Con esta entrega finaliza el periplo que hemos recorrido a lo largo de las centurias. Recordará el atento lector que la anterior concluyó abriendo el camino para el demoledor Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, mejor conocido como sida, cuyo poder de aniquilación rondó, según la OMS, los 32 millones de víctimas. Y ya entrando en nuestros terrenos melódicos, ¿de veras podría creerse que se haya compuesto algo alusivo a un tema tan sensible? Evidentemente sí y es de sumo interés. Hay una sinfonía llamada The Aids Symphony. Su autor es el norteamericano John Corigliano quien, para mayor referencia, fue el compositor de la banda sonora de la película El violín rojo.
La impactante obra de Corigliano sobrevuela la memoria de sus amigos ultimados por el virus a modo de Elegía y cuenta con sus cuatro movimientos reglamentarios. Sugerimos la escucha del segundo que lleva el nombre de Tarantella. En él su autor se propuso describir los giros y mareos de un ritmo que quiere imitar las febriles alucinaciones de los infectados…1
Como penúltimo bloque sonoro, ofrecemos una visión que nos resulta lastimeramente familiar. Vean a los italianos salir a sus balcones para clamar por la necesidad de hacer música juntos y de sentirse, a pesar del encierro, conectados con las pulsiones anímicas de sus vecinos. La música, aunque sea con cacerolas y voces desentonadas, adquiere entonces su verdadera dimensión. No es una diversión inocua como nuestras autoridades se obstinan en concebirla, es una necesidad de importancia vital, es el mejor antídoto contra el miedo y el más poderoso agente de cohesión social. Privados de ella, y perdónensenos las hipérboles, seríamos como zombies que deambulan sin rumbo, seríamos como autómatas en pos de quimeras irrealizables… Despojados de su capacidad para entonarnos el ánimo y atizar nuestra voluntad, perdemos lo más bello de esa lábil humanidad nuestra, siempre tan en riesgo. Tanto como lo fue para los jóvenes florentinos durante la peste negra del siglo XIV y para los bizantinos y para los proféticos griegos, sin excluir a los antiguos mexicanos que consideraron a la música como una dádiva de Tezcatlipoca, merced a la cual la flor y el canto de la existencia encuentran sus asideros más sólidos…2
Y ya que trajimos a cuento a los antiguos mexicanos, hagamos un viraje temporal para retornar al siglo XVI, no sólo para salirnos un poco de la tónica extranjera que ha permeado, indefectiblemente, estos textos, sino para darle espacio a la visión autóctona de lo que se padeció en nuestras latitudes. Fue a finales de junio de 1520 cuando el futuro constructor de México regresó a Tenochtitlan después de haberse enfrentado a los hombres de Pánfilo de Narváez que venían de Cuba con la orden de apresarlo por insurrecto. A don Hernando no le fue difícil evadir el arresto, recurriendo al soborno habitual para destrabar la lealtad hacia el gobernador de la isla, Diego Velázquez. Lo que Cortés no sabía era que, durante su ausencia, su subalterno, el barbaján Pedro de Alvarado, había acometido la matanza del Templo Mayor y que se había desatado una revuelta indígena de peligrosas proporciones. Es ahí cuando hace su aparición la valentía del Señor de Itztapalapan para comandar a las tropas mexicas que se habían levantado en armas para deshacerse de la presencia hostil de los invasores. El problema con el que ningún poblador de la cuenca del Anáhuac contaba es que dentro de los hombres reclutados en Veracruz por Cortés venía, supuestamente, un esclavo negro que estaba infectado de viruela… Fue así que el mejor aliado de los hombres de Castilla para lograr la rendición de los belicosos mexicas, fue un temible virus. Una aporía del destino que finiquitó el arrojo de Cuitláhuac llenándolo de pústulas, o como él lo hubiera dicho, de totumonaliztli, llevándoselo al sepulcro en diciembre de ese mismo año, apenas tres meses después de haber sido electo décimo tlahtoani de México-Tenochtitlan.
Pero, ¿por qué nos permitimos narrar esto?, ¿pretendemos construir un escenario plagado de pus, con muertos por doquier, justo para finalizar estos textos? ¡No!, es el pretexto adecuado para ofreceros, loados leedores, una primicia cuyo principal objetivo es rescatar del olvido, por vez primera en la dramaturgia mexicana, al guerrero itztapalapense Cuitlahuátzin, puesto que tuvo los tamaños para derrocar a los españoles en la “Noche victoriosa” del 30 de junio de hace 501 años. Haciéndolo le cedemos la palabra a la resistencia del mexicano quien, a pesar de su sempiterna minusvaloración, nunca ha perdido la esperanza ni las ganas de vivir.
Aquello que podrá apreciarse en el audio adjunto3 es el aria –en reducción a piano y voz– de una cantata épica –en vías de escenificarse– con la que el valeroso Cuitlahuátzin arenga a su pueblo para iniciar la gesta que, de no haberse interpuesto la viruela, habría cambiado el curso de nuestra historia y, por ende, la del planeta…
La música es creación del insigne compositor mexicano Samuel Zyman, y la letra, cantada en náhuatl4, reza:
¡Heroico pueblo mexica!
¡Tetzauhmahuíztic mexicatlácah!
¡Primorosa tierra nuestra!
¡Totlazohtlálpan!
¡Padres, abuelos e hijos!
¡Totáhhuan, tocólhuan, topílhuan!
¡Linaje de dioses sabios!
¡Tlamatquetetéoh itlacamecáyo!
Sobre nosotros se cierne
Tópan mochíhua
un destino cruel y aciago.
In tecocóca tlaciuhcáyotl,
En mis manos y en las suyas
Nómac íhuan ínmac
palpita inmutable el valor.
Yoltetecuíni in cuáuhyotl, in ocelóyotl.
Guerra sin tregua al intruso
Yáoyotl ihuícpa in ahcan nécih tlacah,
que nuestros cielos profanó,
ahnecehuiliztíca,
Alzo mi lanza invicta
oquimahuizpólo toilhuíca.
en aras de su expulsión.
Niquéhua notlanitlácoch ínic intohtoquíliz.
Es menester prepararnos
Monéqui titocencáhuah
vertiendo la sangre honrosa
In tiquiixtoyáhuah in mahuíztic ézo
que de nuestra estirpe en afanes
In ítech quízaz totlacamecáyo
a los dioses ofrendamos.
totetéoh imíxpan titlamanitíah.
Una y otra vez heridos,
Cehhpa ihuan occéhppa tlatetectílo,
los mexicas sobreviven.
in mexícatl oc némi.
Sea su eterno sacrificio
Ma icemíhcacnextláhual
oda a la muerte florida.
ce xochimiquizcuícatl mocuépaz.
No nos resta más que tirar las sumas, agregando algún epílogo que sea coherente con lo que nos ha tocado experimentar y, sobre todo, con lo que nos resta aún por resistir: debemos asirnos a la perspectiva histórica para entender que esta nueva pandemia es mucho más benigna que las que nos han precedido. Los adelantos de la ciencia están de nuestro lado, destacando que la creación y efectividad de las vacunas se logró en tiempo récord.
Prestémosle nuevamente oído a los consejos emanados en el ocaso de la Edad Media por el citado doctor Del Garbo de la Universidad de Bolonia y permitámonos alguna addenda propiciatoria:
“No ocupemos nuestra mente con ideas de muerte, sino ocupemos nuestros pensamientos en cosas placenteras. Reunámonos únicamente con personas felices, ajenas a la melancolía y, de preferencia, con las que nos amamos. Quedémonos aún en casa, y como pasatiempo dediquémonos a embellecer los jardines de nuestra interioridad. Si las urgencias hormonales nos hacen incurrir en desmanes, nada más tomemos las precauciones necesarias para no seguir sobrepoblando el cosmos. Y hagamos uso extensivo de la música que nos da sosiego y alborozo, con ello nuestros anticuerpos van a reforzarse por sí solos. Pero lo más importante, no cesemos de maravillarnos con el milagro de estar
vivos.”
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1 Acceder al sitio: https://www.youtube.com/watch?v=FjHPxpAaR0c
2 Accédase al sitio: https://www.youtube.com/watch?v=x_rLw6SCSmE
3 Aria de Cuitlahuátzin de la cantata épica homónima. (Pablo Aranday, barítono; James Pullés, pianista.)
4 La traducción corrió por cuenta del eminente doctor en historia Patrick Johansson.








