Mientras el presidente Donald Trump niega su derrota, entorpece el proceso de transición a una nueva administración y entabla batallas legales para probar irregularidades en los sufragios, republicanos y demócratas dirigen sus baterías hacia Georgia. Este estado –dividido y enfrentado como el país entero– repetirá las votaciones en enero próximo. Estarán en juego dos lugares en el Senado y con ello el control del Capitolio. Si ganan los demócratas, Joe Biden podrá sin problemas elegir su gabinete y establecer su agenda de gobierno; si ganan los republicanos, éstos tendrán la capacidad de obstaculizar las políticas y las nominaciones del nuevo mandatario.
Primero fueron los gritos de júbilo; luego los sonidos de los cláxones, pero el clímax llegó con el golpeteo de cacerolas desde las ventanas y el tañer de campanas en las calles de Washington DC. La fiesta se desató de manera súbita, en pocos minutos.
Eran las 11:30 de la mañana del sábado 7. Los principales medios de comunicación acababan de anunciar el triunfo de Joe Biden en la contienda presidencial. Miles de personas de la ciudad que lo votó en un 93% convergían hacía la Casa Blanca para celebrarlo. Una hora antes el presidente Donald Trump había reiterado su victoria “por mucho”.
Después del mediodía llegó la reacción del Comité Senatorial Republicano Nacional: “El Senado es la última línea de defensa”, decía su mensaje en la red social Twitter, llamando a mantener la actual mayoría del partido en la cámara alta, todavía por definirse.
La geografía de ese nuevo frente electoral podía atisbarse en la solapa de algunos empleados demócratas en pleno festejo: una estampa con un melocotón, símbolo de Georgia, el estado sureño, la batalla que viene por el poder legislativo.
Trump se niega a admitir su derrota,
–aun cuando el viernes 13 por la tarde las principales cadenas televisivas de Estados Unidos informaron que su contrincante, el demócrata, Joe Biden, tenía 306 votos contra los 232 que él obtuvo–, mientras su partido entabla diversas batallas legales para probar las supuestas irregularidades en el voto, cada vez con menos posibilidades.
De hecho, el día anterior, el mandatario sufrió un revés: en un comunicado los principales funcionarios de la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad –dependiente del Departamento de Seguridad Interior–, sostienen que “las elecciones del 3 de noviembre fueron las más seguras en la historia de Estados Unidos”.
Tajantes, añadieron: “No hay evidencia de que algún sistema de votación haya eliminado o perdido votos, haya cambiado votos o haya sido comprometido de alguna manera”.
Mientras tanto las maquinarias de ambos partidos ya se enfocan en lo que podría definir el éxito o fracaso del siguiente mandatario: en Georgia quedan por decidirse dos puestos al Senado, en una cámara controlada por los republicanos con una tenue mayoría de 50 senadores, contra 48 de los demócratas.
El atasco institucional
Dos victorias demócratas forzarían un empate. El voto definitivo para el desempate recae en el puesto de vicepresidente que detentará Kamala Harris, una vez ratificada la victoria. La ventaja le permitiría al nuevo presidente cumplir con su agenda y elegir a su gabinete sin obstáculos. De ganar el partido republicano, su líder en el Senado, Mitch McConnell, retendría el poder que hizo posible varias de las principales victorias de Trump. Tendría la capacidad de constreñir las políticas y las nominaciones de Biden, así como lo hizo durante el segundo mandato de Barack Obama.
“Una mayoría demócrata en el Senado sería el factor determinante para que el presidente electo Biden brinde resultados a favor de las familias trabajadoras en todo el país, y en Georgia. Demasiado tiempo les ha sido negada la ayuda necesaria, por culpa del presidente Trump, de Mitch McConnell y de un Senado liderado por republicanos”, dijo en un comunicado el sábado 7 el líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer.
Hay fechas claras para definir los balances de poder en la capital del país.
En la elección presidencial, los conteos dan como ganador a Biden con una clara mayoría de los 538 votos del Colegio Electoral. En el sistema de Estados Unidos no se elige al mandatario con el voto directo de los electores –hasta ahora Biden lleva una ventaja de más de 5 millones de escrutinios–, sino con el voto de esos 538 integrantes del Colegio Electoral, representantes de los 50 estados y el Distrito Federal. Son ellos quienes otorgarán su voto al candidato que más sufragios obtenga en su estado.
Las leyes federales electorales ponen como fecha límite el 8 de diciembre para que los estados certifiquen sus resultados finales. Los electores estatales se reunirán el 14 de diciembre –como marca la Constitución– para anunciar al ganador. El elegido tomará posesión el 20 de enero de 2021.
En términos legales, son las fechas que deberían marcar el final de la controversia electoral. Por ahora, la negativa a aceptar la derrota, sin equivalente en la historia moderna de Estados Unidos, implica el atasco del proceso de transición. Afecta desde el acceso a fondos federales asignados al equipo del ganador para preparar su mandato, hasta la presencia de personal de transición en las agencias gubernamentales para facilitar la alternancia. Entorpece, también, la obtención de autorizaciones de seguridad –que brindan acceso a información e instalaciones de gobierno– para el equipo de Biden, y que a él se le permita recibir el informe de seguridad nacional –la información clasificada que se considera clave para la salvaguarda del país.
Ese forcejeo político en el primer plano, no opaca la importancia estratégica de las dos campañas senatoriales del 5 de enero de 2021.
Sin victoria clara
Previo a los comicios, tanto las encuestas como la coyuntura daban ventaja a los candidatos demócratas. Las elecciones del Senado ocurren cada dos años, con un tercio de los asientos en juego: en 2020 los republicanos defendían 23 puestos, por sólo 12 de los demócratas. Los segundos, se estimaba, contaban a su favor con la ineficaz respuesta del gobierno ante la pandemia y su alto costo humano, la caída de la economía y el hartazgo tras cuatro años de polémica constante bajo Trump.
Las encuestas ponían a su alcance estados impensables en otras circunstancias. El día de las elecciones, el balance de poder era de 53 senadores contra 47, a favor de los republicanos.
El voto fue mucho más reñido de lo esperado. Ahí donde Trump ganó, también ganó su partido. Los demócratas sumaron dos victorias clave: un puesto en Colorado y otro en Arizona, el que ocupaba el difunto senador republicano John McCain, uno de los escasos críticos del presidente. La excepción fue el estado de Maine donde, pese un voto contrario a Trump, se sostuvo la republicana moderada Susan Collins. También hubo una derrota demócrata, predecible, en Alabama.
Y luego vino Georgia.
El retiro del senador republicano Johnny Isakson el año pasado forzó una “elección especial” adicional a la ya programada, que hizo que por primera vez estuvieran en contienda los dos puestos senatoriales del estado el mismo año.
En la elección presidencial, una ventaja mínima a favor de Biden provocó que se dictara un recuento de los votos, que sigue en curso. Algo parecido ocurrió en las dos campañas del Senado: en la contienda prevista para este año el actual senador republicano David Purdue aventajó a su contrincante demócrata, Jon Ossof, por 49.7% contra 48%. La legislación del estado dicta que toda victoria por menos de 50% del voto exige una repetición de la elección, entre los dos candidatos con más escrutinios.
En la “elección especial” ocurrió algo inaudito: se presentaron dos candidatos republicanos y el voto por su partido quedó dividido. La actual interina republicana, Kelly Loeffler, quedó con 25.9%, contra 19.9% de Doug Collins, el preferido de Trump. Esto permitió que el candidato demócrata, el reverendo Raphael Warnock, encabezara la contienda con 32.9% del voto. De nuevo, el margen inferior a la mitad de los sufragios forzó a una segunda votación, ahora entre Loeffler y Warnock.
Un proceso electoral complicado por la pandemia, definido por la polarización y prolongado por la polémica, se extenderá por siete semanas más.
Todo o nada
Un solo estado del sur, de 5 millones de habitantes, determinará el futuro del Congreso: Georgia, que no había votado por un presidente demócrata desde 1992 y por un senador de ese partido desde el 2000, toma un rol de parteaguas que hasta hace algunos años pocos le hubieran augurado.
“Creo que con estas dos elecciones la historia está en marcha en Georgia”, declaró el candidato demócrata Jon Ossof el viernes 6 a la cadena CNN. Delineó los factores que han convertido un estado tradicionalmente republicano en una moneda al aire: “estamos construyendo una coalición multigeneracional y multirracial en este estado, basándonos en el trabajo realizado en los últimos 10 años por Stacey Abrams y otros, para registrar y organizar a los votantes”.
El nombre de Stacey Abrams, abogada graduada de Yale y autora de novelas románticas (bajo el pseudónimo de Selena Montgomery), es el primero que muchos analistas mencionan para explicar el crecimiento del voto demócrata. Se le designa como el factor que en pocos años convirtió un cambio demográfico a lo largo del estado en un potencial cambio político.
Entre 2000 y 2010, cuando se completó el más reciente censo nacional, la población afroamericana del estado creció 25%, hasta ser un tercio del total, mientras la comunidad latina superó 9% de la población, según la Universidad de Georgia. A esos grupos, que tienden a votar por los demócratas, se suma el aumento del número de jóvenes con educación superior en el estado, y la importancia de los suburbios de la ciudad de Atlanta, dos grupos que el partido ha atraído en las últimas elecciones.
“Cuando intentas no sólo aprovechar los cambios demográficos, sino también volver decisivos a los votantes con baja propensión al voto, no puedes simplemente esperar a que escuchen el mensaje. Hay que tratarlos como votantes a los que hay que persuadir”, dijo Abrams al medio Politico, previo a la elección presidencial.
Y añadió: “Pero el mensaje no se trata de persuadirlos de que compartan los valores demócratas. El mensaje es que votar realmente puede generar cambios”.
Una derrota de Abrams, en 2018, alertó al país de que Georgia estaba cambiando. Como la primera candidata afroamericana a gobernadora del estado, ese año Abrams movilizó un electorado ausente de contiendas anteriores, y en una elección polémica quedó a tan sólo 55 mil votos del republicano Brian Kemp. Su rival fungía como secretario de Estado y era, por ende, el encargado de organizar una elección en la cual él mismo competía. Los esfuerzos de Abrams desde entonces por registrar votantes y aumentar la base demócrata han sido señalados como una de las claves de la ventaja de Biden en el estado.
“Cuando pienso en el trabajo que se hizo, tengo que decir que fue realmente un acto de fe”, le dijo la excandidata presidencial demócrata Hillary Clinton a Abrams en una conversación en la radio el martes 10; “usted creyó en el potencial de Georgia para tener una elección que empoderara a la gente para votar, y es muy emocionante ver que ese arduo trabajo da sus frutos”.
Pese a ello, los republicanos siguen teniendo la ventaja en ambas contiendas. A diferencia de lo ocurrido en la reñida elección presidencial, sus candidatos tuvieron una mayor proporción del voto.
“El camino al socialismo no pasará por Georgia”, exclamó Loeffler en un evento el miércoles 11.
Queda por ver cómo impactará en la contienda la narrativa de fraude electoral impulsada desde la Casa Blanca. La estrategia de atizar el descontento podría movilizar a los votantes republicanos en Georgia, aunque existe un riesgo: que al socavar su confianza en el voto libre y justo se socave también su deseo por retornar a las urnas en enero.
También podrían influir en las elecciones del Senado la inversión económica masiva por parte de ambos partidos y el desfile de figuras políticas que ya comenzó, al cual podrían sumarse figuras como Barack y Michelle Obama, y el propio Donald Trump. Es posible que el todavía presidente intente convertir la elección en Georgia en el último triunfo de su legado político.








