La pandemia fracturó el futuro de los infantes

El Reporte Nacional “#InfanciasEncerradas. Consulta a niñas, niños y adolescentes, elaborado por la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México y que recoge las respuestas de más de 4 mil menores, dibuja con precisión los daños emocionales que han padecido durante este prolongado confinamiento. Rota su cotidianidad, fracturados sus sueños, incierto su futuro, las respuestas de los encuestados son una alerta a las autoridades para que atiendan con urgencia esos daños emocionales. 

En “ningún momento” o en “muy pocas ocasiones”, dos de cada 10 niños, niñas y adolescentes de México se han sentido felices en lo que va del confinamiento por la pandemia del covid-19.

Hoy, los menores están estresados por el exceso de tarea escolar; pero su principal miedo es que sus padres o sus familiares se enfermen o mueran a causa del virus; o bien pierdan su trabajo y se queden sin dinero para comer. Eso les genera una profunda tristeza.

Y aun cuando el prolongado encierro es una medida de protección sanitaria individual y colectiva, paradójicamente “se está convirtiendo en un factor de riesgo para la salud mental infantil y adolescente”. 

Frente a este escenario, “es necesario apuntar al manejo del miedo, la incertidumbre y la angustia derivados de las preocupaciones. Debe ponerse especial interés en desarrollar mecanismos de detección oportuna de situaciones de impacto más severo”.

Estas son parte de las conclusiones del Reporte Nacional “#InfanciasEncerradas. Consulta a niñas, niños y adolescentes, elaborado por la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCM) y que puede consultarse en su portal de internet.

El organismo presidido por Nashieli Ramírez recabó en las 32 entidades la opinión de 40 mil 427 menores de entre uno y 17 años sobre la situación que se ha vivido durante la pandemia y el aislamiento social. De la muestra total, 49.2% son niñas, 38.9% niños; 11.7% no quisieron contestar y 0.2% se inclinaron por la respuesta “otro”.

La consulta se aplicó desde la página web de la CDHCM, mediante más de 40 mil cuestionarios y 648 dibujos recibidos por correo electrónico entre el 27 de mayo y el 15 de junio pasados, cuando aún estaba vigente la Jornada Nacional de Sana Distancia. 

Las tres entidades con mayor participación fueron la CDMX (59%), Guanajuato (21.6%) y el Estado de México (8.7%). El propósito de la muestra fue saber cómo están los menores, con qué relacionan esta experiencia extraordinaria y cómo la proyectan hacia un futuro inmediato.

La consulta se basó en el estudio Infancia confinada. ¿Cómo viven la situación de confinamiento niñas, niños y adolescentes?, hecho en España en abril pasado por las organizaciones Enclave de Evaluación y Enfoque de Derechos Humanos, que compartieron su planteamiento metodológico. 

Instantáneas del dolor

Entre las 24 preguntas formuladas, los y las menores fueron cuestionados sobre lo que para ellos significa el “encierro” como medida para evitar contagios de covid-19. Algunas de las respuestas más representativas fueron: 

“Está muy bien estar con mi familia pero sin trabajo es difícil vivir”, adolescente de 14 años con discapacidad física, CDMX. “Aburrido y enojado, muy, muy enojado”, niño de ocho años, Guanajuato. “Hoy un día más estoy como Rapunzel en su castillo de ladrillos, aburrida como la princesa sin tener la libertad de hacer algo”, niña de 12 años, Zacatecas. Y “Aburrimiento, feliz de estar con mis papás aunque tengan trabajo en casa, miedo de enfermarme de coronavirus”, niña de 10 años, CDMX.

De acuerdo con las conclusiones de la consulta, para los menores la familia es una fuente de alegría, contención y seguridad; también de inquietud, ante la posibilidad de que algo les pueda pasar. Además externaron su preocupación por la salud; y el ingreso económico de su familia predomina “por encima de prácticamente cualquier otro miedo o motivo de tristeza”. 

Así expresaron algunos sus miedos: “Que a mi papá le dé covid por tanto salir. Que se nos acabe la paguita”, niña de 11 años, Chiapas. “Que me contagie de covid-19, que en la noche se vaya la luz y que la comida se acabe en todo el mundo”, menor de nueve años que no especificó su género, CDMX, y “que mis familiares pasen hambre y que estén contagiados”, adolescente masculino de 13 años, Guanajuato.

Otros expresaron su miedo de que la policía castigue a algún familiar o conocido por no quedarse en casa; que sus abuelos pasen tiempo solos; que la gente se vuelva violenta por no poder salir a la calle, y que se acabe la comida en los mercados. 

El estudio aclara que si bien el temor de pasar hambre se debe al contexto de la pandemia, puede remitir también a “experiencias previas de precariedad alimentaria”. 

Agrega que la falta de certidumbre con respecto a los escenarios futuros, incluso inmediatos, es una “fuente de angustia” para los menores, por lo que es importante reducir la percepción ligada a la falta de certeza y prevenir, en lo posible, los escenarios extremos de desconcierto.

Las representaciones gráficas 

Entre los 648 dibujos recibidos, la mayoría hechos por niños en la “primera infancia” –de entre tres y seis años–, llamó la atención a los estudiosos la representación que hicieron del covid-19 “como un personaje que ataca o se sobrepone al mundo, a la familia o a la casa”. 

Algunos de esos menores encontraron que la casa sigue como el espacio de protección y que durante la pandemia no sólo han sufrido la muerte de familiares, sino la pérdida en general, como la normalidad cotidiana y el cierre de ciclos escolares, sobre todo quienes concluyeron los ciclos de primaria, secundaria, preparatoria sin tener una ceremonia ni una fiesta de graduación formal.

Estos “son procesos emocionales cuyo abordaje oportuno permite fortalecer la personalidad y favorecer la resiliencia, habilidad útil para el desarrollo y la experimentación de estados de ánimo benéficos para la salud”, afirma el reporte. 

En lo concerniente a la violencia dentro de los hogares, apunta que la consulta no arroja elementos para suponer un aumento o intensificación del fenómeno. No obstante, “los métodos violentos como vías disciplinarias y educativas en México son un problema preexistente a la pandemia, por lo que las escasas referencias a este tipo de situaciones pueden apuntar a su normalización en las relaciones familiares”.

Aclara que el tipo de violencia al que se teme es el de la inseguridad. “Se muestra un claro temor a la amenaza a la integridad personal, mezclado con las preocupaciones de la salud”, dice el reporte. 

Así lo expresaron los niños: “Volver a salir y que vuelvan las noticias de feminicidios”, mujer de 17 años, CDMX; y “Quedarme sola en casa mientras mi mami va a trabajar y que me roben”, niña de ocho años, Puebla.

Otras respuestas muestran la presencia de situaciones de violencia familiar que les generan tristeza; ser regañados, por ejemplo, o enfrentar problemas, peleas, discusiones, malos tratos y golpes: 

“Que me peguen y que mis papás discutan”, niña de cinco años, Guanajuato, y “pelear con mi mamá y que me regañe. Quisiera morirme”, niño de seis años, CDMX.

Los factores de alegría

Otro resultado que la CDHCM halló en la consulta es que los menores aseguraron estar contentos por estar en familia durante la contingencia sanitaria, que sus padres o madres estén presentes, “algo que para muchos es una oportunidad lejana en condiciones ordinarias”. 

Para ellos, el juego y la familia son factores de alegría, así como el hablar, hacer chistes, ver videos, bailar, platicar, ver películas, jugar videojuegos, escuchar música, dibujar, comer, leer o tocar algún instrumento musical y estar acompañados de sus mascotas. 

Así lo escribieron: “Convivir con mi familia, hacer ejercicio juntos, jugar, platicar y decir chistes”, niño de 11 años, Guanajuato. “Las cosas que me dan alegría es que esté todo el tiempo con mi abuelita y con mis animales”, niña de siete años, Coahuila, y “que mi perro se aloca y se hace el muerto, y que voy a tener un hermanito”, niño de ocho años, Guanajuato.

Un elemento que destaca en las respuestas es el papel de la madre. Mamá fue la cuarta palabra “en frecuencia” mencionada en el estudio, lo que muestra “el preponderante papel que ocupan las mujeres en el cuidado y desarrollo de niñas, niños y adolescentes y la necesidad de que los hombres se involucren cada vez más en estas tareas”.

Las siguientes expresiones ejemplifican que muchas mamás son motivo de alegría: “Jugar con mi hermana, hacer dibujos y hacer karaoke con mamá”, niña de ocho años, CDMX, y “que mi mamá juega mucho conmigo, casi siempre jugamos con juegos de mesa”, niña de ocho años, Guanajuato.

La consulta descubrió que la mayoría de los menores ha participado de manera equitativa en los quehaceres domésticos y enfatiza:

“Es muy pertinente que esta práctica se conserve en los meses por venir, sobre todo para evitar que, ante la crisis económica, los cuidados recaigan en las niñas y en las adolescentes”.

La fuente de estrés 

Por la emergencia sanitaria declarada en la última semana de marzo, las clases en los planteles fueron suspendidas. Pero dos semanas después fueron retomadas “en línea” y al poco tiempo se convirtieron en una “fuente de estrés” para muchos menores, de acuerdo con los resultados de la consulta.

En sus respuestas manifestaron “la dificultad para acudir a alguna fuente adicional para comprender algunos conceptos explicados en las clases o incluso los libros de texto. También perciben una carga desproporcionada de trabajos escolares e incertidumbre por los esquemas en los que se continuará con el aprendizaje y la evaluación”.

Ocho de cada 10 de los entrevistados aseguraron que les preocupa que falte mucho tiempo para volver a la escuela: “Me da miedo no acabar la prepa o acabarla y no pasar a la escuela que quiero”, mujer de 16 años, CDMX, y “reprobar la escuela y quedarme sin amigos”, hombre de 13 años, CDMX.

Al ser la escuela un ámbito de socialización, los menores aseguran que extrañan a sus amigos. Sin embargo, en sus respuestas no figura un elemento fundamental de la comunidad escolar: los maestros. Por ello, la consulta sugiere que la dupla de docente­-alumno y la dinámica entre ambos debe ser revisada y fortalecida. 

También recomienda crear mecanismos para favorecer condiciones que procuren cercanía y vinculación con los alumnos, pues la pandemia provocó la pérdida del espacio físico y sociabilización que representa el salón de clases. 

Otros hallazgos destacan que los menores usan celulares, tabletas, compu­tadoras y consolas de videojuego para su entretenimiento. Por el contrario, la lectura está ausente, aunque en su casa sí haya libros, además de los dedicados a su enseñanza. La calle es otro ausente en el imaginario de los menores, aunque salir de su casa sea un anhelo cuando termine la pandemia.

Lo que sí anhelan con mayor frecuencia es “que acabe el virus para que ya no se mueran más personas, reflejando su conciencia sobre el derecho a la vida, poder salir a la calle y tener una vida normal otra vez, el deseo de ver a la familia y amigos y de que sus familiares que han perdido su trabajo puedan recuperarlo”. 

Así lo resume una niña de nueve años de la CDMX: “Que toda esta cuarentena haya sido un sueño, que exista la cura del coronavirus y que ya podamos salir”.