Dos años después de los comicios que llevaron a López Obrador a la Presidencia, el país está partido en dos. La polarización y el encono son atizados por el propio mandatario quien, desde su tribuna mañanera, juzga, pontifica, descalifica… Analistas políticos consultados por Proceso exponen cómo ello responde a una estrategia política –similar a la que utilizan presidentes de derecha en otras naciones– para ejercer el poder sin contrapesos.
A dos años de la elección que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, las instituciones, conceptos e inclusive personalidades asociadas a la consolidación democrática están sometidas a presión. Todos los días, desde la tribuna presidencial, la polémica se impone y despierta múltiples reacciones que, sea a través de declaraciones, pronunciamientos o redes sociales, profundizan la polarización.
Pocos escapan: órganos con autonomía constitucional, creados como garantes de derechos políticos –como los institutos Nacional Electoral o el Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI)–; organizaciones ciudadanas especializadas lo mismo en derechos humanos que en medio ambiente o estudios de corrupción; magnates, empresas, cámaras y organismos empresariales; partidos políticos; medios de comunicación y hasta organismos multilaterales han sido tildados por el mandatario de “conservadores”, “neoliberales” y adversarios de “la transformación” (Proceso 2275).
Del otro lado las reacciones pueden suponer, entre otras cosas, interés electoral, como en el caso del dirigente panista, Marko Cortés, quien llevó el tema a la OEA; acusaciones de manipular a las masas contra gobernadores de oposición, como lo hizo el jalisciense Enrique Alfaro; y promover la idea de que debe renunciar, como hizo el Frente Nacional Antiamlo.
El momento es reflejo de una polarización, real y grave, cuyo catalizador fue la campaña sucia contra López Obrador en 2006 (“un peligro para México”), profundizada con el paso de los años y exponencial a partir de 2018, sostiene Antonio Salgado, maestro de filosofía en la Universidad de Edimburgo.
En entrevista Salgado ubica el proceso polarizador como el uso de un manual que han seguido líderes de derecha a partir de 2016, con la campaña del estadunidense Donald Trump y con Boris Johnson en el Reino Unido.
“La idea es dividir a la sociedad en dos bandos, y que eso sea suficiente para llevar a un candidato al poder. Una vez en el poder hay que mantenerse en campaña. Es una estrategia para evitar rendir cuentas, la argumentación y la evaluación bajo criterios racionales.
“El político que llega al poder se convierte en candidato eterno, un gobernante y candidato que debe mantener el mismo nivel de polarización para blindarse de ser juzgado o criticado. El gobernante en campaña permanente es previsto en el manual de polarización y López Obrador lo replica”, dice el entrevistado.
Salgado indica que la polarización creada en 2006 para evitar que López Obrador llegara a la Presidencia fue aprovechada en 2018, pero a la inversa. Y entre los resultados está la formación de grupos de fanáticos a favor o en contra del presidente.
“Son fanáticos para los que ya no existe posibilidad de argumentación, de crítica o juicio; se convirtieron en fieles que apoyan a un partido o un proyecto más como aficionados futboleros que electores racionales.”
Lo que el entrevistado observa como un manual de polarización ha sido empleado principalmente por líderes identificados con la derecha, mientras que en el caso de México es ejecutado por un presidente que se define de izquierda, convirtiéndolo quizás en un caso único en el mundo. Y aunque no existe evidencia de proximidad con Steve Bannon, exasesor de Donald Trump en la Casa Blanca y creador del manual aplicado en otros países, “los elementos son idénticos, una calca”, advierte.
Un manual singular
“Nada de medias tintas ni simulaciones”, dijo el presidente el sábado 6 en un discurso marcado por la exigencia de ubicación en el lugar que le corresponde, “como conservador o como liberal”.
La expresión se dio en medio de una polémica: el historiador Enrique Krauze encomió al gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, comparándolo con Mariano Otero (el liberal decimonónico cocreador del juicio de amparo, quien también gobernó Jalisco) por acusar a López Obrador de las protestas contra una ejecución extrajudicial. La respuesta presidencial fue comparar a Krauze con Lucas Alamán, el historiador conservador también del siglo XIX.
El conservadurismo, para López Obrador, no sólo está en la derecha. Conservadores de izquierda, ha dicho de ambientalistas, intelectuales y académicos que se oponen al Tren Maya; a los pueblos opositores al Proyecto Integral Morelos y hasta al Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
El intercambio con Krauze fue apenas uno de los muchos en que, con o sin uso de la historia, las declaraciones de López Obrador orientan a la misma exigencia: “Fuera máscaras”.
En la denuncia de un supuesto Bloque Opositor Amplio, del que admitió desconocer la autenticidad, encontró la oportunidad para considerar que un solo bloque de oposición es lo que se propone el conservadurismo, al que pidió también: “Fuera máscaras”.
Salgado, quien subraya la importancia del lenguaje, un tópico que forma parte de la currícula que imparte en Edimburgo, expone:
“El mismo lenguaje que utiliza contra sus adversarios genera un antagonismo hacia esos órganos que son construcciones de la democracia y garantes de ésta. En ese sentido, es riesgoso e irresponsable incluir en su estrategia a esos órganos que si bien es cierto tienen defectos y nunca funcionaron como deberían, la idea de su existencia es fundamental para una democracia. De manera que al poner en duda esa misma idea, al cuestionarla o reducirla a adversarios, el presidente genera un clima poco propicio para la democracia.”
La polarización es asunto de interés en distintos ámbitos. Apenas en mayo pasado el investigador José Antonio Crespo publicó el libro AMLO en la balanza. De la esperanza a la incertidumbre (Grijalbo), en el que observa la forma en que el mandatario, erigido en “caudillo populista”, está dispuesto a usar su mayoría para desmantelar la democracia, concentrar el poder discrecionalmente y acabar con órganos autónomos creados para darle certidumbre al sistema democrático.
Hasta ahora dos casos han motivado la alerta sobre los organismos autónomos: el primero fue la atropellada renovación de la Comisión Reguladora de Energía, que implicó una serie de acusaciones contra su entonces presidente Guillermo García Alcocer, quien terminó renunciando al cargo. Crespo, por ejemplo, expone como el caso más delicado la imposición anticonstitucional de Rosario Piedra Ibarra como presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).
El desmantelamiento de un modelo democrático ha sido también alertado por José Woldenberg, primer presidente del Instituto Federal Electoral autónomo. En agosto pasado publicó En defensa de la democracia (Cal y Arena). En entrevista con Proceso explica los riesgos de erosión o inclusive de desaparición de la democracia para dar paso a formas autoritarias.
Para Woldenberg los primeros signos de desencanto con la democracia en México se iniciaron temprano, considerando que ésta comenzó alrededor de 1996-1997. El desencanto lo cifra en la corrupción, la espiral de violencia, una economía que no crecía lo suficiente, en conjunto, dice: “deterioraron el aprecio, si no por la democracia, sí por las instituciones (partidos, congreso, gobiernos, etcétera) que la hacen posible”.
López Obrador se ha referido a los órganos autónomos como creación del conservadurismo, “que crecieron como hongos en el periodo neoliberal”. La ocasión más reciente fue el jueves 18, cuando se dio la polémica por invitar al youtuber Chumel Torres a un foro sobre discriminación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación; el mandatario se pronunció por desaparecerlo y colocó como si fueran lo mismo, los órganos autónomos con los desconcentrados y los descentralizados.
Woldenberg explica que esos órganos del Estado con autonomía corresponden a la democracia contemporánea que es más compleja que la sola división tradicional de poderes. El Estado democrático moderno implica poder regulado, dividido, vigilado y con capacidad de los ciudadanos para defenderse de los actos de autoridad, ecuación que se cumple con esas entidades.
Considera un equívoco que el presidente diga que los órganos autónomos sean una construcción neoliberal o conservadora, recordando su creación como resultado de la labor de la izquierda y también de la derecha democrática: el IFE, tras la elección de 1988; la CNDH en mucho por las madres de los desaparecidos de la Guerra Sucia; el INAI, por periodistas y académicos.
Para Woldenberg, el desafecto por la democracia posibilita la simpatía con las descalificaciones presidenciales tanto a los órganos con carácter ciudadano como a la sociedad civil en bloque, cuando ésta fue clave en la construcción de avances democráticos.
En efecto, las descalificaciones a ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil que se oponen a alguno de sus proyectos o políticas públicas, ha ido de considerar que la mayoría son de derecha, a acusarlas de vivir del erario o afirmar que hay “politiquería” en su actuación.
Salgado advierte ahí un objetivo polarizador: “Algunos grupos que tendrían que ser considerados aliados naturales del presidente –uno de izquierda– como los grupos ecologistas, de derechos humanos o del ámbito cultural y científico, han pasado a formar parte de los adversarios porque han cuestionado, criticado, alzado la voz. Y como parte de este manual se incluye que cualquier crítica o cuestionamiento tiene que ser automáticamente considerado enemigo, porque de otra forma la base fiel, el núcleo duro, se desmoronaría o resquebrajaría”.
Prensa, a la canasta de
los adversarios
Las llamadas mañaneras son escenario para las menciones a la prensa (carroñera, fifí, conservadora, neoliberal, representante de grupos de intereses creados, amarillista, entre otros calificativos), por lo que han llamado la atención de organismos multilaterales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y agencias especializadas en libertad de expresión, incluida la del Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas.
El estado de la libertad de expresión es más o menos el mismo que en sexenios pasados: violencia contra periodistas, con la mayoría de los ataques perpetrados por agentes del Estado e impunes, sin avance legislativo siquiera en materia de publicidad oficial en tanto elemento relevante para la censura y, tras repasar un largo listado, Jan-Albert Hootsen, del Comité Internacional para la Protección de Periodistas, advierte:
“Preocupa la creciente hostilidad del presidente hacia medios críticos, incluso periodistas en lo individual, que ya se reflejan con expresiones y actitudes en gobiernos estatales. Sobre todo, el deseo expresado de que los medios tomen partido bajo el argumento de que no existen medios independientes y profesionales, es abono a la polarización y es peligroso, porque conduce a una desensibilización en un contexto de violencia.”
Hootsen abunda en la urgente rectificación, enfatizando el papel de la prensa crítica que contribuyó a su triunfo electoral hace dos años, como parte de un modelo democrático. Tanto él como Woldenberg y Salgado, por separado, señalan lo peligroso de que el lenguaje motive actos violentos.
Salgado advierte que los dichos presidenciales, “en la caja polarizadora”, son gasolina para un bando en disputa.
“El problema principal de esta dinámica es que para una parte de la ciudadanía resulta difícil distinguir entre una crítica legítima, sincera, bien informada y argumentada, a la crítica que simplemente sirve para alimentar o es funcional para un grupo en disputa.”
Salgado identifica una doble estructura generada en el contexto electoral de hace dos años para polarizar, compuesta por una serie de emisores de contenidos polarizadores, particularmente portales digitales de ambos bandos y estructuras digitales para su difusión.
En los últimos meses esas estructuras han sido expuestas, por un lado con la minería de datos de SignaLab; por otro, con los señalamientos presidenciales iniciados a partir del 13 de mayo y las presentaciones de análisis de redes para demostrar tendencias en su contra.
Para Woldenberg la descalificación de la crítica evita que el mensaje central sea debidamente recibido, porque al centrarse en quién lo dice, se desestima lo que se dice.
Salgado subraya: “En este escenario que busca beneficiar a uno de los dos bandos, los que están buscando la verdad son automáticamente vituperados. No encuentran apoyo o aliento de los lectores, son confrontados porque son incómodos, cuando el futuro de la democracia necesita ofertas periodísticas independientes”.
En síntesis, Woldenberg expone su preocupación ante el escenario porque, sostiene, “hay realidades que no se pueden deconstruir de la noche a la mañana, lo que se dice no es anodino y menos cuando lo dice el presidente de la República”, y es que, advierte “el riesgo de que una democracia se erosione o desaparezca es permanente”.








