El esclavismo en “Mongo Blanco”, novela de Carlos Bardem

A comienzos de julio, el actor y guionista madrileño Carlos Bardem (1963) presentó su libro más reciente, Mongo Blanco, durante la asturiana Semana Negra de Gijón, España, donde recibió el Premio Espartaco a Mejor Novela Histórica de este magno festival fundado en 1988 por Paco Ignacio Taibo II para premiar narrativa policiaca, de ciencia ficción, fantasía y novelas históricas.

Las 607 páginas de Mongo Blanco acaban de aparecer en nuestro país, publicadas por la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica (FCE), número 798, en formatos digital e impreso.

Licenciado en historia, de familia de actores de cine (su hermano es Javier Bardem), declaró hace un año –cuando dio a conocer la novela en su país– que la temática del “mongo” (rey) Blanco le surgió cuando encontró un pie de página que mencionaba a Pedro Blanco Fernández de Trava (Málaga, 1795-Génova, 1854) como “el gran negrero malagueño” del siglo XIX, según señaló al diario catalán La Vanguardia:

“Lo de malagueño me llamó la atención, ya que yo, que he dedicado años a estudiar la historia de nuestro país, nunca había oído hablar de este personaje. Ahí surgió la necesidad de comprender.”

Las aventuras de Blanco son recreadas en diálogos con un joven psiquiatra de una institución mental, donde el esclavista termina sus días. Los primeros 12 capítulos están contenidos en el apartado inicial de tres, “Málaga”; “África” abarca del decimotercero al 20 y, finalmente, con la sección “La Habana”, Mongo Blanco suma 25.

El FCE entregó en exclusiva un adelanto de la obra, seleccionado por Proceso (RP).

XIII.- En África

-Pedro, cuéntame ese sueño que tanto se repite.

–Claro, doctor, anoche mismo lo volví a soñar. Casi siempre igual desde hace más años de los que recuerdo.

–¿Nada cambia en él?

–Sí, alguna cosa, algún detalle… Personajes aparecen y desaparecen, a veces hablan, hablo más. O menos… Pero es siempre muy parecido.

–Cuéntamelo.

–Estoy en un barco negrero, un bergantín… O uno de aquellos hermosos clippers que compré en Baltimore. ¿Sabes que esa ciudad era la capital mundial del abolicionismo? Siempre me hizo gracia la ironía de comprar allí los mejores barcos para la trata. ¡En fin…! Atracado en puerto, abarloado junto a otros, miles de otros barcos. Como si fueran un reflejo infinito en un espejo… A latigazos, atados de a dos y engrilletados, salen los negros a cubierta. Lloran, otros tascan con odio los dientes. O cantan con tristeza. El contramaestre azota aire y espaldas con el látigo. Los negros murmuran en sus lenguas, chorreando sudor y sangre. Maffa, maffa!, gritan algunos alzando las cadenas al cielo…

–¿Maffa?

–Significa “holocausto” en suajili, una de las lenguas de los negros africanos. Se sienten víctimas.

–Sigue.

–Los muleques, los críos, lloran, hipan y tiemblan pese al calor de mil demonios, parecido al africano. Las mujeres lloran, rabiosas por el dolor de sus hijos. Todos hieden a sudor rancio y mierda. Los olores del miedo, doctor.

–Sigue.

–Entonces yo me cuelgo como de una jarcia para ver mejor.

Estepa, siempre me pregunto qué hace aquí Estepa.

–¿Tu padrastro? Al parecer en los sueños pesan más las obsesiones que la lógica y los tiempos de ésta. Así que ahí está él, Jacinto Estepa.

–Sí y no. Es el mismo. Ríe fuerte y bromea con unos marineros. Pero distinto. No es él, ni siquiera se parece a él, pero es Estepa. Me ve, escupe sobre cubierta, maldice y señala a una fila de bozales. ¿No le regalas unos a tu madre? Siempre me pregunta eso.

–¿Y te molesta?

–Sí.

–Continúa.

–Los negros gimen, guiñan por el sol y el sudor que les entra en los ojos y no pueden enjugarse por andar atados. Simões ordena usar bombas y mangueras para darles un agua, ¡bañen a los bozales! Lo primero es quitarles el olor a muerte de la bodega. Luego afeitarlos de cualquier cabello, por las liendres. Después otra agua, esta vez dulce. Simões dejó la trata, hacía años que no traía sacos de carbón, bozales, negros, piezas de Guinea, esclavos, muleques y mujeres, guerreros mandingas, flojos bubis, altivos koromantis o dóciles yolofes. Pero aquí está, preparando la mercancía para llevarla al tablado donde se subastarán los esclavos entre los hacendados y dueños de ingenios. Muchos pujan a pie del estrado, opinando como entendidos. Otros, en los coches, fuman y disimulan riendo las obscenidades que les susurran sus emperifolladas amantes. Entonces siempre veo cómo uno de los bozales, al contacto con el agua, estalla en mil mariposas azules, irisadas, que vuelan en bandada entre los palos, vergas y masteleros antes de deshacerse en el cielo azul de Bahía. Porque estoy, estamos, en Bahía, sé que es Bahía, aunque no lo parece. También es Recife.

Las mariposas giran y giran y sus alas centellean como turbonadas. Vuelan en círculo y se ríen, aunque las mariposas no tienen boca ni ojos, alrededor del cuerpo ahorcado de una antena de aquel Nicolasillo Gamero que se mató en San Telmo y que ahora, con la cara en paz, orina como una fuente. Una mariposa enorme se posa sobre la lengua negra e hinchada de mi compañerito, que la enrosca como un camaleón y se la traga. Ahora la mariposa revolotea a través de sus ojos abiertos y espantados de colgado. Yo estoy muy lejos para verlo, pero lo veo. O sueño que lo veo. Y sudo a chorros, como si mi alma fuera agua de mar. Todos, trepados de jarcias y amuras, sudamos como si hubiera que devolver al mar un peaje de agua y de sal por no habernos matado. Siempre lo siento así. Una alcabala por habernos dejado piratear con beneficio (¡habrá comisión para todos, Pedrinho!, me grita Simões) entre África y el Brasil, destino de los bozales que llevamos en bodega. No han muerto tantos, no más de lo normal. Y, además, hemos hecho dos presas. Napoleón era un pirata terrestre… Napoleón nos da la espalda mientras mira hacia Francia desde Santa Elena. Sire, Sire!… Mérel le grita, pero el emperador no se gira, inmóvil, sólo vemos la espalda de su capote gris marengo y de su bicornio de fieltro negro… Putain! La putain de sa mère!, masculla sollozando el bueno de Mérel mientras lo señala… Dos presas. Un pequeño cutter inglés y una goletilla holandesa, desvalijadas de su carga. Una hundida por capricho del capitán, poco amigo de herejes y luteranos. La otra desarbolada y dejada a capricho del océano, también porque éste fue el designio de Simões, sentencia que dio serio y, según él, al dictado de ese san José al que iríamos a agradecer, tan pronto atracáramos en Bahía, al patrón de los negreros. A veces cambia algún detalle, pero es casi igual lo que sueño. Nunca averigüé por qué. Yo nunca fui de santos ni iglesias. Aunque según Óscar soy hijo de Changó. ¡Aché!

–¿Cómo sigue?

–Pues la proa del bergantín de Simões se desclava y se abre como una enorme boca bajo el bauprés, vomitando toneladas de arroz, de marfil, de oro… no, de oro, no, olas de aceite de palma. Huele a eso, a aceite de palma y a carne quemada por los carimbos con que los marcan. Un infierno creado por los diablos blancos para los condenados negros… Y yo soy uno. Los negros van siendo herrados al rojo por sus dueños. Los hay sumisos, pero otros hacen muecas furiosas al ser quemados. Las mujeres aúllan de dolor por encima de las órdenes, los gritos y los tambores. Algunas cantan y bailan como en trance, arrastrando los pies y girando las cabezas, con los ojos en blanco… Y a mí esta locura me causa paz. Un ejército de mulatos mal vestidos y negros semidesnudos se apresuran a cargar en veloces carretas a esclavos y mercancías. Don Joaquín Gómez toma del ala su sombrero y se destoca para saludarme, sonriéndome con su cara quemada por el ácido, con su cara con agujeros en vez de ojos y boca…

–¿Don Joaquín Gómez?

–Sí, el negrero santanderino que fue mi mentor cuando me instalé por primera vez en La Habana. El negrero más rico de Cuba en su tiempo. De él aprendí mucho y para él hice mis primeros viajes. Un abolicionista le echó ácido en la cara a la salida de misa, era muy de misas, muy creyente, en la catedral de La Habana. ¿Sigo?

–Sigue, por favor.

–Yo no recuerdo cómo pero ya no estoy en la jarcia. Ni con Simões. Camino entre la multitud de un día de Reyes en La Habana, el verdadero carnaval de la negrada. Un cabildo de congos, con su rey, reina y portaestandarte, disfrazados con las galas de los nobles y soldados españoles, me arrastra como un río por la calle Obispo hasta la Plaza de Armas. Siempre el mismo recorrido. Allí, bajo el balcón del Palacio de Gobierno, se juntan a otros cabildos y todos gritan ¡Viva el rey! ¡Viva el rey Fernando VII!, mientras el gobernador y mujeres que son calaveras pintadas les arrojan monedas. Me escapo de allí. Ahora camino descalzo sobre una hierba recia, mientras bebo cachaza… Estoy en el Jardín de las Delicias de míster Reeves. Me rodean sus filhas, suas meninas. Muchísimas. Hermosas y tentadoras como diablos, bailan casi desnudas a mi alrededor, abanicando el aire con sus túnicas de fino algodón. Enseñan pechos llenos con pezones puntiagudos, piernas largas de caderas rotundas y tobillos finos. Las cría como caballos de carreras, las cruza para que, como éstos, tengan ancas fuertes y tobillos finos. A nadie le gustan las mujeres con los tobillos gordos… Esto me lo explica amablemente, mientras sorbe su té en una loza finísima, el cabrón del capitán Denman… Le pregunto por qué me odia, por qué me persigue incansable con su West Africa Squadron, y sonríe, ¡maldito bastardo estirado!, we are sportsmen, aren’t we, míster Blanco? ¡Los ingleses en la tierra, Pedrito!, ruge una calavera pelada con pelucón empolvado. La de mi padre… Tambores, panderos y birimbaos las mueven como vientos. Se me enroscan como serpientes. Me clavan ojos verdes, azules. Sonríen con dientes blancos, perfectos, grandes perlas irisadas en sus bocas de labios gruesos. La entrepierna me arde… Mujeres niñas, niñas amujeradas, ninguna parece mayor de 15 o 16 años. También hay meninos, apolos de piel oscura, ojos claros y vergas descomunales, que gotean por sus cabezas púrpura como mitras de obispo. Son los monstruos divinos de míster Reeves, otro anglosajón protestante amigo del ­progreso y de la ciencia. Las chicas y los chicos se cierran sobre mí, se ­enroscan entre ellos, frotándose, ­tocándose, penetrándose con vergas, lenguas y dedos. Toco, muerdo, entro en ­vaginas y culos mientras también me toman una y otra vez y de mil formas… Quiero hablar, pero la excitación sólo me permite gemir. Y ahí me suelo despertar, doctor. (…)