Cuando hacia 2012 se le preguntó a Juan Marsé quién era la mujer en la cual se había inspirado para Teresa Serrat en Últimas tardes con Teresa (1966), respondió:
“…Han creído ver en Teresa distintos modelos reales. Unos dicen que Teresa podía ser Rosa Roig, a la que por cierto no conocí hasta bastantes años después de salir publicada la novela.”
La maestra Rosa Roig y Soler (Marçà, el Priorato, 1890-Barcelona, 1969) fue una feminista española.
Sin embargo, en 2013, Marsé dijo al entrevistador Laureano Bonet en la revista Campo de Agramante:
“El tema de la novela surgió en París… en el año 61, cuando trabajaba allí y daba clases de español, bueno, más bien conversaciones a un grupo de estudiantes: cuatro o cinco, nada más. Una de esas estudiantes se llamaba Thérèse y era hija del pianista francés, de origen catalán, Robert Casadesus… Teresa estaba sentada en silla de ruedas porque era inválida; había tenido un accidente de automóvil: era preciosa, rubia, muy guapa…”
Helena, la feminista
Gentil, directo, risueño, el crítico literario, traductor, poeta y también novelista Juan Antonio Tono Masoliver Ródenas (Barcelona, 12 de enero de 1939), autor de Tonismos y la autobiografía Desde mi celda. Memorias (Acantilado, 394 páginas. 1991) revela su versión sobre la identidad de Teresa desde su casa catalana, donde vive con su pareja Sònia Hernández (autora de una novela de 2017, El hombre que se creía Vicente Rojo, referida al artista plástico nacionalizado mexicano) casi cuatro décadas más joven que él:
“Bueno, yo ya lo he dejado escrito, fue una novia mía: Helena Valentí i Petit, que también anduvo luego con el muy conocido poeta catalán Gabriel Ferrater. Todo mundo lo sabe; pero a Marsé le gustaba dejar esa identidad medio en el misterio. Fue hija de un latinista reconocido, Eduard Valentí. Y ella también, como escritora. Era feminista, demasiado anarca, ¿no?”
Valentí nació en Barcelona el 5 de junio de 1940 y falleció en esa ciudad el 8 de diciembre de 1990. Tradujo a Doris Lessing y Virginia Woolf, además de escribir L’arnor adult, La solitud d’Anna y La dona arrán. De 1968 a 1974 promovió la liberación femenina en Londres, Inglaterra.
“Era muy amiga de Jaime Gil de Biedma, de Carlos Barral, del mismo grupo. Más joven, pero iba mucho a las reuniones de ellos en la casa o en la oficina de Biedma, se reunían cada día a tomar copas. En mi libro Desde mi celda los he llamado ‘los biednamitas’. Ella y yo estudiábamos juntos Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, fuimos novios hasta que acabó… como todo. Un año más tarde iba yo por la calle, iba ella con Gabriel Ferrater, me lo presentó, nos hicimos amigos y todo acabó bien.”
–¿Era como la pinta Marsé en Últimas tardes con Teresa?
–Sí, era rubia, snob como la Teresa de Marsé, iba con muchos revolucionarios y venía de la burguesía de Barcelona, muy bien parecida. Tenía todo, todo. Marsé la conoció después, en esas reuniones de Gil de Biedma, Ferrater y Barral, y él vio que ella era una niña pija, una niña bien, snob e ingenua en su política, como tantas en la España de Franco, claro.
Se le comenta lo que Marsé expresó acerca de Thérèse Casadesus a Bonet –éste, compañero de Periodismo y Filosofía y Letras en la Universidad de Cataluña de Manuel Vázquez Montalbán, otro de los escritores de la Generación de los Cincuenta–. Tono Masoliver niega:
“No, no, lo decía para desconcertar a la gente. Tal vez por eso le cambió el nombre, pero los que conocimos a Helena la identificamos enseguida. Yo cuando vi una vez a Marsé en un viaje en tren, apenas lo conocía; le dije: ‘¡Oye, tú, que me la estás aquí robando…!’, y él se rió, porque entendió que sí, que era ella. Marsé era un gran tipo, de origen humilde pero con mucho talento para escribir.”
–Carmen Riera dijo en 1984 que Últimas tardes con Teresa la había escrito Gil de Biedma y no Marsé.
–Carmen era muy amiga de Biedma, pero no… Marsé era un hombre de una formación cultural limitada, y Biedma de una formación tremenda y lo influyó muchísimo. Cada capítulo tiene un epígrafe de algún escritor y eso sí que es de Biedma. Marsé era muy trabajador, escribía bastante como un xicot molt aplicat (“un chico muy aplicado” en catalán). Es una novela que rompió con el realismo barato, llena de sarcasmo e imaginación. Un retrato feroz de la clase alta. Ninguna otra de sus novelas ha sido tan celebrada.
Viajero de corazón, Masoliver formó parte del jurado que en 1997 otorgó el Premio Internacional Juan Rulfo a Marsé en la FIL de Guadalajara, Jalisco, con el guatemalteco Augusto Monterroso, el inglés Gerald Martin (biógrafo de Gabriel García Márquez), y Guillermo Sheridan. Visitó a menudo nuestro país, donde hizo amistad con artistas que nombra en Desde mi celda.
–¿Cuándo vio por última vez a Helena Valentí?
–Uf, ya hace mucho, porque yo di clases por 40 años en Londres, incluso fui amigo de la familia, pero ya no sé nada de ellos, los años pasan y la gente muere, ella muy joven. Estuvo muy simpática esa vez que nos vimos en Londres y hablamos mucho con otros amigos comunes. Nos respetamos mucho. Como habló muy bien de mí a Ferrater, por ella me hice amigo de él.








