Un taller literario en el Centro de Readaptación Social de Hermosillo, Sonora, detonó en el periodista Carlos Sánchez la necesidad de contar las historias de seres que habitan en los márgenes de la sociedad, en “las alcantarillas de la vida”: criminales que cobraron fama por su saña. Surgió así Matar, crónicas desde el infierno, libro que empieza a circular con el sello de Ediciones Proceso. A caballo entre la crónica periodística y la creación literaria, sus historias no se regodean en la sangre, sino que “nos cuentan la realidad antes del crimen” y “nos acercan a la absurda psicología del monstruo”.
Muchas balas salieron disparadas al apretar el gatillo con su mano derecha. Por las balas se cavaron tumbas. En el área de visitas de la penitenciaria le sugerí que hablara con la neta: ¿cuántos fueron en total? Entre la algarabía de sonidos de los internos y las visitas, sobresale el bajeo del grupo Reo Exprés que entona la rola “Dos hojas sin rumbo”. Entre el ritmo del bajeo se abre con las respuestas:
–Para como me ves ¿Cuántos crees que fueron?
Mi silencio provoca preguntarle de nuevo. De mi boca brota una cifra: –Veinte, le digo.
–Esos no son ni la cuarta parte.
Entonces sus ojos se topan con los míos, intentando convencer, un mirar sostenido para dar transparencia a sus palabras.
“Fueron muchos más, mi compa. Y si de abrirme se trata, te diré que desde morro empecé. El primero fue al otro lado, por un gane que se aventó un bato; nos agandalló con 500 dólares de coca. Le pegué como ocho tiros. En Hermosillo fue después. El camarada me enseñó la sonrisa, me sedujo al enseñarme una paca de dólares. Ese fue el primero de la lista. Me dijo que le había ganado a su patrón, que era un narco, pero la neta me echó mentiras; no le pude sacar más que los dólares que traía en la cartera.”
Su estatura rebasa muy apenas el metro y 50 centímetros. Camina con la vista hacia los lados y constantemente revira hacia su espalda. Misael es su nombre de pila, Siete es su apodo, derivado de Matasiete, con el cual lo bautizaron al llegar a prisión por el número de muertos que están inscritos en su expediente.
A casi cuatro años de la detención y a poco más de uno de ser sentenciado, Misael dice que tiene muchas ganas de vivir y que esos 50 que le impusieron de condena se los quisiera aventar vivo. Es solidario. La lectura sobre filosofía lo seduce.
Es ahí, en el área de visitas –donde esporádicamente recibe a sus cuatro hijos, a su madre, a sus hermanas y a quien dice él que es su compa, con quien ahora conversa–, donde Misael deja fluir al ser generoso, honesto, de principios arraigados. Habla en ese transcurrir de la charla de temas diversos: literatura, valores, incomprensión, manipulación, lo que cuesta vivir cuidándose las espaldas.
“Esta mañana un preso se me acercó y me dijo: ‘Siete, ya sé cuánto vale tu cabeza’. ‘Pues aviéntatela –le dije–, juégatela’.
“El vato no se tendió, se quedó calladito. Antes de que se fuera le dije los nombres de los que ofrecen las monedas por quitarme el aire de los pulmones. Se quedó muy seriecito, el cabrón, pero no se tendió.”
Seguir vivo es una suerte de todos los días. En la libertad es similar, pero en prisión se agudiza el riesgo de fallecer. Son muchos más los miles de internos que viven dentro hasta rebasar la capacidad para la que fue construida la cárcel de Hermosillo. Y acá el calor encoleriza… y el encierro, el encierro.
“Tienes que andarte cuidando la espalda. Un preso se pelea como si fuera el único de la vida; el agua, la comida, las prendas, los objetos, todo cobra un valor múltiple si se vive tras las rejas.”
“Dos hojas sin rumbo” continúa como música de fondo. El Siete oferta un café; los pasos se dirigen hacia la tienda improvisada bajo un cuadro de madera y láminas. La cuchara en la mano del tendero, que también es interno, deposita en el vaso desechable la cantidad del soluble y azúcar. A un costado de la tienda el movimiento de cuerpos de parejas viene y va. Frente a ellos suenan las trompetas. Bailar es casi de rutina los jueves de visita en el pintón. Las damas que van de visita sienten en ese baile la fiebre que construyen las rejas en esos cuerpos prisioneros.
Misael disfruta de observar y es la inercia que prácticamente le obliga a retomar la conversación. Caminamos. “Tengo la onda de llegar lejos, de irme y hacerla. Sé que sí se va a hacer”.
Misael sugiere un alto grado de clarividencia en su persona: “Por ejemplo, ayer le dije a un camarada que si no venía a verme una carnala, vendrías tú, y así fue”.
Esto lo atribuye al tipo de vida que ha llevado. Años atrás vivía con la madre de sus hijos, en una casa de cartón, luego de una invasión a la ciudad. Trabajaba en una maquiladora, ganaba el mínimo y, por lo tanto, tenía muchos de sus días que doblar turno. Dice que sólo miraba a sus hijos cuando éstos se despertaban porque oían cuando él llegaba. Misael cambió de trabajo; puso una taquería de carne asada, pero le duró poco el humo del carbón, cambió de oficio a punta de pistola y los homicidios llegaron a su vida.
Su exesposa le ha dicho, en los días de visita y de llevarle a los hijos, que cuando empezaron como pareja y vivieron en aquella casa de cartón fue su tiempo más feliz. Él lo avala, lo añora, y por eso dice que la rola que más le gusta es ésa que se llama “Casas de cartón”.
La taquería cerró y para ese tiempo la familia había emigrado a una casa de fraccionamiento. La tomaron a la brava, de invasores, porque era la única manera de vivir entre paredes sólidas. Viviendo allí continuó la carrera delictiva: matar para sobrevivir. Dice Misael que los dineros fueron motivos contundentes para jalar el gatillo: “Quería darles mejor vida a mis hijos, a mi esposa, a mis padres”.
El crimen tuvo entonces un objetivo justificado y a éste se añadía la necesidad del consumo de cocaína, de cristal, de sentir sobre su persona el poder de ordenar y gastar, comprar:
“Cada vez que me aventaba un jale, que agarraba 20 o 30 mil pesos, me iba a mi tierra, Sinaloa. Llegaba y le daba todo a mis hermanas; vendía los carros que les quitaba a los que asaltaba y a puro repartir lana me la pasaba.”
El despojo no quedaba en asalto: un tiro de gracia en la frente marcaba el cerrojazo del hurto. Misael llenaba sus bolsillos de dinero y sus narices de polvo. Paseaba en los carros mientras encontraba un cliente que ofreciera la cantidad convincente.
La clarividencia que dice tener ahora no la tuvo un día que se tornó extraordinario, ese día que inició el calvario al que ahora está condenado. La bala disparada desde su escuadra se estrelló en un dedo de la mano de su víctima.
Era de noche, Misael disparó sin saber que al sujeto que estaba boca abajo, tirado en el suelo, se le ocurriría poner sus manos sobre su cabeza y uno de sus dedos desviaría la bala. Después, por las llamadas a un celular que le pertenecía a quien Misael daba por muerto, los de la justicia dieron con el autor de los crímenes perpetrados en la carretera. El nombre del Siete llegó a los titulares de los medios. Las cámaras de la televisión del estado de Sonora tuvieron a cuadro la exclusiva y la reportera ganó el premio de periodismo por esa entrevista. Y la radio decía y los periódicos dijeron. Después unos abogados obtendrían poco más de 50 mil pesos que aportaron los familiares de Misael. De ellos, los abogados y el dinero, poco o nada se supo después.
Bajo las láminas sobre una estructura metálica que forma un cuadro, allí en el área de visita, Misael dice que recordar los jales que se aventó lo pone paranoico. “Vamos para otra parte” –solicita–. En otro espacio, sólo unos cuantos metros más hacia el sur de donde estábamos.
“Aquí está mejor; no sé por qué cuando hablo de estas cosas me pongo inquieto.
–Será el remordimiento –comento–. ¿Si hubieras de arrepentirte de alguna de las muertes en tus manos, cuál sería?
–Todas.
–¿Y si hubiera alguna de la cual tuvieras que decir que era necesaria?
–Muchas tuvieron que ser como fueron –concluye.
Fueron ya es pasado. Ya no son, aunque a confesión de parte, seguro está la necesidad de llevarse a otro y otro. El control de las emociones lo ha salvado de hacerlo, porque en el encierro hay tiempo de aprender leyendo y lo hace. Pero en el encierro hay acoso, insistencia y ganas de matar el nombre Misael, por la fama del delito, porque muchos de los presos piensan: “a ver si es cierto que es muy fiera este vato”.








