Enmascarado en el preciosismo retinal de su pintura, Arturo Rivera desarrolló una propuesta artística que se basó en la representación de la fealdad como dimensión estética. Con narrativas que transitaban entre la exaltación de lo monstruoso, el terror de lo sagrado y el horror de lo siniestro, su pintura destacó a partir de la década de los ochenta como una propuesta inquietante, original y de notoria sobriedad pictórica.
Ajeno a las tendencias postconceptuales que se impusieron en México desde el siglo XXI tanto en el escenario comercial como en el museístico, Arturo Rivera siempre fue pintor. Figurativa y neorrealista, su poética fusionó los conceptos de fealdad y belleza conjugando la perversidad de las narrativas con la delicadeza de una pictoricidad que se desplazaba entre imponentes figuras, sugerentes espacios y exquisitas atmósferas cromáticas.
Nacido en 1945 en la Ciudad de México, Rivera se formó en la Antigua Academia de San Carlos –actualmente Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México– cuando la institución sobresalía por la calidad de su enseñanza artística. Después de residir ocho años en la ciudad de Nueva York realizando distintos trabajos ajenos a la creación artística para poder pintar, en 1979 fue invitado por un año a la Academia de las Artes de Munich, Alemania, como profesor asistente.
Con una notoria influencia del renacimiento nórdico en su expresividad pictórica –figuras protagónicas y cuidadosamente delineadas que, a pesar del contraste entre la claridad de sus rostros y la oscuridad del entorno, se imponen como composiciones de gran expresividad unitaria, por ejemplo Holbein el Joven (Alemania 1497-Inglaterra 1543)–, Arturo Rivera desarrolló una poética realista de narrativas sumamente perturbadoras.
Centradas principalmente en la representación de figuras femeninas, despojos de animales y algunas figuras masculinas, entre las que destacan hombres deformes o enfermos –con excepción de sus autorretratos–, sus composiciones integran muchas veces referencias a instrumentos científicos.
Emplazadas casi siempre en entornos sin identidad, sus narrativas destacan cromáticamente por el magistral contraste entre una paleta restringida en ocres y negros, la luminosidad de los rostros y las referencias a tonos dorados que pueden degradarse hasta brillantes amarillos.
Aun cuando no son temas explícitos, la muerte, el sacrificio y lo sagrado son presencias constantes en su obra. Trabajadas con un lenguaje pictórico que fusiona el horror y la fealdad de lo representado con la excelencia de la expresión y textura pictórica, sus obras se convierten en una atracción morbosa que exigen mirarse a pesar de su perversidad.
En su obra la animalidad y la humanidad comparten el mismo escenario. Ya sea como esqueletos, cráneos, despojos o cadáveres, los animales son protagonistas o referencias simbólicas que oscilan entre la fealdad de lo siniestro y el terror de lo misterioso.
El retrato es un capítulo interesante en su trayectoria. A diferencia de la agresividad de sus narrativas, en los retratos colocaba a los personajes en escenarios que lo relacionaban con el discurso característico del artista a través de elementos simbólicos. En el retrato de Luis Donaldo Colosio, una delgada línea atraviesa la sien del cráneo uniéndola con la sien del político asesinado.
Otro tema interesante en su producción es la figura femenina. Erótica, distorsionada, poderosa, malvada, maltratada, o de una gran belleza, la mujer es un tema que invita a interpretarse desde una perspectiva femenina y feminista.
El pasado jueves 29 de octubre Arturo Rivera falleció debido a las complicaciones que le ocasionó haberse caído de las escaleras de su casa.








