No hubo nada nuevo en el discurso del 1 de septiembre pronunciado por el presidente López Obrador en el patio del Palacio Nacional. De quien aparece diariamente por varias horas en la televisión no se esperan sorpresas. AMLO reiteró sus conocidos puntos de vista sobre los problemas de mayor inquietud para la ciudadanía: la pandemia y las medidas que se toman para enfrentarla; la crisis económica y el papel de los programas sociales para amortiguarla; la violencia que, desde su perspectiva, disminuye; las dificultades que se avecinan en el ámbito económico, las cuales, asegura, serán vencidas.
La política exterior estuvo casi ausente. Los señalamientos fueron muy pocos: la invocación prescindible de los principios normativos de política exterior, rápidas referencias al ingreso de México al Consejo de Seguridad de la ONU, su confianza en los beneficios que traerá la entrada en vigor del T-MEC.
Lo que ocurre más allá de las fronteras no atrae la atención de López Obrador. Si acaso, agradecer a los millones de trabajadores mexicanos que han migrado a Estados Unidos y cuyas remesas son un alivio importante ante el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de familias en México. Ninguna alusión a las dificultades tan graves que atraviesan esos migrantes en los últimos tiempos; más vale no mencionarlo, ya que éstas provienen de las duras políticas antiinmigrantes de Trump, con quien se ha decidido no buscar enfrentamientos.
La visión limitada de lo que ocurre en el mundo no permite identificar retos que será necesario superar para hacer realidad los beneficios que puede aportar el T-MEC. López Obrador se ha referido en otras ocasiones a la oportunidad que se abre para México en momentos en que se busca la relocalización de empresas establecida en China. Traerlas a México parece aconsejable debido, entre otros motivos, a las ventajas de la cercanía geográfica con Estados Unidos. Nos encontramos ante la oportunidad de promover cadenas de valor que favorecerían la producción compartida en sectores tan importantes como la industria automotriz o la aeroespacial.
Es cierto que está presente la mencionada tendencia a la relocalización de empresas. Sin embargo, una rápida mirada sobre lo que está ocurriendo en el mundo indica que para traer nuevas empresas a México, o expandir las ya existentes, se necesita cumplir varios requisitos. Por ejemplo, tener una buena imagen del país, inspirar confianza en el estado de derecho, dar atención al inversionista, en pocas palabras, construir un buen ambiente para hacer negocios en México.
Se sabe que países como Vietnam, Tailandia, Malasia, entre otros, están llevando a cabo una política muy activa para tener esas condiciones. No se puede decir lo mismo en el caso de México. Los esfuerzos provenientes del gobierno para atraer inversiones están limitados por una política de austeridad que ha debilitado seriamente el capital humano que puede cumplir esas tareas. Hay una clara contradicción entre la reducción del gasto gubernamental y tener cuadros profesionales que integren una administración pública eficiente que, entre otras tareas, sepa conducir a México para integrarse exitosamente a nuevas etapas de la economía internacional.
Resulta desconcertante oír la repetición de lo que se ahorra en el gasto público sin considerar las consecuencias que ello ha tenido para el debilitamiento de una administración pública cada día más improvisada, menos motivada, menos apreciada como factor indispensable para navegar en las turbulentas aguas de una crisis mundial.
Uno de los puntos neurálgicos para elevar, o no, la inversión extranjera en México tiene que ver con la política energética. Es claro que México va a contracorriente de la preocupación mundial con el medio ambiente y el cambio climático. La toma de conciencia sobre los efectos del calentamiento de la Tierra en los desastres naturales, como inundaciones, huracanes o sequías, es cada vez mayor. Existen enormes reticencias ante las políticas que alientan la utilización de combustibles fósiles, como el petróleo. Ni la insistencia en salvar a Pemex ni la construcción de Dos Bocas provocan simpatías en el ámbito internacional.
El panorama anterior se puede acentuar notablemente si los demócratas ganan las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Se trata de una competencia electoral enormemente reñida sobre la que es difícil hacer predicciones en estos momentos. De ganar Biden, uno de cuyos puntos centrales de su plataforma es una economía verde, se alentará desde el gobierno mismo el interés de algunas empresas en pedir que sea sometido a la solución de controversias prevista en el T-MEC el comportamiento de empresas en México que no cumplan con requisitos en materia de medio ambiente y cambio climático. De ganar Trump, el gobierno no lo alentará, pero las empresas pueden actuar independientemente si lo consideran necesario. Ello sin olvidar posibles reclamos en el ámbito laboral.
Lo anterior no es el único caso en que el buen seguimiento de lo que ocurre en el mundo es fundamental para enfrentar el reto de obtener recursos para el desarrollo del país. De igual importancia es situarse en el complejo mundo de la obtención de medicamentos y, ante todo, de la vacuna. El presidente se refirió a los pasos que se han dado para lograr esos objetivos; la tarea ha recaído principalmente en la cancillería mexicana.
Los acuerdos que se han tenido para obtener medicamentos para combatir el covid-19 y participar junto con Argentina y con el apoyo financiero de la Fundación Slim en los trabajos de la Universidad de Oxford y la compañía farmacéutica Aztra Zeneca para la elaboración de la vacuna son sin duda positivos. De ahí a pensar que la vacuna en cantidades y a precios razonables o incluso gratuita ya está a la vuelta de la esquina es puramente ilusorio. Falta, entre otras cosas, poner a prueba la capacidad de la industria farmacéutica nacional para envasar y distribuir el producto.
La posibilidad de beneficiarse del T-MEC o de poder hacer frente a la pandemia que nos agobia tiene que ver con la manera en que México se acomode en el mundo y la atención que se preste a lo que ahí ocurre. Seguir omitiendo la política exterior del pensamiento del jefe del Ejecutivo asegura una visión incompleta de los retos que debe enfrentar México en uno de los momentos más difíciles de su historia. l








