Flores Méndez, maestro de maestros

“¿Cómo podría yo llegar a tocar como usted?”, le preguntaban a menudo algunos de sus tantos alumnos. La respuesta del maestro Flores Méndez, genio erudito de las rutas y de las prácticas necesarias para dominar medianamente el universo de la guitarra de concierto, era inequívoca:

“Si persevera, podrá llegar a donde usted quiera.”

El salón de clases del Conservatorio o de la Escuela Superior de Música de Bellas Artes se convertía, por las mañanas, en un cónclave de esperanzas para jóvenes aspirantes a tocar como él mismo, Andrés Segovia, u otro de los virtuosos del mundo en el concertismo.

El método de Julio S. Sagreras proporcionaba piezas arquetípicas que requerían desarrollar cualidades técnicas, ya fuesen arpegios, acordes o escalas en un principio simples, pero que al cambiar de cuaderno convergían en complejas estructuras musicales. Cuando el método de Emilio Pujol, diseñado para hacer destrezas con los dedos, se visitaba asiduamente, empezaba a vislumbrarse en el pulso del estudiante la posibilidad de resolver ciertas partituras con pasajes difíciles y exigentes.

Al segundo año se podían abordar con respeto estilístico las piezas del Renacimiento, de repertorio anónimo, o las de John Dowland (1563-1626) pertenecientes al laúd, aquel hermoso instrumento de muchas cuerdas y artesanal manufactura, considerado el antecesor de la guitarra.

Las clases del hoy considerado “Padre de la guitarra clásica en México”, Guillermo Flores Méndez (Zacatlán, Puebla, 1920-CDMX, 2019), excedían por mucho el ámbito académico y se convertían en cátedras de vida, lecciones de estética musical, estilos, autores, épocas, tendencias, y de la conciencia de estar viviendo un momento de cambio constante en la creación de oyentes y coleccionistas.

Otra ruta se dirigía a los constructores y las maderas de Palo Santo (Bulnesia sarmientoi), los barnices, el alma de la guitarra, con la misma devoción que un Stradivarius se aprecia en la misteriosa mano que los construyó.

Consejos y estímulos a los logros, advertencia a los peligros, las distracciones y seducciones del entretenimiento fácil, el legado de Flores Méndez es vasto y bordea el humanismo, la ética y el apostolado de la enseñanza. Rasgo distintivo e inolvidable de su personalidad –que nunca dejaremos de agradecer quienes fuimos pupilos del maestro de maestros–, es su ingeniosa crítica al sistema, a la burocracia de las artes y un sentido del humor negro, sarcástico y picaresco con que entretenía para desestresar el ambiente de las aulas, donde los chistes iban y venían. Empero, la visión artística de nuestro profesor a veces no es apreciada debido a la ignorancia social y la orfandad cultural tan típicas del medio político en México.

Paralelamente, desarrolló un catálogo de composiciones propias, ubicadas quizá como variantes del impresionismo, aderezadas con una esencia postnacionalista, sin caer en las obviedades o los lugares comunes. Son piezas que han adquirido relevancia, siendo incluidas en programas internacionales por los concertistas y ejecutantes. 

Ícono de los guitarristas de concierto y un referente de la práctica formativa y académica de México, el maestro Guillermo Flores Méndez (quien el próximo otoño cumpliría 100 años de edad) nos dejó un legado difícil de superar en el ejercicio interpretativo del repertorio universal de la guitarra. Lo más cercano a su grandeza tal vez sea Selvio Carrizosa Ontiveros (igualmente excepcional en la guitarra séptima mexicana), mellizo de esa estirpe que no se repetirá con igual mística y dedicación.