“Buñuel en el laberinto de las tortugas”

Hoy en día, La edad de oro es un clásico imprescindible para estudiar la obra de Luis Buñuel y el surrealismo en el cine; sin embargo, en 1930, el estreno en París provocó tal escándalo que hasta el Vaticano amenazó con excomulgar al equipo; a consecuencia de esto, el cineasta aragonés no pudo obtener financiamiento para hacer otra película por mucho tiempo. Un buen día, el escultor Ramón Acín le prometió que si ganaba la lotería lo apoyaría; y no fue de dientes para afuera, le pegó al gordo una Navidad, y llamó a Buñuel para producirle lo que sería el documental Las Hurdes, tierra sin pan (1933).

En Buñuel en el laberinto de las tortugas (España, 2018), Salvador Simó, experto en animación, adapta la novela gráfica de Fermín Solís (2008), donde se narra la historia del accidentado rodaje de ese documental de 27 minutos acerca de Las Hurdes, un pueblo al norte de Extremadura, notorio por la miseria en la que vivía la población. Ahí acudió Buñuel con Acín como coguionista y productor, los acompañaba el fotógrafo Éli Lotar; la fuente de inspiración era el ensayo del antropólogo Maurice Legendre.

Como animador y experto en efectos especiales, Simó tiene una trayectoria internacional importante, incluso con Disney, pero decidió hacer esta historia con dibujos a mano lo más artesanal posible; las imágenes cautivan la imaginación del espectador y hacen sentir el contraste entre la fuerza de esa España dura, sin pan, y el mundo onírico de Buñuel. El animador evita desbordase bajo la excusa del surrealismo, antes inserta fragmentos reales de escenas de Las Hurdes en la pantalla de las salas de cine donde niños y adultos reaccionan frente a esa manera de vivir. Si el tema es el cine dentro del cine, una especie de 8½ de Fellini, que documenta el proceso creativo de quien algún dirigirá Los olvidados, la realidad penetra la animación por medio del documental mismo.

Paradójicamente, como la historia de este rodaje está poco documentada, Salvador Simó pudo dar rienda suelta a su propia imaginación de cómo habría ocurrido tal aventura, es decir, el impacto de este equipo, formado por poetas y artistas comprometidos con el cambio social ante la miseria de ese pueblo, nobleza y costumbres terribles, como la crueldad en el trato a los animales.

Simó capta la perplejidad de Ramón Acín ante las trampas de Buñuel, cineasta nada políticamente correcto, para dramatizar aún más hechos que supuestamente debían retratar; Buñuel no duda en cooperar con la muerte de un burro y otros animales y manipular los usos culturales al servicio de su interés creativo; y eso que el anarquista era Acín.

Buñuel en el laberinto de las tortugas descubre la nobleza de la amistad entre Acín y el cineasta aragonés, a punto de emanciparse de la influencia de Salvador Dalí; como aclara El país en una reseña de la cinta, las amistades entre anarquistas y comunistas eran posibles y frecuentes. No lo entendió así la Republica Española, que eliminó el crédito de Acín, y luego lo censuró el gobierno franquista con su propia corrección política. Hasta 1960 Buñuel pudo incorporar el nombre de su amigo al documental.