A pesar de todas las advertencias en contra, provenientes de académicos y diplomáticos conocedores de la relación con Estados Unidos, la visita de Andrés Manuel López Obrador a Washington se llevó a cabo.
El hecho de ser la primera visita de AMLO al extranjero y de tratarse de un encuentro con el presidente del país más importante para las relaciones exteriores de México, obliga a diversas reflexiones. ¿Cuál fue el objetivo de la visita? ¿Puede calificarse de exitosa? ¿Hasta dónde mejora una realidad particularmente difícil?
De acuerdo con la narrativa del gobierno mexicano, el objetivo fue celebrar la entrada en vigor del TMEC, el acuerdo que ha sustituido al TLCAN considerado por Trump “el peor tratado que haya firmado Estados Unidos”. El nuevo acuerdo representa en la narrativa oficial una palanca para la reactivación de la economía mexicana por el impulso que dará a cadenas de producción entre los tres países, así como al aumento de inversiones y la creación de empleo.
No obstante el escepticismo respecto a cuándo y hasta dónde pueden llegar los beneficios del TMEC, a los cuales nos referiremos más adelante, fue notable la consistencia de la narrativa oficial. Se eliminó cuidadosamente cualquier intento de vincular la visita a otros problemas sobresalientes de la relación entre los dos países; se negó firmemente que hubiese finalidades políticas, como lo sería favorecer la campaña electoral de Trump; se buscó, sin éxito, que Justin Trudeau asistiera a la reunión para hacer evidente el carácter trinacional del festejo.
La voluntad de acotar los objetivos de la primera salida al extranjero de AMLO en torno a la celebración de un acuerdo comercial y de inversión se complementó con la invitación a un grupo de empresarios mexicanos a la cena que sería ofrecida por Trump para generar un diálogo constructivo entre empresarios de ambos países.
Reducir la visita a un solo propósito, de innegable interés para el futuro de la economía mexicana, permitió dejar en segundo plano el consenso entre académicos y miembros muy connotados del servicio exterior mexicano respecto a los aspectos negativos de la visita. Asimismo permitió no prestar atención a los reclamos de miembros del Partido Demócrata en Estados Unidos que se pronunciaron vivamente contra el uso electoral que Trump haría del encuentro con López Obrador.
El programa de la visita era muy sobrio: una ofrenda en los monumentos de Benito Juárez y Abraham Lincoln, una corta conversación privada entre Trump y López Obrador y entre sus respectivas comitivas, un comunicado conjunto y una cena para el encuentro de empresarios mexicanos y estadunidenses. La sorpresa fueron los discursos de ambos presidentes en los jardines de la Casa Blanca. No estaban en el programa inicial y se convirtieron, sin duda, en el éxito de la visita.
Con un texto, tono de voz y estilo muy distinto al que acostumbra en sus mañaneras, López Obrador pronunció un discurso muy bien construido que se puede calificar como el más importante pronunciado por un presidente mexicano en Estados Unidos.
El discurso le dio a la visita de un solo propósito un objetivo mucho más amplio. Sirvió para hacer un recorrido histórico que hábilmente recordó agravios que no se olvidan, pero al mismo tiempo entendimientos significativos con gobiernos tanto demócratas como republicanos. Evocó las relaciones amistosas entre las figuras más respetadas de la vida política de México y Estados Unidos, hizo notar el papel positivo que desempeñan los 36 millones de mexicanos que habitan en Estados Unidos en la economía y la cultura de ese país, se refirió a la corriente de simpatía que existe entre él y el presidente Trump. Para terminar, en un párrafo muy discutible que rompe el equilibrio logrado en el resto del texto, afirmó: “Usted no ha buscado imponernos nada que viole o vulnere nuestra soberanía”.
A su vez, el discurso de Trump fue notable por su cordialidad, el tono tan amable al referirse a los mexicanos y su intención de cooperar con México en diversos frentes: “Estamos en estrecha cooperación para eliminar el trasiego de armas, estupefacientes y trata de personas, esforzándonos por combatir a los cárteles de la droga y para tener leyes migratorias que realmente protejan a la población”.
Desde el punto de vista discursivo y la buena actuación de los presidentes, la visita fue un éxito. Sin duda subirá la popularidad interna de López Obrador, así como la de Trump entre algunos grupos latinos. Preserva –a reserva del comportamiento siempre impredecible de Trump– cinco meses de tranquilidad en el diálogo político entre los dos presidentes.
Ahora bien, hay una gran distancia entre un episodio exitoso y una visión realista de lo que nos depara un futuro particularmente difícil. En primer lugar, los problemas en la relación México-Estados Unidos están lejos de haberse resuelto. Entre ellos, la situación en la frontera norte que adquiere cada día mayor gravedad por la llegada del covid-19 a los inhumanos campamentos donde se aglomeran cientos de migrantes centroamericanos esperando, quizá durante años, noticias sobre la obtención o no de asilo en Estados Unidos. La situación en los países del Triángulo del Norte en Centroamérica avanza hacia la recesión y profundización de los problemas sociales que alientan la migración hacia el norte. Nada se ha hecho en la acción conjunta México-Estados Unidos para el desarrollo integral de esa región que, hace dos años, se creyó que tomaría forma. Las agresiones contra los 6 millones de trabajadores mexicanos indocumentados en Estados Unidos continúan, se les niega ayuda para hacer frente al enorme desempleo producido por la recesión económica, así como a la atención médica para combatir el coronavirus.
En otro orden de cosas, las expectativas sobre los efectos del TMEC como palanca de desarrollo de la economía mexicana tardarán varios años en cumplirse. Primero, la economía estadunidense tendrá este año una caída de 8% en su PIB y un desempleo de 40 millones de personas. Aunque los planes de recuperación son vigorosos, pasarán algunos años antes que regrese la vitalidad al mayor mercado del mundo.
Segundo, se necesita más que un discurso y una cena para asegurar confianza y entusiasmo para invertir por parte de los empresarios mexicanos. La situación internacional, las predicciones tan negativas sobre el crecimiento en los países de mayor desarrollo en América Latina, como México, no auguran momentos de optimismo. El ambiente tan amigable que se advirtió en la mencionada cena no refleja la realidad de una relación hasta ahora ríspida y tirante, con la excepción de aquellos (los invitados a la cena) que tienen buen entendimiento con el gobierno de la 4T.
En resumen, el éxito de una visita no altera una realidad cubierta de nubarrones.








