Momentos excepcionales: Bernstein, Maazel, Quintanar, Mata

México, Teatro de la Ciudad, ensayo a puertas abiertas, 1980. Quienes fuimos invitados, nunca olvidamos la experiencia.

Leonard Bernstein (1918-1990) agitó la batuta sobre un atril para detener el primer movimiento de la Quinta sinfonía de Beethoven, una obra que la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM) había tocado infinidad de veces con otros directores.

Bajó del podio y se abrió paso entre las filas centrales de los músicos. Un silencio sepulcral se hizo entre espectadores invitados y ejecutantes. ¿Hacia dónde iba el maestro? Al fin, localizó la punta rota de su batuta que había salido proyectada volátilmente al impactarse con su atril. La recogió y se la llevó al trompetista; la orquesta festejó el gesto y estalló en carcajadas.

¿Qué había sucedido en el ensayo? El maestro había golpeado su batuta en el atril para interrumpir el ensayo, ya que la trompeta había falseado una nota fuera de tiempo.

Este detalle de humor para corregir a un ejecutante, habla de la caballerosidad y temple del considerado, junto a Arturo Toscanini (1867-1957), el más experto interprete de la música del compositor alemán.

La partitura de Beethoven y el propio Bernstein eran ya una sola unidad a esas alturas; él conocía como nadie cada nota, matiz, tempo e intencionalidad. Era reverenciado como el director especialista en Beethoven y una leyenda viviente. Bajo de estatura, en el podio era un gigante.

Sus programas de televisión en Nueva York mostraban el conocimiento que el maestro compartía con el público masivo sobre el carácter, matiz, intencionalidad y significado de cada frase, que él iba señalando con una luz.

Cualquiera que haya analizado las partituras beethovenianas sabe bien que, ante todo, el compositor era un arquitecto capaz de estructurar toda una obra sobre un motivo temático, aunque fuera de sólo cuatro notas, como en el caso de la Quinta sinfonía. Esta obra es el más claro ejemplo de cómo una célula rítmica puede generar y desarrollarse hasta constituir su propio universo, prescindiendo temporalmente del virtuosismo melódico –característico, por ejemplo, en Mozart y Tchaikovs­ki, quienes fluían su discurso con el exquisito desen­volvimiento de las frases melódicas.

La contundencia del maestro de Bonn para establecer su poderío con austeros elementos es uno de los aspectos más admirados de su genialidad, como el segundo movimiento de la Séptima: a base de una negra y dos corcheas en bajos y percusiones, plantea una abstracción emocional que camina lentamente, entretejiendo un contrapunto con cuerdas y flautas para llegar a un clímax contenido.

El atrevimiento de Beethoven en la exploración tímbrica hacía rugir los cornos franceses y las percusiones, como hasta esa fecha en esa época nadie lo había hecho, y está relacionado quizá con el mito de su carácter austero y solitario, rozando en la tragedia de la existencia.

Otra interpretación histórica en México fue la que trajo Lorin Maazel (1930-2014) con la Filarmónica de Viena en 1980 al Auditorio Nacional, con un lleno a reventar.

Una eléctrica energía llenaba el ambiente con la reconocida energía de Maazel para interpretar la Novena sinfonía. Los silencios de la partitura se cortaban en el aire con la atención de los asistentes y la concentración de coros, solistas y orquesta. Algo mágico envolvió aquella noche, porque a quienes la recordamos aún nos emociona esa interpretación. Es cuando se conjuga todo: temperamentos, perfección técnica, talento sin límites y una partitura genial.

El México de la abundancia

En aquellos años del sexenio del derroche por el presidente José López Portillo, entre 1976 y 1982, a través de las gestiones de doña Carmen Romano, vinieron a nuestro país la Filarmónica de Viena y la de Nueva York al Palacio de Bellas Artes, en el marco del Festival Cervantino.

Doña Carmen, por pasión a la música o capricho. le dio auge a la vida sinfónica, y Beethoven siempre fue parte del platillo principal en los programas; era un compositor tradicionalmente popular y de regular asimilación por el público.

Contrariamente a lo que se pensaría, el trabajo científico de Beethoven no está en sus sinfonías, sino en sus cuartetos de cuerda, un laboratorio donde los compositores experimentan y se ponen a prueba. El cuarteto es por tradición un formato magnífico en el cual la música se muestra sin artificios, desnuda, como es, y sostenida por su base armónica o estructura. Con Beethoven se empieza a perfilar el compositor rebelde y libre que busca sobrevivir con sus clases y encargos.

“Beethoven sólo hay uno; príncipes, muchos”, le decía a Goethe (1749- 1832) cuando el compositor se negó a hacer la reverencia a los nobles con quienes se toparon. Dio así el primer paso al creador independiente de monarcas y principados europeos, cuando los músicos estaban al servicio de la corte.

En la Nezahualcóyotl

El 30 de diciembre de 1976, recién inaugurada la Sala Netzahualcóyotl, la Orquesta Filarmónica de la UNAM, bajo la dirección de Héctor Quintanar (1936-2013), tuvo un incidente que rara vez se presenta en una obra del repertorio beethoveniano, siendo interpretaciones recurrentes en las orquestas.

No se sabe a ciencia cierta qué ocurrió o en qué pasaje se produjo el desconcierto; pero durante la interpretación del allegro final de la Quinta, donde se enlaza el segundo tema con el nuevo, la orquesta perdió el rumbo de la partitura y empezaron a ensamblarse unos fragmentos sobre otros; una progresiva aceleración del tiempo en la llamada “fuerza obscura del destino”.

Aquel incidente duró unos segundos que parecieron eternos y que, gracias a la destreza, profesionalismo usual en los ejecutantes, éstos se reencontraron en algún punto de la creación. Para un oído poco entrenado tal vez el fenómeno pasó inadvertido; sin embargo, en una obra tonal salta cualquier choque armónico. En algún compás no hubo entendimiento entre director y orquesta; empero, tras el evento, aquel suceso nunca se comentó pese a resultar extraño.

A la salida de la Neza, el concertino de ese entonces –creo que era el maestro Burgos– iba echando pestes por la interpretación con otros músicos, al tiempo que se encaminaban al estacionamiento.

Como sea, la presencia de Beethoven en México ha sido de grandes aventuras, días de gloria y otros sombríos, aunque siempre existiendo una relación amorosa entre su música y los oyentes de varias décadas.

“Las partituras están tan bien construidas, que hasta mal tocadas se oyen bien”, es un comentario de los críticos exigentes a través del tiempo. Recordamos las interpretaciones históricas a cargo de Luis Herrera de la Fuente (1916-2014) y Francisco Savín (1929-2018), ligadas a las vidas privilegiadas de quienes escucharon esos conciertos. La figura más espectacular en la conducción, sin duda, fue nuestro querido conductor Eduardo Mata (1942-1995), comenzando la Quinta con su batuta casi clavándola al piso en el mero inicio de las cuatro notas inolvidables, cual lanzando una prodigiosa estocada al frente de la Orquesta Filarmónica de la Universidad Nacional Autónoma de México (OFUNAM), en concierto dominical del Teatro Hidalgo, a mediados de los setenta. l

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* Nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1953, egresado del Conservatorio Nacional de Música, divide su tiempo entre el ambientalismo y la composición. Heredó de su padre, Miguel Álvarez del Toro, fundador del Zoo-MAT, la vocación ecológica, y es autor de creaciones orquestales como El espíritu de la Tierra y El canto de los volcanes.