El domingo 7 de marzo se incendió el templo de Santiago Apóstol en Nurío, Michoacán, y la noticia fue escueta, muy lejos de describir la dimensión de la desgracia que representa para el acervo del patrimonio nacional. Me preocupa que, en el marco de sus responsabilidades, el INAH y la Dirección General de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural no parezcan haber reaccionado.
Santiago Apóstol, en Nurío, es una más de las capillas construidas por los descendientes de los pueblos indígenas –hoy llamados originarios– que en su discurso plástico y artístico expresan la felicidad, la alegría y el contento que, entreverados con carencias y sufrimientos inenarrables, son el sino y destino de su existencia.
Estas capillas, que día con día desaparecen o son arrolladas por la mala urbanización o por las aspiraciones de aquello que se nos presenta como ideal del progreso, revelan elementos de la cultura occidental que abonó estas tierras en una conquista –si bien cruel y despiadada, como todas las conquistas– que en columnillas abalaustradas de algún lejano barroco o plateresco importado, se funde con el espíritu y colorido del arte de los pueblos indígenas originarios que dieron personalidad a nuestra lengua, a nuestra cultura aún hispana pero tan clara y singularmente mexicana. Es en estas primorosas obras donde se manifiesta, creo yo, la presencia real y límpida de nuestro mestizaje.
Es importante llamar la atención sobre este patrimonio porque, a pesar del creciente interés turístico sobre la producción artesanal de estos grupos, no acabamos de percatarnos de la profundidad que estas capillas conllevan como manifestación artística, pues más allá de la descripción cariñosa de sus peculiaridades, pocos son los maestros y críticos de arte que han incursionado en estos testimonios, cuya realización conlleva la presencia entrañable de las raíces de nuestra nacionalidad, que cada vez parece más envuelta en la neblina del acaecer cotidiano, sometido a embates y tensiones que nos invitan a huir o desdeñar lo que somos, en persecución de modelos culturales que se nos muestran como imagen única de lo valedero, que nos avasallan y destruyen.
Santiago Apóstol, en Nurío, forma parte de un grupo de una decena de capillas de este tipo, de considerable riqueza en su decoración y arquitectura, que genéricamente se distingue por el techo o cubierta en forma de artesón invertido, es decir, cuatro lados inclinados y un elemento central plano, cuya estructura arquitectónica, si bien originada en la cultura occidental, fue resuelta con detalles estructurales propios de los grupos nativos de esas regiones.
Debemos distinguir, sobre todo, la decoración y las representaciones históricas que ilustran. San Bartolomé en Cocucho, por ejemplo, prácticamente en ruinas, conserva una escena de Santiago Matamoros –en el caso, Santiago mataindios– en la que el impresionante jinete, que obedece al nombre del santo, cabalga sobre un espléndido caballo blanco y, en su entorno, indígenas y españoles combaten arduamente en cruel contienda de la que a detalle se ilustran los personajes heridos por efecto de los mandobles e, incluso, las armas de fuego que disparan proyectiles en toda la escena; muy lastimada y a punto de perderse, pero aún muy impresionante para el espectador que tenga el privilegio de contemplarla.
Me vienen a la mente, además, algunas como Charapan, Naranja, Pomacuarán, Sevina, Zacán, Angahuan o Tupátaro –ésta más cerca del Lago de Pázcuaro, y llamada “La capilla sixtina de América”.
Nurío se ha perdido a causa de nuestra desidia y abandono, por no haberla llevado al elevado pedestal de obra de arte notable que merecía; de su existencia sólo nos queda constancia en una o dos publicaciones, como la tesis doctoral de Gloria Álvarez Rodríguez.
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* Arquitecto restaurador, exdirector de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural.








