Black Lives Matter, antes y después del asesinato de Floyd

La frase de un mensaje que circuló hace ya siete años en las redes sociales, que sencillamente proclamaba el derecho de la población afroamericana a existir pese a la hostilidad del sistema estadunidense, cobró la dimensión de movimiento al convertirse en lema de las protestas por el asesinato de George Floyd en mayo pasado en Mineápolis. 

A 200 metros en línea recta de la Casa Blanca, cruzando el vecino parque Lafayette, tras la reja de más de dos metros erigida para mantener a raya las protestas, 16 letras amarillas en el asfalto de la Calle 16 declaran de una acera a la otra: Black Lives Matter (“las vidas negras importan”). 

Siete años antes esta frase era apenas el fragmento de un mensaje en la red social Facebook de una activista, en la costa opuesta de Estados Unidos. En ­Washington DC, desde el pasado 2 de junio, es el nuevo nombre de las dos últimas manzanas de la arteria que conduce hacia la residencia presidencial, designada plaza Black Lives Matter por parte de la alcaldesa Muriel Bowser.

“Hay personas que anhelan ser escuchadas y vistas, y que su humanidad se reconozca, y tuvimos la oportunidad de enviar ese mensaje alto y claro en una calle muy importante de nuestra ciudad. Ese es el mensaje para el pueblo estadunidense: la humanidad negra y las vidas negras importan”, dijo Bowser en conferencia de prensa.

Ahí convergen a diario los manifestantes desde que estallaron las protestas en la capital, como ocurrió a lo largo de Estados Unidos a raíz de la muerte del afroamericano George Floyd el 25 de mayo, en Mineápolis, Minnesota. Floyd murió asfixiado tras pasar ocho minutos y 46 segundos bajo la rodilla del policía que lo retenía, pese a que clamaba “no puedo respirar”. Se le acusaba de la presunta falsificación de un billete de 20 dólares. 

Black Lives Matter, las tres palabras que denuncian la violencia mortífera contra los afroamericanos, y que ahora pueden leerse desde el cielo de Washington, también adornan camisetas y tapabocas, y forman el lema más reconocible durante las manifestaciones en varias ciudades del mundo. Su tránsito de las redes a las calles es la historia de un movimiento cuya expansión se basa en una forma de organizarse y concebirse que ha venido a renovar los reclamos históricos que quedaron inconclusos tras los logros de los derechos civiles de los sesenta y setenta.

De un hashtag a un lema 

En el verano de 2013 un caso ocupaba los noticiarios de Estados Unidos: el juicio en Florida de George Zimmerman.

En febrero de ese año este hombre mató de un tiro al estudiante de preparatoria Trayvon Martin, durante una confrontación en el condominio donde Zimmerman era parte de un grupo de vigilancia vecinal. Ambos residían en el lugar y Martin, de 17 años, estaba desarmado.

En California, Alicia Garza supo de la absolución de Zimmerman de todo cargo el 13 de julio. Reaccionó con un mensaje en Facebook: “Personas negras. Yo los amo. Los amo. Nuestras vidas importan”. Tras leerla, su amiga Patrice Cullors compartió el mensaje acompañándolo de un hashtag: #BlackLivesMatter. Al ­poco ­tiempo la activista Opal Tometi ofreció construir plataformas en las redes donde activistas pudieran unirse en torno al nuevo lema.

Las semillas del movimiento fueron sembradas por tres mujeres, dos de ellas identificadas como queer –Garza está casada con un activista transexual–, posicionando desde el principio las temáticas de representación de género en el centro del movimiento.

Al igual que otro movimiento que se inició con un hashtag, el #MeToo (“yo también”) contra el acoso y el abuso sexual, la frase de Garza tuvo que esperar a que la coyuntura la transformara en un fenómeno social. A diferencia de #MeToo, que tras ser creado en 2006 tardó una década en difundirse mundialmente, su mensaje sólo debió esperar un año. Y otra muerte. 

En 2014, en la ciudad de Ferguson, Misuri, un policía disparó y mató a Michael Brown, un afroamericano de 18 años. Desde varias ciudades del país cientos de personas viajaron para unirse a las protestas, retomando el modelo de los “Viajeros de la libertad”, quienes en los sesenta viajaban al sur de Estados Unidos para desafiar la segregación racial que continuaba en los estados conservadores, pese a ser declarada ilegal por la Suprema Corte.

Para DeRay Mackesson, un profesor que manejó casi mil kilómetros hasta Ferguson, lo que surgió de forma casi espontánea fue una “increíble red de personas negras que lo hicieron sin jerarquía, sin haber estudiado cómo organizarse, sin necesidad de haberlo leído todo”, recordó en entrevista con The New York Magazine. A la distancia lo considera el punto de partida del nuevo movimiento contra el racismo en Estados Unidos.

El mensaje creado por Garza, Cullors y Tometi cobró fuerza, de forma independiente y en otras partes del país. Ese sería el patrón en adelante: resurgir como el lema que tras cada nuevo caso de racismo convoca para exigir justicia, en la mayoría de los casos por otra muerte a manos de policías; haciéndose “viral”, periódicamente, generando nuevos grupos locales y sin quedar confinado a las redes ni dentro de una organización rígida.

“Black Lives Matter (BLM) ha tratado específicamente de no ser sólo una organización, sino de ser realmente un movimiento”, explica en entrevista la especialista en cambio social Leslie Crutchfield, autora de Cómo ocurre el cambio: por qué algunos movimientos sociales tienen éxito y otros no. 

“Este tipo de movimientos permiten que sean las bases las que los impulsen; el poder dentro del movimiento se descentraliza y se disemina a los capítulos locales, a los afiliados locales. En el caso de BLM se ven marchas, protestas y manifestaciones que surgen de forma independiente en ciudades y pueblos del país.” 

Para el escritor e historiador Jelani ­Cobb, profesor de la Universidad de Columbia, esto emparentó en un inicio a BLM con el movimiento contra la desigualdad económica Ocupa Wall Street, surgido en 2011. Ambos nacieron caracterizados por el rechazo a los liderazgos jerárquicos y centralizados, y a menudo rompiendo con los líderes sociales de la generación anterior. 

La necesidad del surgimiento de BLM durante el mandato del primer presidente afroamericano de Estados Unidos retrató las limitaciones del cambio que se esperaba de él: “Obama, siendo un joven organizador comunitario en Chicago, determinó que podía lograr un cambio más efectivo a través de la política electoral; Garza pertenece a una generación de activistas que han examinado las circunstancias de su presidencia y han llegado a la conclusión opuesta”, escribió Cobb en la revista New Yorker.

Otro modo de organizarse

“No había duda de qué se trataba este fin de semana: la defensa de los cuerpos negros, la celebración de su resiliencia colectiva y la construcción de un movimiento como nunca se había visto”, escribió en The Nation el organizador comunitario Mark Winston Griffith al recordar la primera convención del Movimiento por las Vidas Negras, que reunió bajo un mismo techo movimientos surgidos a lo largo del país en torno a BLM y organizaciones afines. 

“Ha surgido una nueva generación de agentes de cambio negros: personas que organizan jóvenes, homosexuales y personas transgénero, mujeres, inmigrantes, personas con capacidades diferentes y otras comunidades negras. ‘Las vidas negras importan’ ha sido su grito de guerra.”

Griffith, quien lleva décadas trabajando con comunidades afroamericanas en los barrios centrales de Brooklyn, en Nueva York, proviene de la línea de activistas que desde su organización local comparten los valores del movimiento y sus enfoques para lograr el cambio.

“Aunque creemos en trabajar con los funcionarios electos, también creemos que la confrontación es necesaria y apropiada cuando se requiere. Hay un cliché que dice que el poder no concede nada si no lo exiges. Y nosotros lo creemos. Entendemos que ese cambio social no va a suceder por sí solo, que las personas en el poder no van a renunciar a él a menos que haya fuerzas que exijan que ese cambio se produzca”, dice a Proceso.

Al centro de su estrategia local, al igual que para BLM, está que el poder reside en las personas, el rechazo a los liderazgos centralizados y a la participación electoral en la política. 

“Queremos construir localmente instituciones que se basen en la creación de consensos y en el ejercicio de la democracia basada en las voces pequeñas, elevadas y ampliadas, de modo que esas pequeñas voces se vuelven mucho más fuertes”, explica.

De la convención inaugural a la que acudió derivaron con el tiempo las bases de una plataforma común: una visión para las vidas negras, demandas políticas para el poder negro, la libertad y la justicia. Entre sus demandas se establece: “Poner fin a la guerra contra las personas negras”, “justicia económica” y retirar fondos a la policía y al sistema carcelario para asignarlos a estrategias de educación, justicia restaurativa y programas de empleo. 

En paralelo siguieron creciendo los capítulos locales en el país, unidos por sus principios rectores.

Tormenta perfecta para el cambio

La actual pandemia de covid-19 reafirma las desigualdades raciales. En el país con el mayor número de fallecidos por la enfermedad, los afroamericanos han muerto a una tasa de 50.3 personas por cada 100 mil habitantes, muy por encima de la tasa de 20.7 personas para la población blanca, según el Laboratorio de Investigación APM. En este contexto, y con el mayor índice de desempleo desde los treinta, el asesinato de Floyd prendió fuego a un polvorín y convirtió a BLM en un movimiento mundial.

“Mucha gente nunca había oído hablar de BLM hasta ahora, y piensa que es algo nuevo que está sucediendo debido a George Floyd. En 2015, cuando BLM cobraba impulso, todavía era visto como ­radical y marginal. Los que sabían que existía se preguntaban: ‘¿Es sólo una extensión de las Panteras Negras y esos grupos más extremistas?’ Desde fuera se tenía esa percepción en 2015 y 2016”, dice Crutchfield. 

Las protestas han cambiado esta percepción. En junio la encuestadora Civiqs encontró que el apoyo a BLM había pasado de 46 a 52%. El mismo mes una encuesta de la Universidad de Monmouth mostró otra cifra al alza: 76% de los estadunidenses calificaba el racismo y la discriminación como “un gran problema”. Eran 51% en 2015.

“La oportunidad para BLM y sus ­aliados es saber cómo construir sobre la base de esa empatía, en este momento, y tratar de avanzar y cambiar las normas y actitudes sociales”, concluye Crutchfield.

Lo que está en juego, explica, es dar esos pasos que faltan para la culminación del movimiento por los derechos civiles. Si lo conseguido hace más de medio siglo fue el fin de la segregación legal –tras la consecución de la Ley de Derechos Civiles y la Ley de Derecho al Voto–, lo que atañe al presente es el racismo y la segregación enraizada en las normas culturales y sociales.

“El movimiento puede llevar a Estados Unidos al siguiente nivel, que es luchar contra el racismo sistémico y crear una verdadera equidad e igualdad, no sólo porque es ilegal discriminar sino porque los corazones y las mentes de los estadunidenses han cambiado”, dice.

Es la diaria demanda de los manifestantes de la plaza Black Lives Matter. Sólo una reja los separa de la Casa Blanca.