Jaime Cárdenas

La renuncia de Jaime Cárdenas a la dirección del Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado ha generado una discusión de nuevo cuño por las particularidades de este acto, que difiere de otras salidas del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, las cuales reclaman un análisis reposado hasta donde ello es posible para mí. Vamos al tema.

Primero. Conozco desde hace muchos años a Jaime Cárdenas, de quien tengo una inmejorable impresión. Es público y notorio que es una mente lúcida, un jurista de reconocido prestigio y sobre todo un hombre honesto, transparente y bueno, en el mejor sentido de la expresión. Estas características son, sin duda, activos muy importantes en el servicio público. Si hubiera muchos funcionarios con las prendas profesionales y morales de Jaime, el estado de derecho, la rendición de cuentas y el combate a la corrupción tendrían mayores posibilidades de traducirse en actos por el bien del interés público. El presidente sabía con precisión y de antemano el carácter de Jaime antes de invitarlo a ­colaborar con él, sus virtudes y sus defectos –si así se le pueden llamar a decir las cosas por su nombre, a no adoptar un comportamiento acrítico por consigna–, a pesar de que no sólo coincide, sino que le ha dado una narrativa racional a la 4T más allá de los juicios de valor militantes, que no es poca cosa. Quizá la actitud facilista en mi caso hubiera sido no escribir sobre este tema y en privado externarle mis simpatías a él o mis antipatías a sus nuevos detractores, como marcan los usos y costumbres de la simulación tan propia. Pues no. Es precisamente en estos momentos cuando hay que fijar pública postura.

Segundo. He defendido en estas páginas el derecho a la libertad de expresión del presidente López Obrador. Y así lo creo. No obstante, dedicarle tres días seguidos a una serie de juicios de valor vejatorios a Jaime por haber renunciado al instituto y por las razones que adujo para tomar esa decisión es un exceso verbal con un hombre que en los momentos más complicados de su vida política ha estado con él, apoyando y dándole guía jurídica y argumentativa, y porque ha actuado en los cargos que ha tenido en su vida con la Constitución y la ley en la mano. Deploro los juicios calificativos presidenciales hechos en agravio de Jaime y reconozco, por el contrario, la réplica de éste hecha con respeto, prudencia y mesura, pero con claridad en el fondo. En este desencuentro el presidente perdió los estribos y Jaime defendió su honor bien ganado por tantos años de trabajo en el sector público y académico. Lo hizo sin estridencias, pero con datos puntuales de sus diferencias con el entorno cercano del presidente y con el propio titular del Ejecutivo federal. Aclaro aquí que no veo, de ningún modo, una inequidad por cuanto al impacto de la difusión del discurso presidencial y la réplica de Jaime que no ha sido silenciada; antes bien, ha tenido cabida amplia en los medios de comunicación. Tengo también la plena convicción de que Jaime no tendrá represalia alguna, como una acción del Estado, por lo que dijo, ni de ninguna forma será aislada o afectada de forma alguna su esposa, la talentosa Mariluz Mijangos, fiscal especial para la atención de los delitos en materia de corrupción de la Fiscalía General de la República, quien tiene sus propios méritos, y de sobra, para la función que brillantemente desempeña fuera de los reflectores.

Tercero. La fortaleza de Jaime ha sido al mismo tiempo su mayor debilidad. Quien nada sabe nada teme. A mayor ignorancia, mayor felicidad, dice la conseja popular que repetía sin cesar el expresidente Vicente Fox para que la gente no leyera y no se informara. Por el contrario, mientras mayor conocimiento existe, más inquietud se alberga, porque se tiene acceso a datos e informaciones que la ignorancia o la corrupción minimizan. Jaime no sólo es un hombre honesto, sino un conocedor del derecho y de sus consecuencias si no se observan los caminos establecidos por la ley. En este punto reside el fondo del asunto. Probablemente nadie se enterara de que Jaime hubiera actuado con elasticidad en el cumplimiento y la interpretación de la norma –por decirlo suavemente– en su encargo, pero el tema es que lo que Jaime piensa, hace y dice va por una misma ruta y no está hecho para ponerse máscaras de comportamiento según la ocasión, como es deporte nacional en este país. El presidente y algunos de sus cercanos repiten que Jaime debió haber resuelto los problemas y no haber renunciado. Para eso había sido designado, sigue el razonamiento que, a mi juicio, es un sofisma. El hoy renunciante vio que se había generado un clima de opinión negativo en el primer círculo presidencial por su empeño en seguir las reglas normativas existentes. Esta circunstancia simple y sencillamente hubiera hecho inviable que pudiera resolver el tema de las probables irregularidades, porque no dependía solamente de él la solución, sino del entramado institucional de la administración pública federal en el que está inserto el instituto de referencia. El instituto no es autónomo. Interactúa por mandato legal con distintas dependencias, entidades, órganos y organismos.

Cuarto. La mención de probables actos de corrupción a su llegada al instituto, hecha por Jaime en su renuncia, y la inoportuna colaboración del primer círculo del presidente durante estos tres meses en su encargo que, de manera implícita, también explica, pero no justifica, el encono presidencial con él. Esta renuncia ha afectado el proyecto presidencial y ha sido aprovechada por sus detractores como era esperable. Y esto se entiende porque es la primera vez en este nuevo régimen que una renuncia no hace juicios de valor como explicación de la salida, sino que identifica los problemas, las acciones en el ámbito de atribuciones que tomó para su debida solución, la ausencia de colaboración de quienes debían haber hecho su parte en tiempo y forma y no lo hicieron. En particular, la templanza y prudencia en el decir de Jaime ha tenido mayores efectos que si hubiera optado por la descalificación genérica y fácil o por quejarse de la imposibilidad de nombrar a funcionarios de su confianza como en otras renuncias ha sucedido, con sus honrosas excepciones. Es esperable que el presidente vea con la salida de Jaime una lección aprendida y actúe en consecuencia. López Obrador es, ni duda cabe, un hombre honesto y ese es –sigue siendo– su principal capital político, pero esas mismas cualidades deben observar quienes forman parte de los distintos mandos de la administración pública federal. En este ámbito es donde tiene oportunidades de mejora que deben ser atendidas, buscando –con la gran dificultad que ello implica– que se anteponga el interés público sobre la ventaja política personal.

@evillanuevamx

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