Post racionalidad

La náusea no es selectiva. Cuando un enfermo vuelve el estómago arroja todo lo que trae adentro, ingesta tóxica y nutrientes, y por eso el vómito alivia y debilita. Pues bien, hoy el enfermo es el mundo. La metáfora es válida: está vomitando tanto lo que le hace daño como lo que necesita para mejorar su salud. Digo el mundo con toda intención: si bien me refiero primordialmente a las personas que habitamos la Tierra, también aludo al planeta mismo que, convulso por sus altas temperaturas, escupe agua, viento y fuego. Pero ya hablaré de eso. Por el momento, permítaseme referirme a las sociedades humanas con brotes de insanidad: mareos causados por una inicua macrocefalia, fiebre por consumo de ideas en alto grado de descomposición, hemorragia de indignaciones justificadas y odios autodestructivos.

Las recientes elecciones en Estados Unidos son una clara muestra de la enfermedad. Una parte de esa nación, que perdió su preeminencia y se siente maltratada, ha ingerido una pócima que le vendieron como remedio a sus males y que en realidad es un brebaje venenoso. Cansada de mentiras, eligió a un líder mentiroso; harta de ser ninguneada por el “uno por ciento”, optó por un magnate que entró a la política para hacer más dinero y defender privilegios cupulares; golpeada por el desempleo y ansiosa de un adalid nacionalista, siguió a un narcisista que, al estilo Berlusconi, prioriza sus intereses personales, es complaciente con Rusia y pide favores inconfesables a otros gobiernos. Como los sedientos del desierto, la gente se arrojó sobre el espejismo y bebió arena, esa que ahora vomita sin saber por qué.

Lo grave es el nivel de obnubilación. Donald Trump es un personaje impresentable por razones éticas, no ideológicas. Yo entiendo que quienes le dieron su voto por haber asumido la agenda republicana –el rechazo al aborto, por ejemplo– no quieran darse cuenta de que lo hizo sin convicción, por un cálculo electorero que contradice su postura previa en ese y otros temas. Lo que no alcanzo a comprender es que sus seguidores cierren los ojos ante su corrupción, su racismo y su crueldad. Trump no es abominable porque haya reducido los impuestos a los más ricos, aunque muchos repudiemos esa política fiscal; lo es porque, además de concebir la bribonería como signo de inteligencia, desprecia y zahiere a los débiles. No es una posición doctrinaria: es vileza. ¿Qué se puede decir de quien ve a Haití y a los países africanos como “hoyos de mierda”, y a los indocumentados mexicanos como criminales y violadores? ¿Cómo se le llama a quien separa de sus padres y enjaula a niños migrantes? Su propia sobrina Mary tiene la respuesta: sociópata.

Este punto me trae de regreso a México. López Obrador ha cometido errores que se diluirán con el tiempo, pero la incongruencia de abrazar como amigo al presidente más antimexicano y la ignominia de hacerle un acto de campaña le dejarán una mancha que “no se borrará ni con toda el agua de los océanos”, para usar su expresión. No deja de sorprenderme que un hombre con conciencia histórica como AMLO se haya atrevido a aliarse a un gobernante que pasará a la historia como un corrupto, protofascista, xenófobo, misógino, antiambientalista y detractor de la cooperación internacional. El moralista se hermanó con el inmoral. Pudo haber mantenido con él una relación cautelosa que limitara las negociaciones a lo indispensable, y no lo hizo. Desde el principio lo lisonjeó, en una carta infame donde la estulticia y la vergüenza se dieron la mano, como su compañero de lucha contra el establishment. ¿El saldo? Migajas a cambio del trabajo sucio en la frontera sur y en la Casa Blanca. México pagará también las consecuencias, con suerte menores, de respaldar imprudentemente a quien resultó perdedor. Ahí queda la paradoja: el canciller Marcelo Ebrard ha brillado en sus encargos –vacunas, hospitales, puentes con empresarios– y ha desbarrado en su cargo, con dislates que van desde su adopción de la doctrina Videgaray del entreguismo hasta su incapacidad de decirle no al presidente para impedir la pifia diplomática de exigir disculpas, inopinada y públicamente, a España y al Vaticano.

Una pandemia de sinrazón acecha a la humanidad. Demasiada energía social se vacía en populismos opresores de minorías en vez de volcarse a combatir la desi­gualdad y sublimar la democracia. No son pocas las mayorías que han vomitado el elitismo junto con los residuos de respeto a la verdad y han tratado de rehidratarse con veneno de falsas redenciones: Brasil, Turquía, Hungría y un preocupante etcétera. Pero el caso más perturbador, por lo que representa, es Estados Unidos. La mitad de su población sigue respaldando a Donald Trump, quien ha mostrado con hechos irrefutables su bajeza y ruindad y a quien, pese a ello, sus prosélitos de QAnon consideran literalmente un ángel bajado del cielo para limpiar el mundo. Los seres humanos siempre hemos sido proclives a creer lo que queremos creer, pero nuestra capacidad de autoengaño solía buscar pequeños asideros en la realidad. Hoy el realismo se vuelve reliquia. Libramos una batalla entre la reedición del Medievo y la defensa de la Ilustración. Como Jano, vemos a lados opuestos, no al frente. La civilización no se apoya en una tabla rasa: desechar todo, malo o bueno, es el camino más corto al nihilismo. Yo, por mi parte, hago votos por el triunfo de una sana convivencia entre razón y fe que remueva las montañas de fanatismo y evite que la era de la ira trueque en el imperio de la post racionalidad.