El caraqueño Eduardo Giralt Brun y el culiacanense Emmanuel Massú hicieron mancuerna para documentar en Sinaloa la vida de niños, adolescentes y jovencitos que algunos capos de la droga mandan reclutar para convertirlos en sicarios. Ambos filmaron Los plebes –como se apoda a estos chicos–, ganándose su confianza conforme al código periodístico de Julio Scherer García de “no mentir”, afirman. El documental estrena al llegar la primavera, en el marco de la 11 edición del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM).
A los niños y a los adolescentes en el norte de México se les llama “los plebes”. Muchos de ellos son reclutados por los cárteles como mensajeros, guardias o sicarios.
Pendientes de su situación, el venezolano Eduardo Giralt Brun y el mexicano Emmanuel Massú, con celulares en mano, filmaron en Sinaloa a algunos de esos chicos que forman parte del crimen organizado, para conocer cómo son y qué hacen durante su tiempo libre.
Con el permiso de los jóvenes, e incluso de las personas para las que éstos trabajan, los realizadores cuentan a Proceso, por Zoom, la historia del documental Los plebes desde septiembre de 2018 hasta mediados de 2019, terminándolo a finales del 2020. Su estreno será gratuito el domingo 21 marzo, a las 11:00 horas, por la plataforma cinepolisklic.com compitiendo en la sección “Ahora México”, en el marco de la 11 edición del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM), a efectuarse del 18 al 28 de manera virtual.
Las empresas productoras son Cine Buró
(Gabriel Stavenhagen), Río Azul Films
(Francisco J. Paparella) y Vice Studios.
La regla de oro
Eduardo Giralt Brun (Caracas, 1987) narra que Massú y él se dieron cuenta de que no les interesaba abordar las matanzas “ni lo que las películas de ficción Heli, de Amat Escalante; Miss Bala, de Gerardo Naranjo, y El infierno, de Luis Estrada, han mostrado de manera errónea”.
No es que esté mal exponer eso, esclarece, pero “sólo exhibir eso es muy reduccionista y sensacionalista, digamos que básicamente es el blog del narco vendido como cinearte”. Al instante, el culiacanense Emmanuel Massú (1987) enfatiza:
“No queremos enaltecer nada ni romantizar el tema del narcotráfico o el tópico del sicariato, en absoluto. Buscamos que las audiencias miren que nos encontramos a tiempo de trabajar en la problemática de los plebes. Que ante esas precariedades, tanto por el abandono de un gobierno como por el cobijo de un brazo muy poderoso en todos los sentidos, aún existe una oportunidad de impulsar a artistas, músicos, pintores, a profesionistas. Que Sinaloa y el resto de México ofrezcan un punto de vista muy diferente.”
Giralt Brun lleva seis años radicado en México. Trabajó como director de casting callejero en el drama fílmico Cómprame un revolver (2019), de Julio Hernández Cordón, y la película Mano de obra (2020), de David Zonana. Ha laborado como “productor de línea” (line producer) para fotógrafos extranjeros, como Cristina de Middel (España), Jim Goldberg (EU), el también poeta Larry Towell (Canadá), Pieter Hugo (Sudáfrica) y Antoine d’Agata (Francia). Ha asistido como investigador de campo a los periodistas Deborah Bonello, de Vice News, y José Luis Pardo para Radio Ambulante.
Su ópera prima Los débiles, filmada en Sinaloa, estrenó en la Berlinale 2018. A Massú se le considera uno de los fundadores del rap underground en su Sinaloa natal. Dirige además videos de música. Ha trabajado con fotógrafos como Middel y Goldberg. Los plebes es su primera película.
Brun rememora que el documental de 75 minutos de duración nació al contratarlo un director y un productor de la Ciudad de México, quienes deseaban rodar en Sinaloa para buscar jóvenes de ranchos y ejidos. Todo fue una especie de accidente fortuito:
“Una colega me recomendó trabajar con Emmanuel porque conoce el lugar muy bien, y comenzamos. De entre 200 chicos que casteamos, un porcentaje pequeño trabajaba para el crimen organizado y llegaron con sus radios y armas, y lo hicieron muy bien, con mucha imaginación. Eran los mejores. El punto es que los que me contrataron desaparecieron…
“Nosotros nos encontrábamos a las afueras de Culiacán, a una hora, en una zona muy peligrosa. Al final nos llamó una de sus secretarias y nos informó que estaban en Beverly Hills, California, porque se querían reunir con Salma Hayek…”
Sintió que “no había coherencia” y se regresó a la Ciudad de México para entregar el material, “pero la oficina donde se ubicaban ya estaba vacía, ¡no fueron serios!”, apunta. Los dos empezaron a preguntarse qué pasa en realidad con aquellos chavos cuando no están matando, lo que hacen en su tiempo libre, quién les lava la ropa o a dónde van a arreglar sus armas, en fin. Y Giralt Brun le propuso a Emmanuel que los filmaran:
“Le mencioné que me diera un mes para conseguir dos iPhones y un poco de efectivo para pagar comidas. Emmanuel especificó que contaba sólo con dos semanas, porque normalmente estos chavos en dos semanas eliminan sus números telefónicos, los cambian, y se iban a olvidar de mí.”
Entonces se topó con los productores Paparella y Stavenhagen, le proporcionaron “algo de efectivo, dos celulares y al par de semanas estaba con Emmanuel ya grabando”. Optaron por filmar con celulares para que los jóvenes se sintieran en confianza, ya que ellos se graban mucho con los suyos; nunca se les captó “en clandestino”, ya que les dieron su consentimiento. Así, Los plebes muestra a un grupo de jóvenes sicarios millennials que manejan bien la tecnología, ninguno goza de lujos, y uno de ellos platica que le hubiera gustado estudiar para veterinario pues adora a los animales, aunque sabe la regla de oro: quien se integra a un grupo criminal ya no puede salir.
Por separado, otro chavo, La Vagancia, comanda a un equipo táctico de sicarios. Él sí muestra su rostro. Con 29 años, se encuentra al final del espectro de vida de un pistolero. Habla constantemente sobre lo que significan la libertad, el amor y la muerte. Le gustaría casarse y tener hijos. Es una persona romántica, nostálgica. Ya estuvo en la cárcel. Se le ve pasar el tiempo con su perro cachorro Vago. El lugar donde habita es muy modesto, sin piso de cemento, las paredes yacen descascaradas. Y esconde las armas bajo telas.
Verdad vs. mixtificación
Para que los plebes confiaran en los directores, Massú explica que le dijo a Giralt Brun que nunca de los nuncas les mintiera, “porque al primer momento que nos cachen en una mentira perdemos la esencia y perderemos todo”.
Recuerda al periodista Julio Scherer García, fundador en 1976 de Proceso, cuando en abril de 2010 se reunió con el narcotraficante Ismael El Mayo Zambada:
“No creo que haya llegado a tan importante entrevista con mentiras. Por ahí leí que don Julio decía que no se puede hablar con la mentira en un mundo donde debes hablar siempre con palabras de verdad. Creo que hay que presentarse sinceros. Eso fue lo que nos abrió las puertas con ellos.”
El documental exhibe –se les comenta– que esos jóvenes no viven bien económicamente, y Los plebes –expresa Giralt– “contrarresta todo el glamour que se ha estado vendiendo en las famosas series, como Narcos o lo que se difunde en las redes sociales”. Especifica:
“Esos muchachos no viven en una mansión de mármol. Además, siempre se ha manejado una retórica de que son unas máquinas de matar y que lo único que realizan todo el tiempo es disfrutar de la tortura y del daño, al tiempo que viven en lujos. No digo que no haya gente así…”
Y para definir un poco a estos muchachos emplea una metáfora:
“Existen muchos adolescentes que son las uñas del tigre.”
Y completa:
“Todavía hay ahí una humanidad que no se termina de extinguir, y una vulnerabilidad.”
–¿Qué opinan de que el crimen organizado se mantiene de mano de obra fácil de reclutar y reemplazar? Porque esa problemática de los jóvenes no se ha atendido hasta ahora, ¿verdad?
–Se declaró una guerra –responde primero Massú–, pero olvidaron a ese sector de la juventud, el de la adolescencia. Una guerra en contra de eso no ayuda, como tampoco un documental sobre los plebes; pero por lo menos pudimos entrar a su mundo y ver cómo realmente, en este pleito, en esta guerra, los más afectados son… los plebes.
Interviene Giralt:
“Uno ve que hay muchos chavos que, honestamente, sufren una depresión tremenda, ya porque fueron abandonados por sus papás, ya porque la sociedad siempre les ha dicho que son lo peor de lo peor, o porque estamos en un contexto neoliberal en el que si no posees dinero y ropa de marca nunca vas a conseguir una novia, etcétera. Existen constantemente mensajes de denigración que destruyen la autoestima, y eso, mezclado con familias rotas por la migración o por las drogas, es como una combinación perfecta para que en este caso los chicos se unan al crimen organizado.”
Las razones, agrega, son muy parecidas a la de los jóvenes musulmanes que se enlistan en grupos terroristas.
“No es algo que sólo tenga que ver con el narcotráfico o con la pobreza, es algo que va con la pérdida de la identidad, la destrucción de la familia, y creo que la pérdida de la religión ha desestabilizado a Occidente en general, entonces se busca refugio en cosas como el dinero…
“Yo no sé por qué, en lugar de mandar a la Guardia Nacional, no envían a muchos trabajadores sociales y psicólogos. Sé que lo anterior suena como utopía u onda muy hippie, pero lo cierto es que muchos niños y adolescentes se encuentran en una situación bastante complicada.”
Contentos y agradecidos de que FICUNAM haya integrado el filme, destacan finalmente que lo efectuaron con bajo presupuesto, además de que la pandemia les generó trabas económicas y afectó procesos para terminarlo.








