Ya pasaron los momentos mediáticos del encuentro AMLO-Trump. Numerosos problemas internos están acaparando nuestra atención y, como es normal en la vida política mexicana, lo que acontece más allá de las fronteras pasa a muy segundo plano. Pocos analistas se interesan en reflexionar sobre lo que quedó pendiente. Sin embargo, vale la pena recordarlo.
En primer lugar, hubo una llamada de atención sobre la debilidad de los aspectos institucionales en la conducción de las relaciones exteriores de México. El encuentro en Washington tuvo lugar a través de decisiones puramente personales. No entró en juego un grupo institucional que, entre otras cosas, se ocupara de preparar aspectos formales y de fondo que generalmente acompañan un encuentro presidencial. No existió una agenda bien planeada, no tanto para cuestiones de poca monta, como decidir el horario de los eventos que tendrían lugar, sino para prever lo que se deseaba obtener, el alcance de los documentos que se iban a firmar y, sobre todo, cuáles serían los mecanismos de seguimiento para asegurar que los compromisos establecidos se iban a cumplir.
Desde un ángulo de planeación estratégica, aspectos como definir la lista de empresarios que iban a asistir a la cena ofrecida por Trump hubiese merecido mucha atención. ¿Qué importancia tenía esa lista para los objetivos que se estaban persiguiendo? Al afirmar que el T-MEC es pilar fundamental de la política económica de México ¿qué medidas se están tomando para que tal afirmación sea creíble?
Las preguntas anteriores no inspiraron las decisiones tomadas durante ese encuentro. Fueron otros los objetivos de corto plazo y de imagen los que se persiguieron. En realidad, ni esta vez, ni en ocasiones anteriores (con la excepción de cuando se firmó el TLCAN), el gobierno mexicano ha conceptualizado con claridad lo que espera de su relación con Estados Unidos. Elaborar una estrategia que permita trazar líneas de acción para alcanzar objetivos que correspondan claramente a necesidades económicas y políticas del país es una asignatura pendiente de la política exterior mexicana. No existen los mecanismos (un gabinete de política exterior), los actores (conocedores de Estados Unidos y los vínculos existentes entre los dos países) ni la voluntad política para trabajar en esa dirección.
La carencia de líneas estratégicas no ha debilitado la integración cada día más estrecha entre México y Estados Unidos. La producción compartida crece, el flujo de mercancías y personas que cruza la frontera entre los dos países sigue siendo el más intenso del mundo, los trabajadores migrantes siguen desempeñando un papel importante para la economía de ambos países, el envío de droga desde México a Estados Unidos y el trasiego de armas de éste último hacia nuestro país continúan.
Esa relación tan abigarrada y difícil no tiene por detrás una clara visión de lo que se busca, más allá de evitar que los problemas que surgen se conviertan en crisis desbordadas. En ese contexto, el encuentro entre López Obrador y Trump cumplió el objetivo de asegurar, por algunos meses, un buen entendimiento entre ambos. ¿Cuáles fueron los problemas pendientes?
El primero que viene a la mente es la relación con el Partido Demócrata si, como se ve venir, Trump pierde la elección. Es poco probable que, en caso de llegar al poder, el comportamiento del candidato demócrata, Joe Biden, se defina por el mal recuerdo que dejó López Obrador al llevar a cabo una visita en época de elecciones sin entrevistarse con los opositores. Sin embargo, la relación con México tiene una densidad muy alta que no permite dejarse llevar por ese tipo de reacciones.
Lo importante en estos momentos para el Partido Demócrata es ganar el voto latino (mayormente mexicano) en las elecciones. La importancia que le asigna Biden a esa minoría se ha puesto de manifiesto en el documento recién publicado La Agenda de Biden para la Comunidad Latina. Se trata de un documento poco común por el reconocimiento que se le da a los grupos hispanos en la vida económica y social de Estados Unidos. “Son una parte esencial de nuestra comunidad americana, su contribución es evidente en todas partes de la sociedad”.
Los compromisos establecidos en el documento –el primero de que se tenga memoria por su extensión y niveles de detalle al que llega– se refieren, principalmente, a medidas en el ámbito de la salud, la educación y las actividades económicas que prometen cerrar las desigualdades tan profundas que hoy existen entre los grupos hispanos y blancos. No se puede olvidar que la pandemia y sus efectos sobre los primeros, por ejemplo en el caso de Nueva York, permitió tomar conciencia del grado en que las condiciones de vida tan desfavorables de esa minoría los convertía en las víctimas principales del virus.
En ese contexto, es un hecho que en el campo contrario Trump utiliza la visita de López Obrador para levantar simpatía entre los hispanos; eso ya no tiene remedio. Sin embargo, algo se podría intentar por parte de México para reparar el daño y hacer un guiño de acercamiento a los demócratas. Por ejemplo, el Congreso mexicano, desde la mayoría de Morena, podría tener un encuentro virtual con miembros del caucus hispano y rendir homenaje a los líderes de los “soñadores” que siguen luchando por defender sus derechos.
Lo anterior sólo sería un intento de manejar uno de los problemas que dejó pendiente la visita de AMLO. Otros problemas, como el efecto del covid-19 en la faja fronteriza, irán adquiriendo mayor o menor importancia según evolucionen circunstancias difíciles de controlar.
La reflexión final que suscita esa situación zigzagueante e inestable entre México y Estados Unidos es que mientras la relación no se enmarque en una estrategia de largo plazo, con objetivos bien definidos, se podrán ir sorteando dificultades pero no se logrará encaminar a México hacia una relación más igualitaria y menos dependiente. La pregunta presente, sin embargo, se refiere a si todavía existe la posibilidad de enderezar el barco o si la integración subordinada a Estados Unidos es el destino inevitable para nuestro país.








