Un programa sectorial

Sin cambios estructurales que modifiquen los modelos neoliberales que tanto descalifica el presidente Andrés Manuel López Obrador, el programa cultural de la 4T, publicado en el Diario Oficial de la Federación el pasado viernes 3 de julio, en lo que atañe al ecosistema de las artes visuales, centra su atención en apoyar y difundir la creación, sin abordar de manera eficaz y eficiente, la conversión del sector en un potente territorio de economía creativa.

La emergencia económica que ha provocado el covid-19 en la comunidad cultural y, sobre todo, la imposibilidad de solucionarla o atenuarla, que ha evidenciado la Secretaría de Cultura, comprueba el fracaso de las políticas asistenciales y paternalistas que implementó el expresidente priista Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) y que, a pesar de pertenecer a un nuevo régimen, sigue reproduciendo la secretaria Alejandra Frausto.

El sector cultural, incluyendo creadores, instituciones, funcionarios y trabajadores, es un territorio frágil, con poca demanda local y muy reducido en su competitividad global.

Organizado con base en el mismo esquema que todos los programas sectoriales de la gestión lopezobradorista, el de cultura, después de plantear un “análisis del estado actual” del sector –que, en realidad, no es un análisis sino una descripción parcial de circunstancias que justifica las actividades propuestas por la secretaría–, define y desarrolla seis objetivos prioritarios que plantean:

l Reducir la desigualdad en el ejercicio de los derechos culturales de personas y comunidades.

l Consolidar la tarea educativa del sector cultural.

l Garantizar el acceso a bienes y servicios culturales a través del incremento y diversificación de la oferta en el territorio y del intercambio cultural de México con el extranjero.

l Proteger y conservar la diversidad, memoria y patrimonios culturales de México.

l Fortalecer la participación de la cultura en la economía nacional.

l Enriquecer la diversidad de las expresiones creativas y culturales mediante el reconocimiento y apoyo a creadores, académicos, comunidades y colectivos.

En el contexto de las artes visuales, los dos últimos son los más relevantes. Vinculado desde la pasada década de los años noventa, tanto con la industria comercial como con el turismo institucional –museístico, ferial–, el arte visual tiene un potencial económico que rebasa los absurdos parámetros centrados en la limitada cuantificación de programas de radio y televisión, como número de obras con registro de derechos de autor, que plantea el Programa Sectorial de Cultura 2020-2024 como indicadores de evaluación de sus metas. Diversa en sus propuestas estéticas, jerarquías artísticas y cotizaciones, la economía creativa de las artes visuales mexicanas podría tener un potencial de negocio que no percibe la Secretaría de Cultura. 

Y en lo que concierne a las becas y subsidios a la creación, evaluar su pertinencia a partir de parámetros cuantitativos –número de estímulos, como lo señala el programa–, sin ubicar y evaluar cualitativamente el beneficio que generan tanto para el ecosistema artístico como para la sociedad mexicana, evidencia la irresponsabilidad, ignorancia y obsolescencia profesional de los servidores públicos que conforman la Secretaría de Cultura. 

 Convertida en una actividad de alto nivel profesional, la gestión de la cultura y el arte requiere de un conocimiento que los funcionarios culturales deben comprobar. ¿Qué estudios tiene la secretaria Alejandra Frausto y los subsecretarios Natalia López Paz (alias Natalia Toledo) y Mardonio Carballo para que los contratemos y paguemos su salario como servidores públicos?