En la tercera edición del documental Esto soy, que bajo la producción de Epigmenio Ibarra se difundió en línea el pasado jueves 28 de mayo, los comentarios y omisiones del presidente Andrés Manuel López Obrador durante el recorrido por Palacio Nacional evidenciaron poca cercanía, interés o inclusive conocimiento sobre el valor artístico de nuestro patrimonio. https://www.youtube.com/watch?v=nsJz1_vElSo&t=1057s
Filmado en áreas que generalmente son inaccesibles para el público, el documental pudo haber sido una excelente oportunidad para compartir, con todo tipo de grupo social, tanto significados de la identidad arquitectónica del inmueble como valores creativos y artísticos de la pintura decimonónica que lo decora.
Sin más argumentos que exclamaciones como “mira qué majestuosos espacios, mira qué belleza”, ¿cómo entender la admiración de un presidente que promueve la austeridad ante espacios que, como el Salón Leona Vicario, se caracterizan por el excesivo lujo de sus opulentos y finos candiles?
En los corredores que rodean al Patio de Honor, su atención se centró en un enorme candelabro de porcelana europea que contiene una imagen del escudo imperial de Maximiliano de Habsburgo, sin mencionar el delicado magiscopio de Feliciano Béjar (México, 1920-2007) que estaba a su lado.
Dedicado únicamente a mencionar el nombre de los personajes representados en las pinturas que se exhiben tanto en los corredores –retratos monumentales de los presidentes de México–, como
en el Salón Panamericano
–Washington, Carlos III, Bolívar, José Martí–, López Obrador atravesó el Salón Embajadores sin por lo menos señalar la importante alegoría La Constitución de 1857. Una pintura que no sólo destaca por la resonancia de su difusión y el interés que ha generado en la historiografía del arte mexicano, sino también por ser la única representación de una figura femenina en todo el recorrido que realizó el presidente por el Palacio Nacional.
Pintada por Petronilo Monroy (México, 1832-1882) posiblemente entre 1868 y 1869, la emblemática alegoría representa a la Patria con una composición que no es narrativa ni descriptiva. Por el contrario, al igual que el modelo francés de representar la República y sus valores con la alegoría de una figura femenina –la robusta y decidida Marianne que inmortalizó Delacroix en su famosa La Libertad guiando al pueblo de 1830–, Monroy significa la Patria liberal de la República Restaurada con una mujer que, frágil, sensual y con referencias sutiles que remiten a representaciones de la Virgen María, sostiene la Constitución de 1957.
Ataviada con una túnica blanca que se le embarra evidenciando la voluptuosidad de su cuerpo, la joven mujer se ubica en un espacio ficticio de azul intenso que parece ser parte del cielo, y que el poeta Guillermo Prieto interpretó como el éter de México. Con referencias iconográficas como la rama de olivo que significa la paz, y los colores verde y rojo que completan su atuendo, la figura flota sugiriendo una identidad divina que oscila entre lo profano y lo sagrado.
Estudiada por historiadores tan reconocidos como Fausto Ramírez y Esther Acevedo, La Constitución de 1957 no merece la indiferencia. Controvertido por haber colaborado con Maximiliano de Habsburgo –Acevedo le atribuye la realización de una de las Bacantes que decoran el Alcázar del Castillo de Chapultepec, Ramírez considera que la emblemática alegoría de la Constitución fue una especie de “expiación del error político”–, Petronilo Monroy y su sensual alegoría no pudieron competir con los retratos masculinos y pintura de historia que la rodean.








