El censo 2020 revela el declive constante del número de católicos en México. El crecimiento sostenido de los cristianos evangélicos es quizá menos abultado de lo esperado. Y la gran sorpresa del ejercicio censal es el notorio aumento de los sin religión, particularmente en las grandes ciudades. El censo de 2020 muestra a México más diverso en materia religiosa. El resultado censal tiene repercusiones no sólo culturales, sino, como lo veremos, también políticas.
El país sigue siendo católico, pero es una mayoría en claro declive. Todavía en los cincuenta del siglo pasado los católicos equivalían a 98.2% de la población. Ahora son 77.7%. Una hegemonía cultural y religiosa que se ha venido desmoronando. Su caída se aceleró particularmente en los últimos 20 años, en los que perdió 10 puntos. Un monopolio quebrantado que debe convivir con una creciente pluralización del factor religioso.
Hay un notable éxodo de fieles de la Iglesia católica hacia otras formas de religión cristiana, especialmente a las iglesias pentecostales. Así, las denominaciones protestantes y evangélicas representan hoy 11.2%. El eje gravitacional del ascenso evangélico descansa en los sectores populares de localidades rurales y de ciudades medianas del país. Estamos hablando en realidad de que el ascenso pentecostal y el declive católico ponen en evidencia la crisis actual de la Iglesia católica. A partir de la Guerra Cristera la Iglesia católica recibió un trato de privilegios. En ello descansó su relación con el Estado. Pero debilitó sus vínculos con la sociedad. La jerarquía se alejó del poderoso tejido de organizaciones católicas, que se fueron apagando. Bajo el pontificado de Juan Pablo II hubo una Guerra Fría en el interior de la Iglesia. Todas las pastorales populares ligadas a la Teología de la Liberación fueron reprimidas, de tal suerte que se creó un vacío en los sectores rurales y semiurbanos que fueron cubiertos, en poco tiempo, por sectores pentecostales. Se formaron espacios de agregación social de aquellos sectores marginados por la sociedad y la propia Iglesia. El acento aspiracional ha sido clave en el éxito pentecostal bajo la ideología de la teología de la prosperidad.
A diferencia de los católicos, los evangélicos poseen un alto sentido de pertenencia, lo que le da cohesión a su Iglesia; mientras que la Iglesia católica se refugia en movimientos de élite urbana, como los Legionarios de Cristo y el Opus Dei, que le aseguran interlocución con los poderes empresariales y de gobierno, pero la alejan de los tejidos sociales. Bajo las instrucciones de Roma, muy marcadas por Joseph Ratzinger, la agenda de la jerarquía fue mudando de lo social a la moral. La agenda pública de la Iglesia politiza los debates sobre el aborto, la eutanasia, el rol de la mujer, los homosexuales y los matrimonios igualitarios. La jerarquía entra en disputa pública, encara a gobiernos y se enfrenta a sectores seculares, como organizaciones de la sociedad civil; protagoniza forcejeos públicos en los que personajes, como los cardenales Norberto Rivera y Juan Sandoval, sufren una significativa erosión política y desgaste mediático. Los escándalos de pederastia y financieros en la curia romana, así como las divisiones en el episcopado mexicano, han contribuido al desplome dramático del catolicismo.
En suma, se configura la pérdida del lugar central de la religión católica como elemento estructurador de la vida social, una constante en el mundo occidental, y emerge la reconfiguración del factor religioso, marcado por el signo de una creciente diversidad religiosa.
El ascenso evangélico ha sido constante. En 1980, sus adeptos eran 3.2 % de la población; en 2000 subieron a 7.3%; en 2020, como dijimos, se situaron en 11.2%. En términos absolutos son 14 millones 95 mil 307. Muy lejos de los 35 millones que presumía Arturo Farela, el llamado capellán de Palacio Nacional por su cercanía con el presidente López Obrador. Este dato resulta de particular relevancia porque refuta los números que manejan los líderes religiosos a la hora de establecer alianzas políticas con los partidos tradicionales. En dichos pactos políticos se ofrecen votos evangélicos que no están respaldados por los datos del censo 2020. Recordemos el convenio ventajoso que logró Hugo Éric Flores, del PES, con Morena. Obtuvo muchos diputados, pero perdió el registro ante el INE por no alcanzar el mínimo de votación requerida.
Según el censo 2020 el crecimiento evangélico se ha operado en ciudades pequeñas y medianas y en áreas rurales. Las entidades en las que registran mayor presencia son: Chiapas, Tabasco, Campeche, Quintana Roo, Tamaulipas, Yucatán, Baja California, Morelos, Oaxaca y Veracruz. Cerca de un tercio de las entidades del país. El ascenso evangélico requiere de un análisis detallado. Estamos ante miles de asociaciones religiosas que captan con efectividad adherentes que representan una abanico amplio y pulverizado de Iglesias, sobre todo de carácter pentecostal.
El número de mexicanos que dicen no practicar ninguna religión ha crecido de manera significativa: pasó de 4.7% en 2010 a 8.1% en 2020; son 10 millones 211 mil 52 personas que dicen no tener una religión. Los no creyentes se asientan en las grandes ciudades y centros urbanos más dinámicos de México. Son personas con escolaridad y grados académicos, en cierto sentido con incidencia en áreas de la economía, la política y la cultura; líderes de opinión y personas informadas que tienen autoridad en la sociedad.
A este grupo hay que añadir, sin confundir, a 3 millones 103 mil 464 mexicanos que se consideran personas creyentes, pero que reconocen no tener alguna adscripción religiosa, lo que se traduce en 2.5% de la población censada. Estamos hablando, según el censo 2020, de que uno de cada 10 mexicanos son no creyentes o agnósticos. Es un profundo fenómeno de secularización que no es necesariamente el vaciamiento de las creencias, sino la mutación de la fe. Tampoco es el abandono absoluto de la fe, sino del lugar que socialmente ocupa la religión. Se apuntala la indiferencia religiosa y surgen nuevas formas de anticlericalismos menos militantes y aguerridos, que tienden a la desinstitucionalización de las creencias y sentimientos religiosos.
En suma, el censo 2020 nos ofrece un profundo reacomodo de las creencias en México. Habrá muchos estudios con diversos focos de análisis de las creencias. México experimenta la caída suave pero constante de su mayoría católica, lo que pone en evidencia la crisis de la Iglesia católica, institución que se percibe rebasada. De manera fallida pretendió ser la conciencia moral de la sociedad. El ascenso protestante y principalmente evangélico continúa, pero no al grado exagerado que pretenden vender sus dirigentes. Los sin religión nos plantean disyuntivas atractivas. Estamos ante una metamorfosis de Dios, ante el advenimiento secular y la remoción de un conjunto de religiosidades alternativas a la tradición católica. Los ciudadanos seculares se alejan de las certezas absolutas, de los rituales mecánicos y del excesivo poder de los actores clericales. Una mutación que se funda en el escepticismo, pues no se trata de renunciar a las espiritualidades, sino a las certezas doctrinales. Hasta hace muy poco éramos rehenes de la religión mayoritaria que pretendía configurar grandes identidades colectivas. La libertad religiosa, ahora, permite a muchos mexicanos cambiar de creencia o abandonar la fe, vivir reencantamientos internos; es lo que el sociólogo francés Frédéric Lenoir llama una religiosidad sin religión.








