Esta vez los artistas sólo acompañaron al histórico y reconocido líder político: el expresidente Benito Juárez (1806-1872) quien, con un excelente documento en sus manos, solicitó ver al presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) para intercambiar opiniones y recomendaciones sobre la importancia de la gestión política y económica del ecosistema artístico de México.
Representado como una sobria mojiganga que evidenciaba el rango del personaje por la banda presidencial de su pechera, Benito Juárez se citó el pasado martes 10 de noviembre, en la antigua Academia de San Carlos, con un reducido grupo de artistas –visuales, músicos, dramaturgos– para que lo escoltaran por la calle de Moneda hasta llegar a Palacio Nacional.
Equipados con tambores, flautas de pico y flautas transversales que con su sonido convirtieron la caminata en una experiencia festiva, los artistas llegaron aproximadamente a la una de la tarde a Palacio Nacional con la esperanza de que AMLO aceptara jugar la ficción artística.
Sin embargo y a pesar de que hubiera sido un gran acierto, Andrés Manuel López Obrador no recibió a su tan admirado Benito Juárez, y todo lo que obtuvieron los artistas fue un acuse de recibo en el que se les recomendó que, si no obtenían respuesta, debían llamar a un número telefónico.
Desde la perspectiva del artivismo o activismo artístico, la acción destaca como una excelente pieza de poética humorística que vincula la crítica con la propuesta. Concebida en su origen por el pintor Antonio Ortiz Gritón y el director escénico José Luis Cruz, la acción adquirió una presencia protagónica gracias a la excelente mojiganga que, con el retrato de Benito Juárez, realizaron los pintores Demián Flores y Gabriel Macotela.
Configurado sobre un soporte tridimensional manufacturado con la técnica tradicional de la piñata, el retrato del Benemérito de las Américas no puede ocultar el predominio de la estética característica del oaxaqueño Demián Flores. Trabajado sobre un soporte pictórico que conjuga símbolos de mexicanidad –como un maguey– con una textura pictórica que evoca deterioros atemporales, los rasgos de Benito Juárez se definen con líneas que son a la vez tan gruesas como sintéticas. Exactamente como tantas pinturas de Flores.
Además del recorrido y la mojiganga, la acción Benito Juárez en Palacio Nacional se completa con un documento que, a manera de carta, le entregó la mojiganga de Benito Juárez a López Obrador.
Acertado, crítico y muy divertido, el documento hace recuentos de los aciertos de funcionarios que vieron en la cultura un aliado como José Vasconcelos (1882-1952), a la vez que plantea recomendaciones que inciden en la coyuntura contemporánea.
Al tiempo de mencionar que Vasconcelos no construyó museos nuevos, sino que utilizó la infraestructura que ya existía, la carta que dirige Juárez a AMLO cuestiona la pertinencia del proyecto Chapultepec: “¿Te has fijado, Andrés Manuel, que el proyecto Chapultepec solamente beneficiará a menos de 3% de los habitantes del país? … ¿Por qué no realizar algunos proyectos culturales en lugares tan violentos y marginales como… la exrefinería de Azcapotzalco… el Bosque de Tláhuac o… el parque Cuitláhuac de Iztapalapa?”.
Sobresaliente no sólo por la pertinencia que establece entre coyuntura política y propuesta artística, la acción sobresale por esa poética humorística que es tan ausente en el arte contemporáneo de México y que, en este caso, provocó que el pintor conocido como Gritón preguntara a los guardias de Palacio: “¿El presidente, no puede recibir a Benito Juárez?”.








