No se puede construir una cultura cuyo basamento consiste en el tráfico ilícito de bienes culturales. Una cultura se edifica sobre el respeto y la interacción cultural.
Frédéric Mitterrand, exministro francés de Cultura
En diciembre de 1923 André Malraux (1901-1976) escindió ilegalmente algunas estatuas y figurinas del templo de Banseay Srei, dedicado al dios hinduista Shiva en Cambodia. Ese país en esa época era un protectorado francés en la antigua Indochina. Banseay Srei es uno de los templos más exquisitos de la cultura khmer en el complejo arqueológico y religioso de Angkor. Malraux y su secuaz Louis Chevasson perpetraron este ilícito con el avieso propósito de comercializar las piezas sustraídas.
Malraux fue arrestado y sentenciado a prisión por sustracción ilícita de bajorrelieves; la élite intelectual parisina publicó un alegato en su favor en Les Nouvelles Littéraires en septiembre de 1924. Entre los signatarios se encontraban André Breton (1896-1966), Louis Aragon (1897-1982), André Gide (1869-1951) y Francois Mauriac (1885-1971. Posteriormente André Breton, en una narrativa impregnada de resabios colonialistas, reiteraría: ¿a quién en esa nación le importa la preservación de esas obras de arte?
La pena le fue reducida a Malraux y, ya en París, en su osadía recurrió a la Corte de Casación para obtener la restitución de su saqueo (Patrick Howlett-Martin).
Durante la Segunda Guerra del Opio (1856-1860) en China, las tropas británicas y francesas perpetraron en el Antiguo Palacio de Verano (conocido como Jardín del Perfecto Brillo en la cultura china) uno de los mayores saqueos de bienes culturales que registra la historia. Este ultraje aún permanece en la memoria colectiva china y se ha convertido en una cause célèbre.
Esto dio motivo a una de las condenas más severas del colonialismo por el escritor francés Víctor Hugo, quien tuvo el arrojo de escribir una carta insigne dirigida al capitán Butler: “Nosotros los europeos somos los civilizados y los chinos son los bárbaros. Éste (el saqueo) es una muestra de lo que la llamada civilización le ha infligido a la barbarie”. Parte de las piezas obtenidas de este saqueo fueron subastadas por Christie’s en París, en 2009, en el Grand Palais, provenientes de la colección de Yves Saint Laurent y de Pierre Bergé.
El año 1897 es una referencia de lo que, sin eufemismos, es considerado como un genocidio humano y cultural perpetrado por las tropas británicas en la operación Expedición Punitiva Benín. El reino de Benín, con riqueza cultural, se encontraba en la parte occidental africana, actualmente Nigeria, que despertaba la ambición imperial. La devastación de los tesoros de Benín, especialmente de los bronces, es memorable. De esas estatuas de bronce, de inestimable valor, 327 se encuentran actualmente en los Museos Pitt-Rivers en Oxford, 182 en el Staatliches Museum für Völkerkunde en Dresden, 580 en el Museo Etnológico de Berlín, 167 en el Museo Etnológico de Viena y 163 en el Museo Metropolitano de Nueva York. Únicamente 30 piezas se encuentran en Lagos después de haberlas adquirido del Museo Británico…
El efecto poscolonialista continuó en pleno siglo XX. Es célebre la expedición francesa en Dakar-Djibouti (1931-1933) para obtener bienes culturales africanos, documentada por Michel Leiris, testigo presencial, en su libro L’Afrique Fantôme, o bien el belga Joseph Aurélien Cornet (1919-2004) director de los Museos Nacionales del Congo, quien escribió su libro Art of Africa: Treasures from the Congo, en Bruselas, sin tener que realizar un periplo in situ, ya que el rey Leopoldo II (1835-1909 ) no había dejado en Kinshasa, capital del Congo, ni las barreduras.
Uno de los efectos deletéreos del colonialismo es haber desterrado a los dioses de sus santuarios y haberlos convertido en nómadas y en objetos de ornato en jardines públicos, palacios y museos. Además de sujetarlos a la ley de la oferta y la demanda en el mercado de arte. Pero incluso le ha arrebatado la visibilidad a la divinidad.
Los misioneros británicos contribuyeron en forma importante al pillaje, con el objetivo de extirpar las prácticas paganas africanas, y se concentraron en expoliar fetiches que en sociedades animistas son vehículos fundamentales para interactuar con la divinidad. Estos bienes culturales, sin turbación alguna, fueron remitidos a Londres, donde se exhiben en el Museo de la Sociedad Misionera.
En 1810 William Dunlop, médico británico, compró en Sudáfrica a la esclava de nombre Saartjie Baartman (en afrikáner) para exhibirla en actividades circenses, al mejor estilo de la mujer barbuda, con el nombre artístico de la Venus Hottentot. Sus genitales la hicieron especialmente atractiva y objeto de miradas maliciosas por presentar el sinus pudoris, que consiste en una elongación de los labios menores de la vagina, propia de las mujeres sudafricanas Joi-Joi. Después de una travesía en Reino Unido, ya en París, fue vendida a un domador de fieras y exhibida con frecuencia en los bailes de la alta sociedad. Su vida estuvo asociada a la fatalidad con una muerte prematura. El médico legista francés George Cuvier sustrajo su esqueleto, su cerebro y sus genitales, exhibidos en el antiguo Museo del Hombre en París. El presidente francés François Mitterrand, a petición expresa de Nelson Mandela, la restituyó a su lugar de origen. Baartman fue sepultada en su pueblo natal y es ahora todo un icono en Sudáfrica.
El robo bajo pedido
Ya en pleno neocolonialismo, la depredación de bienes culturales continúa sin escrúpulos. El tráfico ilícito de bienes culturales sigue, pero paulatinamente empieza a emerger todo el complejo entramado.
Una infinidad de testas y estatuas pertenecientes a la cultura khmer se puede apreciar a la luz pública en la galería Anchor of Arts and Antiques, que se encuentra en el complejo comercial del River City, en Bangkok, ubicado en el río Phraya, en el muelle Si Phraya, cerca del complejo hotelero de esa ciudad. Esta galería es el principal centro de distribución del tráfico ilícito de bienes culturales del sureste asiático y de China. La galería comparte este sibaritismo con las galerías de la Avenida Madison en Nueva York y las de la calle Nevers en París.
La enorme madeja del tráfico ilícito se empieza a desembrollar, pero por razones metaculturales. Los Estados nacionales y las organizaciones internacionales han detectado que las organizaciones terroristas y el crimen organizado emplean este medio como vehículo para el llamado blanqueo de numerario y allegarse pingües utilidades.
En esa forma empiezan a estar bajo escrutinio la Galería Phoenix Ancient Art, de los hermanos Aboutaam, y la de Jean-David Cahn, en Basilea. Un personaje reputado, como Noriyoshi Horiuchi, antiguo curador del Museo Miho en Tokio, fue incriminado por la tenencia de varios almacenes en el puerto libre de Ginebra; el mercader de arte Gianfranco Beccina es convicto por el tráfico ilícito de bienes grecolatinos.
Ante ello, las organizaciones de comerciantes de arte han rediseñado su logística, e internet ha sido especialmente propicio para ello. Una de las más exclusivas es la galería 1stDibs, con acceso muy limitado. Esta galería es exclusiva y está diseñada para mercaderes internacionales de antigüedades y de arte de alto valor. Radicada en Nueva York, exige para su membresía que se acredite vasta experiencia y sofisticación en el mercado de obras de arte y bienes culturales de alto valor.
El cártel museístico
Ante el reclamo y la ofensiva diplomática cada vez más creciente de los países expoliados, la reacción de los llamados museos universales era totalmente previsible. Irene Bizot, quien fue directora de la Réunion des Musées Nationaux de France, promovió la formación del Grupo Internacional de Organizadores de Grandes Exposiciones, al que se le conoce como Grupo Bizot (GB). Éste suma en la actualidad más de 60 recintos museísticos y rivaliza con el Consejo Internacional de Museos (ICOM por sus siglas en inglés).
El contraste es más que evidente; ICOM agrupa más de 20 mil museos y se distingue por ser un espacio libre y democrático. Más grave aún, introduce una diferencia específica con otros museos al recurrir a una arrebujada estirpe genealógica.
En 2002, bajo los auspicios del GB, se formuló una Declaración en la que afirmaban su legitimidad en el resguardo de bienes culturales. Los argumentos son ampliamente conocidos; las adquisiciones de bienes culturales en tiempos pasados, bajo legislaciones muy diversas a las actuales, deben percibirse con diferentes sensibilidades y valores. Estos bienes culturales han estado bajo la custodia museística y forman parte del patrimonio cultural de las naciones. Si bien es cierto que los contextos para los bienes culturales son fundamentales, los museos universales proveen un contexto válido y valioso de aquellos bienes culturales que fueron desplazados de su fuente original.
De esta declaración se colige que son los museos universales los que han podido asegurar la preservación y admiración de las antiguas civilizaciones por la comunidad internacional. Y concluye que estos recintos museísticos son agentes importantes en el desarrollo de la cultura, cuya misión primaria es la promoción del conocimiento y el proceso continuo de interpretación de las civilizaciones; de darle curso a las restituciones de colecciones diversas y multifacéticas, se produciría un grave perjuicio para sus visitantes.
Es claro que esta declaración del GB trata de vigorizar la legitimidad de estos museos, sometidos a reclamos in crescendo, cuando la realidad es que muchas de sus colecciones provienen de adquisiciones nebulosas o francamente ilícitas. El argumento central de esta declaración consiste en sostener que el patrimonio cultural no le pertenece a ningún país, sino a la humanidad en su conjunto. De ahí que carezca de importancia en dónde se encuentre y quién tiene título respecto de su propiedad.
Este argumento se ve vigorizado al sostener que estos bienes culturales están al abrigo de las turbulencias políticas que tienen lugar en países con graves problemas de estabilidad, ya sea por conflictos o rivalidades internas o por la corrupción endémica. Lamentablemente, los penosos actos vandálicos en Irak, Afganistán y Libia han venido a amainar las reivindicaciones de los países de origen. La devastación excede a cualquier imaginación; la lista es interminable:
El empleo de maquinaria pesada para expoliar los sitios arqueológicos de Apamea y de Dura-Europos; la destrucción del templo dedicado al dios fenicio Baalshamin en Palmira y el pillaje del Museo Nacional de Bagdad. Libia no ha sido excepción; los estropicios son inconmensurables: la profanación del santuario del Iman az-Zarrüq ash Shadhili (1442-1493), uno de los teólogos más reputados del Islam, y el saqueo de la mezquita Zawiyat Sheikha Radiya en Trípoli.
Epílogo
Anastassis Mitsialis, embajador de Grecia en la ONU, lo expresaría sin ambages: la cultura es el alma de una nación. La remoción ilícita o la destrucción de los monumentos culturales privan a los pueblos de su historia y de su tradición. La restitución es el único medio para paliar el daño y reinstaurar la dignidad. Los bienes culturales forman parte de la historia y de la herencia nacional, que la transforma ya sea literalmente, elípticamente o simbólicamente. El pillaje, favorecido por adquisiciones túrbidas, altera la armonía, la comprensión y la integridad de los monumentos y sitios arqueológicos. En esta óptica, la legitimidad de los museos universales difícilmente puede ser sostenida.
Recurrir a la legislación de la época de la expoliación es una falacia; fue un orden jurídico impuesto que ignoró los valores y las tradiciones de los sojuzgados, sometidos a una aculturación forzada. Estos nuevos sistemas provenientes de las metrópolis les resultaban totalmente incomprensibles en sus fundamentos y en sus consecuencias. Antes, al contrario, con una clara entonación colonialista, tratan de preservar los sistemas jurídicos opresivos y disuadir a las víctimas de sus esfuerzos por revertir las aventuras imperialistas. Peor aún, se han arrogado una representación de la comunidad internacional y le han deslizado la idea de hacerle un gran servicio al mantener los artefactos culturales de los pueblos alejados de su destrucción.
El énfasis es necesario; el debate actual no versa sobre las intenciones de los museos universales, sino en la habilidad de los pueblos de exhibir su herencia cultural en la cuna de las civilizaciones.
El centro de gravedad de la narrativa de derechos humanos en la historia es la abolición de la jerarquía de civilizaciones y de culturas. Únicamente cuando los museos incorporen esta narrativa podrán aspirar a la universalidad. Una situación les ha de quedar claro; las reivindicaciones de los países de origen difícilmente podrán ser soslayadas o tratadas con condescendencia.








