Hay un estilo personal de gobernar que, cual hoyo negro, se traga todas las decisiones. Se trata de una concentración de mando en la que el gobernante no delega prácticamente nada, ni en la definición de la agenda ni en el diseño e instrumentación de políticas públicas: dicta todo a sus colaboradores y supervisa hasta los más nimios detalles de la ejecución de sus órdenes, ejerciendo un liderazgo que raya en la autocracia. Y es que a veces, cada vez que puede, ese líder va más allá de su potestad y somete a las instituciones que deberían ser sus contrapesos, pero siempre gobierna con una centralización decisional absoluta dentro del Poder Ejecutivo. Aunque a veces soplan vientos ajenos y se agitan frondas lejanas, en sus dominios no se mueve la hoja de un árbol sin su autorización.
Es el estilo del presidente López Obrador. Si bien no es un micro manager en el sentido tecnocrático del término, es un hombre que carga todas las decisiones in pectore y las comunica cuando lo juzga pertinente. En ese aspecto su pecho sí es bodega. En ninguna vertiente de su gobierno se hace algo que no haya decidido y ordenado él, con dos supuestas e interesantes excepciones. Me refiero a la procuración de justicia y a la estrategia frente a la pandemia. En la primera el asunto es un poco más sutil, porque la Fiscalía General de la República (FGR) es autónoma, y en la segunda se da un juego de espejos asaz ingenioso, pero en ambos el resultado es el mismo: a fin de cuentas se hace lo que AMLO quiere que se haga.
Me explico. Tengo para mí que la FGR conduce el caso Emilio Lozoya con el objetivo de llevar ante la justicia a Peña Nieto y sus principales secuaces, pese a que AMLO insiste en su rechazo a procesar a los expresidentes. Pero él sabe que, dadas las crisis del país, un golpe tan popular y espectacular como el encarcelamiento de Peña le caería, ese sí, como anillo al dedo, de modo que en ese tema no intenta influir en el trabajo del fiscal. De cualquier manera, ya está en curso lo que más le interesa a AMLO –la difusión de videos que exhiben corruptelas de exlegisladores panistas en torno a la reforma energética, y seguramente pronto se difundirá algo contra Felipe Calderón–, por lo que lo demás será ganancia adicional. No hay que olvidar que el ajuste de cuentas a la usanza obradorista no pasa prioritariamente por el derecho penal. El tribunal que más le interesa es el de la opinión pública, y el primer castigo que busca para sus enemigos es el repudio social. Así pues, para que se haga su voluntad no necesita intervenir más allá de negociaciones de interpósitas personas en torno al “criterio de oportunidad”.
Las medidas contra el covid-19 configuran un escenario distinto. Ahí AMLO encontró a un operador idóneo, el doctor Hugo López-Gatell, cuyos planes o embonan con los de la 4T o se adaptan para complacer al presidente, que es su leitmotiv. Como lo anticipé en este mismo espacio, el truco presidencial fue ponerse en manos de quien está en sus manos. ¿Qué quiere AMLO? Austeridad. ¿Qué no quiere? Hospitales desbordados y cifras alarmantes. ¿Qué le ofrece López-Gatell? Una modalidad de la inmunidad de rebaño que requiere de poquísimas pruebas (y con ello de bajo presupuesto), que esparce la transmisión del virus en un periodo más largo (evitando la saturación hospitalaria) y que garantiza un gigantesco subregistro de contagios y muertes (dando la impresión de que la situación es menos grave). ¿Qué necesidad tiene AMLO de meterse en honduras, como es su costumbre? Al contrario, mientras menos lo haga menos se ensuciará en el lodazal creado por la desastrosa actuación del tlatoani anticovid.
Con todo, el inconsciente suele hacer de las suyas. El de AMLO le jugó malas pasadas, por ejemplo, cuando el desplegado que llamaron “de los treinta intelectuales” lo enfureció y lo hizo caer en la infidencia de decir que Lozoya daría pruebas de la turbia sumisión del Congreso, o cuando felicitó al gobernador de Baja California Sur por hacer más pruebas para detectar el coronavirus –como se hace en la Ciudad de México, abundó–, refutando inopinadamente a Gatell. En suma, lo que parece ser prueba de que el presidente de México respeta la autonomía de la FGR y delega el trazo de la ruta técnica al subsecretario de Salud es, en realidad, un espejismo hecho de astucia y sagacidad. Su autoritarismo, su obsesión por imponer sus designios, están ahí tan presentes como en el resto de su gobierno.
El problema es que no hay crimen perfecto. La justificación de AMLO para “delegar” el “control” de la pandemia contradice su comportamiento en otros ámbitos: declara que recurre a los expertos en política sanitaria porque un gobernante no puede ser “todólogo”, pero no aplica esa sabia sentencia ni a la política económica ni a la política energética ni en general a su manejo de la administración pública, donde abraza la “todología”. No queda claro, en suma, en qué cosas vale el criterio “todológico” y en cuáles el de la especialización. No es la complejidad de la disciplina, porque los meandros de la economía y de las energías limpias son bastante complejos, y ni hablar de los proyectos de infraestructura y aeronáutica o de medio ambiente, que requieren de gran conocimiento y especialización. ¿Entonces? ¿No será que lo único que resulta inaceptable para AMLO es delegar de veras, sin espejismos?








