Con verdadera emoción, esta columna se complace en poder conversar con la eminente compositora mexicana Lucía Álvarez quien, además de tener una relevante trayectoria artística, posee una personalidad rebosante de encanto y magnetismo. Sobra decir que su formación académica es tan sólida como su obra compositiva, y que ha recibido numerosos premios; sin embargo, uno de los principales rasgos de su carácter es el de su compromiso con las causas justas y su inagotable desempeño como maestra de nuevas generaciones.
Mencionemos, antes de iniciar la plática, algunos datos que iluminan los contornos de su biografía. Es egresada, y hoy maestra, de la Facultad de Música de la UNAM, donde estudió las licenciaturas en piano y composición. Posee una maestría en Educación Humanista por la Universidad Iberoamericana, y entre sus galardones destacan la Medalla Sor Juana Inés de la Cruz y el Premio Trayectoria por 15 años de trabajo otorgado por la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM), amén de sus 10 nominaciones al Ariel con la obtención de seis estatuillas de plata. Asimismo, es miembro emérito de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, A. C. En 2020 recibió el Ariel de Oro que otorga esta academia.
–Nos gustaría que nos contaras sobre tus inicios en la música y sobre los personajes que te han influenciado, tanto en lo personal como en lo artístico…
–Mi vida toda se centra, desde que tengo memoria, en un solo fuego vital, aquel de sentirme abrazada por los sonidos. En la música tengo un solo personaje que me sigue influenciando: LA MÚSICA, así, en mayúsculas. En el teatro y en el cine: LOS LIBRETOS; y también LA POESÍA, que desde siempre me acorrala tras sus metáforas, y me acorrala con la misma pertinacia con que las gotas de rocío me iluminan los pensamientos matinales.
–En 1994 tuviste el honor de ser aceptada como alumna del legendario Ennio Morricone en sus cursos de música para cine en la afamada y esplendorosa Accademia Musicale Chigiana de Siena. Compártenos tus recuerdos en esa maravillosa ciudad de la toscana italiana y con ese mentor de tanto renombre y prosapia cultural…
–Fue una experiencia única, irrepetible y, quizá, la que más recuerdos gratos me acarrea. Estudiar con Morricone, conocerlo, escucharlo, analizar sus películas, todo ello me marcó de la manera más contundente que pueda imaginar. Trabajábamos todo el día, de sol a sol. La mañana se evaporaba en torno a la teoría y a las preguntas que cada uno de nosotros, los alumnos “activos”, formulábamos. Por la tarde veíamos sus películas y por la noche vagábamos por Siena, la mirífica urbe medieval con sus angostas callejuelas y su inverosímil Piazza del Campo. Inolvidable también la temperatura diurna con sus 45º centígrados a la sombra.
–Ya que hablamos del hechizo que tienen las bandas sonoras para acabar de cristalizar el impacto emocional de las películas, háblanos de tus experiencias con la pléyade de directores con los que has trabajado…
–Todos son diferentes y uno tiene que aprender a ser flexible y sensible a sus deseos. No todos saben música y tiene uno que interpretar su lenguaje. Los hay, que son pocos, los que realmente saben lo que quieren, como Juan Ibáñez y Arturo Ripstein; hay otros que lo dejan a uno con las “manos libres”, pero éstos son peligrosos. Y hay otros más, los más difíciles, los que creen que sí saben, pues son autoritarios y con frecuencia tiránicos.
–Ahora que el país entero está volcado en las conmemoraciones por los 500 años de la Conquista, viene a cuento tu trabajo con Homero Aridjis para musicalizar su novela sobre Motecuhzoma II… ¿Cómo nació la idea y cómo la fraguaron?
–Me mandaron llamar, yo no conocía a Aridjis y fue una empresa muy ambiciosa, ya que nunca antes ningún mexicano se había atrevido a encararse con la deformada figura del antepenúltimo regidor azteca, al menos desde el plano melodramático. La dirección de escena estaba encomendada a Juan Ibáñez, la escenografía a Pedro Coronel, y la música era la mía, en estricto apego a los fabulosos textos de Homero. Todo lo armamos para el X Festival Cervantino, cosa que nos obligó a irnos a Guanajuato, al morisco Teatro Juárez. Después vino la representación en Bellas Artes, en el Teatro del Instituto Politécnico Nacional, en el Teatro Reforma del IMSS y en varios más. Esto fue en 1982, y a partir de allí, todos nos hicimos grandes amigos y cómplices de por vida. Este proyecto fue auspiciado por Difusión Cultural del IPN, pero lamentablemente de entonces para acá no ha vuelto a llevarse a escena.
–¿Quedó algún registro en audio o en video?
–Puede ser que sí, pero no lo tengo en mi poder y, viéndolo en retrospectiva, me habría gustado conservar la memoria tangible de lo que hicimos.
–¿En cuál composición estás trabajando actualmente y qué sientes al poderlo hacer después de haber superado el contagio por covid-19?
–Terminé una comedia musical para niños basada, otra vez, en la obra de Homero Aridjis; se trata de un cuento donde mora María la Monarca, obviamente alrededor del relato homónimo sobre las mariposas monarca. Espero que pronto podamos presentarla al público, ya que la pandemia nos dejó paralizados. En mi caso particular, el contagio por el covid-19 me significó unos días terribles en los que llegué a pensar que eran los últimos.
–Una de las cruces más pesadas de nuestro calvario como músicos mexicanos es la poca atención y difusión casi nula de nuestro trabajo, ¿tendrías algún consejo que darles a nuestras autoridades culturales para revertir los estragos de su falta de compromiso con la música de concierto o, en general, con la música de nuestros compositores?
–Creo que nuestras autoridades tienen que comprender perfectamente lo que significa hacer una difusión y una divulgación efectivas. Tocar una sola vez la obra de un compositor, como suele hacerse, ciertamente no lo es. Las obras deberían tocarse por lo menos 10 veces, y en recintos y ciudades diferentes para que el público aprenda a reconocer el estilo del compositor, y para que pueda decirse que entra a formar parte del repertorio patrio. Pero más allá de esto, las autoridades que tienen la augusta encomienda de fomentar las actividades culturales, son aquellas que deberían hacerlo predicando con el ejemplo. Me llama mucho la atención que nuestro actual mandatario repita en continuación que es un ferviente admirador de Benito Juárez, pero si realmente hubiera estudiado su biografía sabría que el Benemérito no se perdía jamás una función en el Teatro Nacional. Ni él ni su consorte doña Margarita Maza. Inclusive, la presencia de ambos en el palco presidencial llegó a ser tan constante que se dieron veces en que las funciones llegaron a suspenderse si había alguna indisposición de salud de cualquiera de los dos.
“¿Cuántas veces hemos visto a don Andrés Manuel aparecerse en las funciones de Bellas Artes? ¿Y qué pasa con su designada para conducir la Secretaría de Cultura del Gobierno Federal? Solamente la vemos atrapada en su deficiente manejo de las políticas culturales y rara vez le vemos el rostro, degustando, avalando, prohijando los eventos que su administración organiza.”
–No podemos sino coincidir en que tendríamos un mejor país si nuestros regidores no se regodearan tanto en sus discursos y se dedicaran a configurar, en el silencio de la reflexión, las políticas visibles que podrían ajustarse a esos ideales que suenan bonito en la palabra, pero que están tan lejanos de la realidad que ellos dicen estar dispuestos a cambiar…








