Más que analizarlo desde el punto de vista de sus fuentes pictóricas, Epicentro impone su peculiaridad en la formidable secuencia creativa de la coreógrafa Guillermina Bravo. Aunque hay aquí fuertes cambios de lenguaje, hay circunstancias compositivas que ligan esta pieza con otras anteriores de la artista, sobre todo con Homenaje a Cervantes.
Temáticamente se puede apreciar como una contrapartida. En las dos obras hay un personaje núcleo que genera todas las acciones coreográficas, pese a que los caracteres fundamentales se polarizan. En el Homenaje el protagonista alucinado sueña o es dominado por la realidad, depende de las circunstancias objetivas o subjetivas que lo manipulan, juegan con su inestabilidad. En Epicentro el hombre-dios o el fauno-caudillo posee una fuerza impositiva, los hechos se producen como respuesta a su vigor, vigor que encuentra en Miguel Ángel Añorve el intérprete perfecto, obsequia vida y fuerza en una danza diseñada en alta tensión, que culmina en un acto amatorio con trazos de arco y flecha.
Por un instante el hombre que ama es poseído a su vez por una mujer (Victoria Camero). Podría pensarse que la aparición de la figura femenina trepada de manera penetrante en las espaldas del hombre fue un recurso para lograr una vertical más alta que en el resto de la danza; pero la forma se impregna de tantas sugestiones que resulta imposible aprehenderla como un acontecimiento meramente visual, imposible no apreciar la bisexualidad implícita en todo ser vigoroso que la Bravo apunta con trazos más fuertes que los utilizados en otros momentos de esta coreografía en la cual, además, se han asimilado muchos gestos y actitudes surgidos en el transcurso de las sesiones de improvisación que Ballet Nacional ha estado practicando con terca paciencia. l
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* Fragmento de la reseña de la crítica de arte (Proceso 55), publicada el 1 de agosto de 1977.








