En la pandemia no tiene el mismo impacto una retransmisión coreográfica por medio del registro de video, que la transmisión de una obra de danza grabada, ex profeso, para la pantalla. En esa última está el reestreno de Sorecer, de Abigail Jara, a través de la plataforma Neerme TV, especial para las artes escénicas (análoga de Netflix).
Los cuerpos de cinco mujeres moviéndose para la cámara, iluminados por Abraham Castillo desde el fondo para ensombrecerlos contra la lente, y sonorizados por Edmar Soria con efectos estridentes, muestran el primer cuadro visual cuya temática es la violencia normalizada del género femenino.
Gradualmente van apreciándose, debido a los acercamientos (que en inglés llaman close up o zoom), detalles materiales de esos cuerpos, como la textura porosa de la piel viva; y gracias al ángulo lateral de la cámara, la impavidez de sus rostros solitarios.
La dirección de cámaras de Alejo Sarquisse, en relación con el movimiento de estas mujeres (Areli Marmolejo, Itzamná Ponce, Pamela Salinas, Irasema Serrano y la propia Jara), bajo el esquema del cine, posibilita la interdisciplina entre danza, imagen digital y experiencia en línea (on line) contundentemente.
Según palabras de la autora, esta transmisión (streaming) de la obra es fundamentalmente una “versión para la cámara”. El estreno fue hace dos años, en 2017, de formato diferente. Y, por tanto, esta emisión puede considerarse un reestreno en internet, donde no hay aplausos pero sí 40 minutos de conmoción por la fuerza expresiva de la imagen cinematográfica.
A la par, la danza se desnuda cuando se combina con el leguaje del cine, pues la cámara se mueve como otra bailarina, cuya posición interior no oculta al espectador ni la infraestructura del lugar de la escena y tampoco los sentires de las bailarinas. Cabe notar la siguiente diferencia derivada de la experiencia Sorecer virtual (Live):
La percepción de arquitectura y subjetividades no existe en la danza del teatro, donde la bailarina (en el escenario) siempre se encuentra lejos. La distancia escénica supera las capacidades del ojo.
Inspirado en el concepto “sorecer”, de Marcela Lagarde, etnóloga feminista mexicana, el segundo cuadro de la coreografía sitúa a los cuerpos de aquellas mujeres realizando movimientos de contrapeso, para equilibrase con mutua ayuda; apoyo físico de un cuerpo desprotegido sobre un conjunto de cuerpos; y el auxilio (encuerpado) de la caída de otra mujer, en sucesión de imágenes digitales.
Si bien, semánticamente, ese verbo en infinitivo no existe en el diccionario, ni tiene uso social, su significado es claro a través de esas imágenes nítidas, incluso éstas cumplen una función didáctica para poder comprenderlo.
Y “sorecer” comparte raíz etimológica con la palabra “sorcerer” (en inglés), referida a la hechicera o la bruja, quien posee poderes hipersensibles y sabiduría (corporal), cuya ilustración en el tercer cuadro la trazan las mismas mujeres al tejer una trenza colectiva con sus propios cabellos largos, conectándose sensiblemente entre sí y, al mismo tiempo, subsumiéndose al trance grupal.
Esta imagen, que hace referencia al arquetipo de la sabia, encarnada en cada una de las cinco, es el clímax de una narrativa de imágenes sobre violencia, acompañamiento y feminismo.
La experiencia que causa la transmisión es satisfactoria y esperanzadora, donde la danza, el cine y la tecnología se articulan bien para dar una respuesta artística a las condiciones de aislamiento, sin haberse limitado a la repetición de alguna edición pasada de la obra.








