El homicidio que hace tropezar a Trump

El asesinato del ciudadano negro George Floyd, cometido por el policía blanco Derek Chauvin, fue la chispa que prendió las calles con miles de jóvenes enardecidos que desafiaron la pandemia para expresar su rechazo al racismo y a la brutalidad policial. Sin embargo, el uso de la fuerza para sofocar las protestas frente a la Casa Blanca y el amago presidencial de utilizar a los militares para borrar las manifestaciones han sido la gasolina que amenaza con quemar la ansiada reelección de Trump en noviembre próximo.

WASHINGTON.- “Ley y orden” es el lema de Donald Trump ante las manifestaciones en Estados Unidos que condenan el racismo, la fuerza bruta policial en el homicidio de George Floyd y ventilan una posible derrota electoral del presidente.

Decenas de miles de estadunidenses, exigiendo el cambio de rumbo político en su país, desbordaron las calles en más de 170 ciudades y poblaciones, poniendo en la antesala de la esperanza la posibilidad de elegir a un nuevo presidente el 3 de noviembre próximo.

Asesinado el 25 de mayo por el policía Derek Chauvin, quien puso su rodilla sobre el cuello de la víctima ocho minutos para someterlo, Floyd podría ser el generador del fin del presidencialismo despótico de Trump.

Las manifestaciones que se iniciaron en Minneapolis, Minnesota, donde fue asesinado el hombre negro ante la complacencia de tres policías compañeros de Chauvin, se expandieron raudas como el covid-19 hacia otras urbes estadunidenses, sobre todo a las más emblemáticas.

El coraje e impotencia de la comunidad negra ante un hecho inobjetable de racismo y abuso policial contagió a una parte de la sociedad que salió a las calles a manifestarse y a la que Trump amenazó de dominar como dictador.

Las protestas pronto se tornaron en disturbios y actos vandálicos… Ante ello, Trump amenazó el lunes 1 con sacar al ejército para controlar a los manifestantes, si los gobernadores no usaban a la Guardia Nacional.

Tres días antes, centenares de manifestantes –la mayoría jóvenes– se reunieron frente a la Casa Blanca, reclamando justicia para Floyd y reformas a las instituciones policiales.

Intimidado por la presencia y mensaje de los manifestantes, el Servicio Secreto decidió esconder y resguardar a Trump en el búnker presidencial. En un hecho histórico, apagaron las luces de la Casa Blanca… Es una imagen que metafóricamente expuso la realidad que se vive en Estados Unidos. 

“Si una ciudad o estado rechaza tomar acciones necesarias para defender la vida y propiedades de sus residentes, desplegaré a las fuerzas militares para rápidamente resolver el problema”, sentenciaba Trump ese lunes, mientras afuera de la Casa Blanca se acumulaban los manifestantes.

“Estoy enviando a miles y miles y miles de soldados fuertemente armados, personal militar y agentes de la aplicación de la ley para detener los disturbios, robos, vandalismo, asaltos”, arremetía Trump intentando intimidar a los manifestantes en todo el país.

Minutos después del mensaje de Trump, agentes federales y afectivos de la Guardia Nacional, con gases lacrimógenos y balas de goma, replegaron a quienes se manifestaban frente a la mansión presidencial para que el presidente pudiera atravesar libremente la calle.

Trump caminó por el parque ­Lafayette y, posando con una Biblia en la mano, se paró frente a la iglesia de San Juan. Para ese entonces los manifestantes ya habían sido sometidos con violencia. A partir de ahí, como en efecto dominó, aumentó el deterioro político del primer mandatario.

Joe Biden, exvicepresidente y virtual candidato a la Casa Blanca por el Partido Demócrata, recriminó al mandatario por posar con la Biblia y por el ataque sin sentido contra los manifestantes, haciendo eco a la voz de condena de líderes religiosos que se indignaron por el uso del texto sagrado.

“No permitiremos que cualquier presidente nos silencie, no dejaremos que aquellos que ven esto como una oportunidad de sembrar caos avienten una cortina de humo para distraernos de las quejas legítimas que están en el centro de estas protestas”, denunció Biden.

Las criticas aumentaron de tono, relevancia y cantidad, así como el deterioro de la posición del presidente. Las decenas de manifestaciones en todo Estados Unidos empezaron a tornarse más pacíficas, incluso con el abucheo e intento de control entre los mismos protestantes a quienes intentaron violentarlos con actos vandálicos a propiedades y negocios.

Desmarque

El miércoles 3 Mark Esper, secretario de Defensa de Trump, rompió filas con su jefe rechazando la propuesta de militarizar las calles para disuadir y sofocar las protestas.

“La opción de utilizar a las fuerzas militares en servicio para la aplicación de la ley sólo debe ser utilizada como el último recurso en las situaciones más extremas y urgentes”, definió Esper, quien, contrario a Trump, dijo que las tropas están para defender los derechos civiles.

Momentos después de que hablara Esper, también lo hizo su antecesor, el general Jim Mattis, quien renunció al cargo en protesta por la orden presidencial de retirar las tropas de Siria en 2018.

“Donald Trump es el primer presidente que no ha tratado de unir al pueblo estadunidense y que ni siquiera ha pretendido intentarlo; en lugar de hacer eso, persiste en dividirlo”, manifestó Mattis en una declaración escrita que dio a conocer la revista The Atlantic.

“Estamos siendo testigos de las consecuencias de tres años de un esfuerzo deliberado de esto (dividir a la sociedad estadunidense), estamos atestiguando las consecuencias de tres años sin un liderazgo con madurez”, arremetió el general que goza de respeto entre los jefes del Pentágono.

Más que las palabras de Esper, las de su exsecretario de Defensa hicieron mella en el ego del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, quien por decreto constitucional tiene la prerrogativa, por encima de cualquiera, de militarizar su país.

En su cuenta de Twitter, Trump intentó denostar a Mattis al escribir que “es el general más sobrevaluado en el mundo al que le pedí su carta de renuncia con la que me sentí bien. Su apodo era Caos, que no me gustó y cambié por Perro rabioso”.

La descalificación de Trump a Mattis desató la irritación entre jefes militares en el Pentágono que denunciaron intentos de la Casa Blanca por politizar a las fuerzas armadas para fines electorales y ante una crisis social generada por el racismo de las fuerzas policiales civiles.

Agregando su voz a la de Esper y ­Mattis, y a la de sus antecesores Jimmy Carter y George W. Bush, el expresidente Barack Obama también expresó su simpatía por la causa de los manifestantes haciendo un llamado a las autoridades estatales a reformar a las agencias policiales.

“Las manifestaciones son una realidad de la movilización y organización de los jóvenes que han salido a defender y a buscar un cambio. Como sociedad hay que aprovechar el momento creado”, expresó Obama.

Todas las voces opositoras a militarizar los mecanismos de control y vigilancia de las manifestaciones, a diferencia de Trump, reconocen que el racismo sigue corriendo por la vena social del país.

El nuevo despertar contra el racismo y por el uso excesivo de la fuerza policial (que parece cíclico) entre la sociedad estadunidense, incrementó la esperanza de Biden y de los demócratas de poder arrebatarle la presidencia a Trump y a los republicanos.

El más obediente

William Barr, procurador general de Justicia, quedó expuesto al darse a conocer que fue él quien dio la orden de ataque a los manifestantes frente a la Casa Blanca y quien vigila las protestas en todo el país desde la sede del FBI.

Para poner fin a lo que él llama disturbios, saqueos y vandalismo, Barr monitorea las manifestaciones en todo el país y de manera especial las de Washington, Los Ángeles, Nueva York, Houston y Minneapolis.

En la capital, cuya imagen de orden y control es lo que quiere Trump se dé a conocer hacia el mundo, Barr se saltó a las autoridades locales y frente a la Casa Blanca y calles aledañas desplegó una fuerza antimotines que conglomeró a numerosas agencias federales.

Amén de los elementos de la Guardia Nacional, esparció sobre las calles de la capital a agentes del FBI, de la DEA y de la oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF), entre otras.

El Washington Post reveló que, para evitar denuncias civiles, Barr ordenó a los elementos de las diferentes agencias federales camuflarse con el equipo antimotines sin que se expusieran sus nombres ni el de la corporación a la que pertenecen, como manda la ley.

Así, los agentes del FBI, DEA y ATF libremente podrían vigilar, contener y filmar a los manifestantes, sobre todo a los que expusieran acciones de violencia para que, en caso de ser capturados, pudieran ser acusados de pertenecer a grupos extremistas e instigadores del caos.

El influyente rotativo capitalino destacó, por ejemplo, que la orden de Barr a la DEA fue examinar minuciosamente los antecedentes penales de cada uno de los detenidos para, en caso de que hubiesen cometido delitos relacionados con el uso de drogas, agregarles esas imputaciones.

Trump acusa a los organizadores de las protestas de ser anarquistas profesionales, pertenecer al grupo antifascista Antifa y ser escoria entre los criminales. En las redes sociales, con fotografías y videos también se ha evidenciado la participación en actos de violencia del grupo Boogaloo, al que se asocia con movimientos extremistas de derecha que apoyan al presidente.

La grieta

El creciente descrédito e impopularidad de Trump, según encuestas y analistas políticos de Estados Unidos, ha generado inquietud, incertidumbre y miedo al presidente y a los republicanos; temen ser derrotados por Biden y los demócratas en noviembre.

El 30 de mayo, una encuesta de The Washington Post sobre la tendencia electoral daba a Biden una ventaja de 10 puntos sobre Trump.

Tres días después la Universidad Monmouth dio a conocer su sondeo en el que establece 11 puntos porcentuales de ventaja para Biden, acentuando escenarios mayormente caóticos para el presidente.

La encuesta sostiene que en los estados que fueron clave para el triunfo del empresario en las elecciones de hace cuatro años, como Arizona y Iowa, el Partido Republicano ha registrado una importante caída en la popularidad.

En otra señal de alarma para Trump, el trabajo de la universidad recogió que el mandatario cuenta con respaldo de 52% entre la población masculina y blanca estadunidense, lo que representa una reducción de 5% en comparación con lo que tenía en 2016.

La grieta que se abre en el futuro político de Trump aumentó su ángulo de apertura con su respuesta y posición ante la revuelta social provocada por el trasfondo racista en el asesinato de Floyd, aunque su crisis política ya acarreaba otros pecados que no se borran con los militares en las calles.

Una gran mayoría de la población acusa a Trump de desdeñar las advertencias sobre la devastadora situación de salud pública que vaticinaba el coronavirus y que con muerte, contagios y desolación cambió para siempre la realidad del comportamiento cívico en su país.

Y están también los efectos negativos en materia económica del coronavirus que hasta el cierre de esta edición eran causa de que unos 43 millones de personas perdieran su empleo en las últimas 11 semanas, según estadísticas oficiales dadas a conocer el jueves 4.

Sin embargo, y en términos anualizados, el Departamento del Trabajo informó que en el quinto mes de este año hubo una reducción de 1.4% en la tasa de ­desempleo respecto al mes anterior; noticia sorprendente que Trump celebró en Twitter adjudicándose la estadística.

“Realmente un grandioso reporte laboral. Grandioso avance, presidente Trump (bromeando pero cierto)”, fue el primero de los ocho mensajes que escribió el mandatario en su cuenta de la red social.

La tasa anualizada de desempleo de mayo se ubicó en 13.3% frente a la de 14.7% de abril, y con ello echó abajo los pronósticos del mismo Departamento del Trabajo que había vaticinado una tasa anualizada de hasta 20% para el quinto mes de 2020.

Los electores estadunidenses, como lo demuestra la historia, votan en favor del candidato que les garantice estabilidad y bonanza económica, y castigan (de ser el caso) con su voto al presidente que busca la reelección si tiene un saldo negativo en el manejo macroeconómico.

Consciente y conocedor de ello, Obama exhortó a los jóvenes a retener y cultivar este momento que con el asesinato de Floyd los hizo salir a las calles para denunciar el racismo y despotismo que aderezan a la presidencia de Trump, como lo denunció el general Mattis.

En desafío a la posición de Trump, policías de diferentes ciudades endosaron las causas de los miles de manifestantes. Algunos oficiales hasta marcharon junto a las personas a quienes el presidente pretende controlar con su lema “Ley y orden”.