionar directamente los combustibles fósiles, que contribuyen al cambio climático y contaminan el aire.
Además, los costos privados y sociales generados por las repercusiones de esta contaminación en la salud, por ejemplo, no se reflejan generalmente en el precio de los carburantes y la energía. Si se tienen en cuenta los daños a la salud y al medio ambiente, el valor real de las subvenciones se eleva a más de 5 billones de dólares anuales; es decir, más de lo que gastan en salud todos los gobiernos del mundo y unas 2 mil veces el presupuesto de la OMS.
Hacer que el precio de los carburantes contaminantes refleje los daños que provocan permitiría reducir aproximadamente a la mitad los fallecimientos debidos a la contaminación del aire en el exterior, disminuir en más de una cuarta parte las emisiones de gases de efecto invernadero y recaudar ingresos equivalentes a 4% del PIB mundial.
“Deberíamos dejar de pagar la factura de la contaminación a través de nuestros impuestos y con nuestros pulmones”, urge la experta del organismo de salud de la ONU.
Según la OMS cada año 7 millones de personas mueren de manera prematura por la exposición al aire contaminado y “cada año mueren en México entre 18 mil 600 y 30 mil 700 personas por enfermedades relacionadas con la contaminación ambiental; es decir, un promedio de 25 mil muertes anuales”.
Interfaz crucial
El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, considera que “la pandemia es un recordatorio de la íntima y delicada relación entre las personas y el planeta. Cualquier esfuerzo por hacer nuestro mundo más seguro está condenado a fracasar a menos que aborde la interfaz crucial entre las personas y los patógenos y la amenaza existencial del cambio climático que está haciendo que nuestro planeta sea menos habitable”.
En este sentido, Neira lamenta que “nos llevamos fatal con los ecosistemas, estamos destruyendo y contaminando todo lo que tocamos, tenemos que entender que los ecosistemas son los que nos dan de comer, beber y respirar; sin embargo, estamos contaminando los océanos, los ríos, el aire que respiramos y la tierra que sembramos”.
Explica que las presiones que ejerce el ser humano sobre el entorno, a través de la deforestación, las prácticas agrícolas intensivas y contaminantes, o la gestión y el consumo no seguros de especies silvestres, socavan los servicios del agua, aire puro y los alimentos. Asimismo, aumenta el riesgo de que aparezcan nuevas enfermedades infecciosas en el ser humano, 60% de las cuales provienen de animales, principalmente de la fauna silvestre.
Los planes globales de recuperación tras el covid-19, y en particular los destinados a reducir el riesgo de futuras epidemias, deben ir más allá de la detección precoz y el control de los brotes de enfermedades. También deben minimizar nuestro impacto en el medio ambiente a fin de reducir el riesgo en su origen.
En total, los riesgos ambientales y profesionales evitables causan alrededor de un cuarto de los fallecimientos en el mundo. “La inversión en entornos más saludables para garantizar la atención sanitaria, favorecer la reglamentación ambiental y velar por la resiliencia de los sistemas de salud es una protección esencial frente a futuras catástrofes y ofrece uno de los mejores rendimientos de la inversión para la sociedad”, señala.
Observa que algunos de los países que se vieron afectados en primer lugar y con mayor virulencia por covid-19, como Italia y España, y aquellos que han controlado más eficazmente la enfermedad, como Corea del Sur y Nueva Zelandia, han situado el desarrollo respetuoso con el medio ambiente y la salud en el centro de sus estrategias de recuperación tras el covid-19.
Una transición mundial rápida hacia el uso de energías no contaminantes no sólo supondría alcanzar el objetivo del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático de mantener el calentamiento global por debajo de dos grados centígrados, sino que también mejoraría la calidad del aire, de tal manera que los beneficios para la salud resultantes serían dos veces superiores al costo de la inversión.
“La pandemia nos hizo más conscientes de lo que significa la salud: ha desnudado nuestra fragilidad. El miedo a perder la salud nos hace más exigentes en cuanto a qué están haciendo nuestros gobernantes, nuestros líderes para proteger nuestra salud. Por eso es vital que la población sepa qué programas están poniendo en marcha (los gobiernos) para reducir esa vulnerabilidad en la que nos metió este virus”, urgió.
“La demanda va a venir de la población”, afirma Neira, quien señala que mientras sigamos conviviendo con el virus se debe continuar con una “estrategia inteligente” para gestionar la pandemia.
Por otra parte, considera que la población deberá seguir poniendo de su parte, ya sabe cómo cuidarse, “pero son las autoridades las que deben marcar la pauta”.
“Pero si cuando nos quitemos estos tapabocas seguimos respirando aire contaminado, quiere decir que no hemos aprendido nada. Yo confío en que cuando nos quitemos las mascarillas podamos respirar aire limpio, ese será un indicador importante”, concluye.








