Coyoacán es una alcaldía conocida del sur de la ciudad de México. Ahí vive mi hermana, en un condominio horizontal que a lo largo de los años ha sido el sitio preferido para encuentros familiares. Jiutepec es un municipio en el estado de Morelos. Ahí se encuentra un condominio muy arbolado en el que vivo desde que empezó la pandemia. Ambas recibimos la vacuna contra el covid-19 hace pocos días. Mi hermana en el Centro de Exposiciones de CU, yo en La Huizachera, una colonia popular del mencionado municipio. Compartimos nuestras experiencias y las diferencias fueron notables.
Mi vida como habitante permanente de Morelos merece un comentario. ¿Cómo transcurre la vida en tiempos de pandemia? Este rincón está asociado a los recuerdos más placenteros de mi vida. Es el sitio donde se pasaban vacaciones, donde me visitaba durante el verano mi nieto que vive en Estados Unidos y acaba de cumplir 11 años, donde festejábamos el Año Nuevo con toda la familia en una cena y fiesta siempre divertidas y donde tengo una hamaca en la que devoro las novelas que más me gustan.
Con excepción de la hamaca, lo demás no tuvo lugar en 2020; peor aún, no sé cuándo se repetirá. Desde que llegué, hace un año, vine acompañada de todo lo necesario para trabajar en internet. Imparto mis clases por Zoom, doy asesoría a quienes elaboran tesis vía Zoom, participo en un número cada vez más creciente de webinars en Zoom. En resumen, paso horas frente a la computadora estableciendo una comunicación que siempre me parece incompleta. Falta el contacto humano, la sonrisa cómplice o la mirada un poco hostil, elaborar más las ideas que sólo se esbozaron y que hubiésemos seguido trabajando sobre ellas cuando vamos a comer en algún restaurante cercano.
Al apretar el botón “salir de la reunión” estoy quieta en la misma silla, viendo a través de la misma ventana, frente a la pantalla de siempre, resintiendo esa falta de contacto humano en el trabajo que desde hace un año he perdido.
Estoy convencida que la enseñanza en línea tendrá un enorme auge en el futuro. Sin duda es un instrumento de gran utilidad para reducir costos, convocar fácilmente a colegas alrededor del mundo, acelerar el conocimiento, etcétera. Pero requiere el equilibrio con lo presencial. Pienso con tristeza en generaciones de alumnos que nunca se han encontrado, que están perdiendo la oportunidad de socializar y para quienes el concepto de Universidad comienza a carecer de sentido.
Vivir en Morelos durante la pandemia tiene, pues, sus frustraciones y fuertes nostalgias. A cambio, convertir el condominio en domicilio permanente tiene aspectos inesperados muy agradables. Somos muchos los que pasamos de casa de vacaciones a sitio de trabajo. Se ha creado entonces un espíritu de camaradería, solidaridad, protección mutua para acotar al coronavirus e imaginación para gozar de formas de entretenimiento, ya que las tradicionales, como ir al cine, se han quedado atrás. Apareció así el club del libro; comenzamos con El Decamerón de Boccaccio, cuyos relatos tienen lugar en una villa donde se han refugiado quienes huyen de la peste.
En la tercera semana de marzo llegó la noticia de la vacuna a Jiutepec. No había demasiada información. Una corta nota en un periódico local señalaba que los días 18 a 21 de marzo se aplicaría la vacuna contra el covid de 8:30 am a 6:00 pm. Los datos sobre los sitios de vacunación no aparecieron hasta la tarde del día 17. No se decía en qué orden se aplicaría, qué documentos se solicitarían, si era necesario o no haberse inscrito previamente, nada. Pronto supimos que en el zócalo de Jiutepec, enfrente del IMSS, ya había largas filas de gente dispuesta a pasar la noche ahí para asegurarse de ser los primeros en recibir la vacuna. Los rumores cundían: “Dicen que las vacunas se pueden acabar”.
Varios vecinos salimos a recorrer los sitios de vacunación. En todos reinaba la misma confusión y la misma determinación para ocupar los primeros lugares. Las disputas comenzaban a estallar contra quienes pretendían “saltarse la fila”. Finalmente, al llegar a La Huizachera se encontró orden dentro del desorden. Unas mujeres jóvenes de la comunidad habían decidido imponer un protocolo: trajeron una libreta y pidieron que se inscribieran los que iban a recibir la vacuna. Amigos jóvenes, a quienes todavía no les toca la vacuna, se dieron sin embargo a la tarea de comunicarse con los de la tercera edad que desearan inscribirse. Gracias a ellos, a su presencia hasta tarde en la noche y temprano en la mañana, un grupo de 20 habitantes del condominio fuimos a vacunarnos.
No quiero extenderme en la saga del día siguiente: las vacunas llegaron tarde, a pesar de las listas fue imposible contener a quienes rompían la fila, el calor fue intenso ese día (32 grados). Sólo había sombra dentro de la cancha de usos múltiples a la que se ingresaba muy lentamente. Afuera la gente se arremolinaba. No obstante, ocho horas después de haber llegado estaba vacunada y de alguna manera me sentía parte de una aventura que terminó bien. En otras partes del municipio se requirió ayuda de la policía para contener el descontento.
Desde mi perspectiva, las omisiones más notables fueron: escasa o nula política de comunicación hacia la ciudadanía sobre cómo sería el proceso de vacunación, falta de compromiso de las autoridades municipales para establecer orden, escasa o nula coordinación entre los diversos elementos que intervienen en la vacunación y falta de técnicas digitales que permitan tener un buen control sobre todo el proceso.
El relato de mi hermana fue todo lo contrario. En Coyoacán la aplicación de la vacuna funcionó perfectamente. Se proporcionó muy buena información sobre dónde y a qué hora se debía llegar, los equipos estaban entrenados para que grupos de 24 personas avanzaran muy rápidamente, la atención personalizada fue de gran amabilidad.
El proceso de vacunación apenas se inicia. La mayoría del país se parece más a La Huizachera que a Coyoacán. Hay tiempo de corregir el rumbo y lograr que la vacuna sea motivo de sentirse orgullosos y contentos. Recuerdo a las chicas jóvenes que decidieron hacer una lista y me dan esperanza.








