China, el país que estremeció al mundo con el coronavirus, ya superó la pandemia pero ahora enfrenta –como lo hizo en la década de los noventa– el aluvión del desempleo, que afecta sobre todo a los trabajadores llegados de provincia, quienes buscan sobrevivir en las grandes ciudades de este gigante asiático.
BEIJING.- China es la primera gran economía que sale de los números rojos y es improbable que le sigan más países a corto plazo. La expansión de 3.2% de su PIB en el segundo trimestre de 2020 elude la recesión técnica tras el derrumbe de 6.8% del periodo anterior y certifica que ha superado los estragos del coronavirus.
Hoy China carece de nuevos contagios mientras Estados Unidos, Europa y Japón lidian con oleadas que presagian más confinamientos.
Sometido el virus, con todas las reservas que la prudencia exige, Beijing brega ahora con la pandemia del desempleo, un problema compartido con el mundo, aunque sumamente preocupante en China por su magnitud, la precaria red de cobertura y los riesgos de conflicto social.
Las cifras oficiales hablan de un razonable 5.7%, pero desatienden a los 300 millones de mingong o migrantes laborales de provincias rurales que buscan sobrevivir en las ciudades y fábricas de la costa oriental. Algunos estudios independientes son más pesimistas. La Société Générale habla de 10%, mientras la firma Zhongtai Securities lo elevaba en abril hasta 20.5%.
Es probable que la población de desempleados ronde los 70 millones, cifra superior a la población del Reino Unido. Son, en cualquier caso, un reto para el Partido Comunista que, a falta de elecciones, apuntala su legitimidad en el bienestar de su pueblo.
Los periodistas suelen detectar las palabras más repetidas en el discurso del primer ministro que inaugura la Asamblea Nacional Popular para intuir las prioridades de Beijing. Esta vez, corrupción y medio ambiente, las ganadoras habituales, quedaron eclipsadas por las 39 menciones al paro laboral.
“El discurso de Li Keqiang sugiere la importancia que Beijing concede en estos momentos a los grandes objetivos sociales y a impedir que el coronavirus suponga un retroceso. El empleo es vital porque afecta a la estabilidad”, señala Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China.
El académico opina que la crisis actual es más compleja porque la industria manufacturera, que el año pasado proporcionó 112 millones de empleos, quedó arrasada por la caída de la demanda externa.
Otra costumbre periodística consiste en reservar el titular al pronóstico del crecimiento anual.
En aquellos días de expansiones de dos dígitos la economía subrayaba su esplendor desbordando las conservadoras proyecciones oficiales. En los más recientes, cuando la calidad primaba sobre la cantidad, su sujeción milimétrica a los pronósticos subrayaba la infalibilidad del gobierno.
Y en los actuales del coronavirus, la incertidumbre aconseja olvidarse de ellos. El discurso de apertura concluyó por primera vez en tres décadas sin la mediática predicción para enfatizar que el paro importa más que cualquier asiento contable.
China ya lidió con otros aluviones de desempleados. A finales de los noventa el cierre de las grandes empresas estatales dejó en la calle a 25 millones de trabajadores. Dos décadas más tarde otros 20 millones perdieron el empleo en la crisis global. Los cálculos actuales más pesimistas triplican esas cifras y el efervescente sector privado que absorbió a los parados entonces está exhausto. Han quedado devastados el turismo, la hotelería o el ocio.
La experiencia de los noventa
En el primer trimestre cerraron 460 mil empresas, entre ellas 26 mil dedicadas al comercio internacional. Las ayudas públicas han permitido que muchas sobrevivan e incluso conserven a todos sus empleados, pero las nuevas contrataciones aún son quiméricas.
A este contexto laboral deprimido se asomaron en junio 8.7 millones de graduados, 3 millones más que una década atrás. Un título universitario aseguraba en China un empleo inmediato y bien remunerado que separaba a los que pilotan la economía de los que sirven de combustible. El caudal de universitarios y los menguados crecimientos económicos habían reducido sus expectativas hasta el punto de que 88% lamentaba el pasado año lo difícil que era encontrar un empleo.
No hay datos actuales, pero en las redes sociales se aconseja aceptar cualquier trabajo y priorizar los sectores seguros a los boyantes. Es ilustrativo que los millenials chinos, crecidos en la abundancia, deseen ese “bol de hierro” de cuando las danwei o unidades de trabajo maoístas otorgaban un empleo básico pero vitalicio.
Los más vulnerables, sin embargo, son los esforzados mingong, sobre cuya milenaria capacidad de esfuerzo se levantó el milagro económico. Las restricciones de movimiento impuestas para embridar la pandemia tras las vacaciones de Año Nuevo les impidieron regresar a las ciudades y, cuando lo consiguieron, se encontraron con muchas persianas bajadas y recortes salariales de hasta un tercio. Muchos siguen en sus pueblos, sin ingresos ni cobertura de desempleo.
Los despidos masivos de los noventa, que desencadenaron protestas en el noreste, convencieron al gobierno de la necesidad de una mínima red social. Primero se estableció en las zonas urbanas y después en las rurales, pero su implantación es aún escasa. Sólo 2.3 millones de parados las percibieron en el primer cuatrimestre, con una media de mil 350 yuanes (4 mil 326 pesos), según el Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social. Influye la desesperante burocracia china, el fraude empresarial y requisitos exigentes como la obligación de cotizar un año completo, cuando entre los mingong abunda el trabajo estacionario.
Las últimas medidas de Beijing incluyen la eliminación del año completo, los incentivos para la contratación en infraestructuras y fondos hacia los gobiernos locales para que los desamparados cuenten con “garantías mínimas”.
También las conquistas laborales, una de las mejores y más ignoradas noticias en China de los últimos años, han quedado afectadas por el coronavirus. El salario mínimo se triplicó entre 2005 y 2014 gracias a la salud de la fábrica global y un envejecimiento demográfico que recortaba la masa trabajadora.
Los mingong se iban de vacaciones con la tranquilidad de que no les faltarían fábricas a su regreso. También mejoraron las condiciones de seguridad y el respeto a los trabajadores en un país en el que durante siglos se había asumido la explotación como un imperativo.
Aquellos sostenidos incrementos salariales han declinado en los últimos años, confirma Geoffrey Crothall, de la organización hongkonesa China Labour Bulletin:
“Con la guerra comercial con Estados Unidos y la pandemia del coronavirus muchos sueldos han bajado. Nadie habla ahora de incrementar el salario mínimo. Muchos de los trabajos que se ofertan son por espacios cortos de tiempo, mal pagados y a menudo peligrosos.”
El debate actual
La batería de medidas para combatir el paro incluye créditos blandos al sector privado, recortes de impuestos y ayudas fiscales al contratador. Ninguna es más sorprendente que el regreso de los vendedores ambulantes, un gremio que chirriaba en la resplandeciente China de los rascacielos y la tecnología 5G.
Pero la paz social sobrevuela la estética en estos tiempos delicados y el reciclaje de los mingong, sin estudios ni capacidad de inversión, es complicado. Un tenderete para vender baratijas o comida no es la solución soñada, pero los aleja del ocio y el hambre.
El primer ministro Li Keqiang subrayó el giro el mes pasado en un paseo por un mercado de Chengdu (provincia central de Sichuan). En esa ciudad, recordó, los 37 mil nuevos puestos callejeros habían generado 100 mil puestos de trabajo. Esa economía es “la luz de la humanidad y la vitalidad de China”, aclaró.
Li recordó que cientos de millones de chinos sobreviven con menos de mil yuanes (3 mil 200 pesos) mensuales, insuficientes para alquilar una habitación en una ciudad media. La casuística china reserva a los primeros ministros, desde Zhou Enlai a Wen Jiabao, el apoyo a los más débiles.
Muchos de los que hoy dominan la segunda economía del mundo se curtieron en calles y caminos polvorientos. Ren Zhengfei vendió pastillas para adelgazar antes de crear el gigante tecnológico Huawei y Jack Ma, fundador de Alibaba, en su juventud ofreció abalorios en las orillas del lago de su Hangzhou natal.
Pero aquellos protocapitalistas fueron desdeñados después como fósiles de la China subdesarrollada que atentaban contra el orden, la pulcritud, el medioambiente y la fluidez del tráfico. No era raro verlos en los últimos años huyendo de la policía tras recoger apresuradamente su mercancía.
Los expertos debaten estos días la eficacia de la medida. Los más optimistas hablan de 50 millones de puestos de trabajo y varios puntos de crecimiento del PIB. Pero la prensa oficial matizó después el entusiasmo de los que se felicitaban por disfrutar de las estampas de su niñez y aclaró que el comercio ambulante sigue siendo incompatible con la China actual.
En la disonancia del mensaje oficial laten las tensiones entre Li y el presidente, Xi Jinping. No es descartable que éste juzgue que recurrir a los vendedores ambulantes como solución económica arruine su mensaje de prosperidad y modernidad.
“Es sabido que Li ha defendido siempre un mayor rol del mercado que el presidente. Es improbable que el sector estatal sea capaz de satisfacer los puestos de trabajo necesarios, mientras el privado ya proporciona 90% de los nuevos empleos”, opina Anthony Saich, sinólogo de la Harvard Kennedy School.
Vendedores que piden exenciones del alquiler, trabajadores que encadenan sueldos adeudados, taxistas que no pueden pagar la licencia sin clientela… La crisis económica ha provocado pequeños focos de protestas sociales.
Los pronósticos apocalípticos de Occidente siempre han recurrido al paro. Alertaban más de una década atrás que China necesitaba crecer al 10% para crear empleo y que por debajo asomaba el caos. El PIB ha menguado desde entonces hasta 6% sin problemas serios consignables.
Es probable que el desempleo no provoque una explosión fatal, pero sí perturba la estabilidad y exige del gobierno esfuerzos para que cumpla su parte del trato social.








