“Chava” Flores, centenario del pintor musical

La pandemia que padecemos nos ha afectado en todos los sentidos. En el terreno musical ha echado por tierra sucesos que por su importancia y trascendencia merecerían toda la relevancia que la maldita infección ha impedido exponer. A nivel mundial ha quedado reducida a su mínima expresión una celebración que debiera tener todo el bombo, platillos y fuegos artificiales que pudieran darse: el festejo-homenaje por los 250 años del nacimiento del inmenso Genio de Bonn, Ludwig van Beethoven.

Puede afirmarse que prácticamente todas las orquestas, conjuntos y solistas importantes del mundo habían preparado algo para honrar al genio. México, por supuesto, no hacía excepción. Pero todo se vino abajo, y aunque algunas orquestas de diferentes países lograron efectuar un par de conciertos y planean presentar otros vía internet, para nada se alcanzará la dimensión que el bicentenario más 50 años merece.

A nivel nacional, otro genio creador, éste de letras y música de canciones populares, sufrió también el embate pandémico, y el muy merecido recordatorio-homenaje que debió recibir por cumplirse los primeros 100 años de su nacimiento, ha caído prácticamente en el olvido.

Salvador Flores Rivera, al que todos conocemos simplemente como Chava Flores, está todos los días presente en nuestras vidas de una u otra manera, y sin embargo oficialmente no ha recibido el reconocimiento que, sin duda alguna, más que merece. Pintor musical insuperable de la vida urbana, Chava Flores supo plasmar como nadie las vicisitudes, anhelos, rémoras, virtudes, esperanzas, vicios, usos y costumbres del mexicano citadino que igual se desloma en la persecución del bolillo diario como, con toda tranquilidad, agota lo duramente conseguido en la primera cantina que se le atraviese en el camino.

Retratista inigualable del quehacer de cada día, utilizaba en sus canciones, sin menoscabo de su calidad, el lenguaje popular que en gran número de ocasiones dejaba en babia al que no descifraba el doble sentido de una frase y menos entendía qué significaba una palabra utilizada en caló. Dígalo si no “La tienda de mi pueblo”, que es un dechado del albur y doble sentido, con frases como: “…te vendía de un camote de Puebla a un milagro a san Buto”. O esta otra, “pa´ tu cruda una panza, te inflaba una llanta al minuto”. Y ésta absolutamente inofensiva e ingenua: “leche, tu té, chocolate, tu avena o café”. Para concluir en que tuvo que vender la tienda y en la transacción le fue tan mal que “sólo salvé del traspaso la parte trasera”.

Canción que dedicó “con mucho cariño, la música a las mujeres, la letra a los hombres, y a los intermedios el argumento”.

Y qué decir de lo que, aun hoy, sucede en esta gran urbe ahora llamada Ciudad de México los días sábados, y que don Chava retratara tan magistralmente en las notas de su celebérrima “Sábado, Distrito Federal”. Ni hablar de la necesidad de celebrar, así sea con 15 años de atraso, a la quinceañera de la casa, como le sucedió a Espergencia, a cuya fiesta, por supuesto, “Llegaron los gorrones”. De las aspiraciones de cuando despiertos sueñan los mexicanos, nada que agregar.

Más de otras 100 muestras dignas de serios estudios psicosociales nos dejó el inmenso Chava Flores quien, en el legendario barrio de La Merced de nuestra urbe, viera la primera luz el 14 de enero de 1920.

La CDMX le debe un homenaje a su altura.