“¿Para qué voy si no hay medicamento?”

Alan regresa cabizbajo a su casa cuando en el Hospital de Especialidades Pediátricas de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, les dicen que no hay medicamentos. A su madre, Lidia Villafuerte, se le hace un vacío en el estómago, pues su hijo, de 11 años, padece leucemia linfoblástica aguda que requiere atención durante tres años.

El silencio llega cuando los doctores mencionan el desabasto ante los padres y las madres. Entre ellos hablan con un lenguaje sutil para que no entiendan los menores de edad. Pero de nada sirve, porque los niños lanzan preguntas ante la incongruencia: “¿Para qué me despertaste si no había medicamento?”, le reclama Axel Gabriel, de nueve años, a su madre. Él es uno de los 260 menores afectados que señala el amparo 579/2020.

Pasa igual con Joseíto, porque se percata de la batalla de su padre, Juan Caballero, para obtener medicamento. “En mi caso trato siempre de que él no sepa ese asunto, no quiero preocuparlo”, asegura Juan.

Sergio Valencia, de la organización Nicoatol, en Oaxaca, dice que los niños de cinco años en adelante entienden la situación porque vienen de comunidades que están a entre tres y ocho horas de viaje. “No es lo mismo la familia que se atiende en la Ciudad de México que la que se atiende en Oaxaca, donde la mayoría son indígenas y llega un momento donde es tanta la desesperación, que conozco familias que se retiran del tratamiento”, cuenta.

“Si vienen de comunidades lejanas es pérdida de tiempo y generalmente los niños nos llegan en etapas avanzadas; la mayoría nos llegan con fiebre alta, anemia, sangrados, y ahí el tratamiento tiene que ser inmediato”, explica el personal médico.

El reportero consultó a más de una decena de familias que coincidieron en que en promedio gastan entre 400 y 700 pesos en un día, sin contar los medicamentos para mitigar los malestares después de las quimioterapias.

Si a eso se suma el costo de las medicinas –que puede ser hasta de 4 mil pesos– que intentan obtener en farmacias privadas, el tratamiento se vuelve incosteable.

“Tememos que pase algo peor con nuestros hijos. El cáncer no se puede detener”, concluye Villafuerte quien, ya harta, salió a las calles para protestar el 3 de agosto en Tuxtla Gutiérrez. Padres y madres de los menores enfermos enarbolaron una pancarta que rezaba: “Exigimos pronta solución al desabasto de medicamentos para quimioterapia”.