Pide al gobierno que invierta en ciencia para enfrentar mejor las emergencias sanitarias

Señor director:

A consecuencia de la pandemia causada por la covid-19 vemos en todo el mundo una enorme confianza en la ciencia y en las autoridades científicas, incluso en lugares donde se le atacaba hasta hace poco. En cambio, en otras latitudes –como en nuestro país– todavía se les ignora y se recortan presupuestos para educación e investigación científica. 

En Irán cerraron todas las mezquitas, en Israel todas las sinagogas y la Iglesia católica pide en todo el mundo que la gente no asista a las iglesias. Es más, el papa oficia misas sin feligreses en el Vaticano y a varios metros de distancia de su más cercano colaborador. ¿Por qué? Porque los científicos recomendaron parar de congregar a gente en esos lugares “sagrados” para contener la pandemia. 

Como se ve, hasta los fundamentalistas religiosos en tiempo de crisis confían en la ciencia sobre cualquier otra cosa. Esperamos que la gente, en particular las autoridades, recuerde esto cuando la crisis pase y la ciencia nos advierta de los peligros del cambio climático o de la construcción de obras que dañan brutalmente el ambiente, como el Tren Maya, la minería destructiva, el rompimiento hidráulico para extraer petróleo y el establecimiento de centrales termoeléctricas con tecnología obsoleta, por mencionar solamente algunas. 

Las autoridades y los políticos deberán tomarse muy en serio lo que dicen los científicos respecto de estas y otras cuestiones de vital importancia para la sociedad y para el medio ambiente, deben entender cuáles son los beneficios de una buena educación y, en particular, de la popularización y desarrollo de la ciencia.

En un pueblo educado las noticias falsas y las teorías de la conspiración acerca del covid-19 no tendrían los efectos que tienen en México, y ni el gobierno ni los medios de comunicación tendrían que gastar recursos y tiempo para desmentirlas. La gente sería capaz de discernir entre una noticia genuina y una falsa y éstas no encontrarían terreno fértil para causar estragos. También la gente sabría la diferencia entre un virus y una bacteria.

Según un artículo publicado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), en su revista Investigación y Desarrollo del 23 de enero último, desde hace 10 años (desde la crisis de 2009/2010 causada por la influenza) la capacidad de México de hacer investigación en virología es “limitada”, por usar un eufemismo. 

En particular, dice el doctor Carlos Arias Ortiz, del Instituto de Biotecnología de la UNAM, a quien se refiere el artículo en cuestión, no hay nadie en México que sea especialista en coronavirus. Desde la pandemia de la influenza hasta la de la covid-19 han pasado 10 años que podrían haber servido para multiplicar la población de científicos dedicados a la virología (150 en un país de 127 millones de habitantes).

Sin embargo, la situación es de una precariedad digna de un país subdesarrollado con autoridades indolentes. La propaganda oficial siempre pregona la maravilla que es México y las maravillas que son los mexicanos, pero no invierte lo suficiente en ciencia para beneficio de los habitantes de este país aunque, a decir del doctor Arias, se trate de un tema que debe considerarse de seguridad nacional. 

Las enfermedades virales emergentes y reemergentes requieren de un conocimiento profundo de virología y se colige de una serie de temas afines, como epidemiología, estadística, probabilidad, modelación matemática y simulación, por mencionar solamente algunos.

Recientemente salieron dos convocatorias para financiar proyectos de investigación en virología, poco oportunas, pero muy oportunistas: una es del Conacyt y otra de la UNAM para investigar sobre covid-19, en las que se ve claramente que la intención no es resolver nada más que lo que pueda decir la opinión pública en el corto plazo y, probablemente, para hacer investigación en virología a mediano y largo plazos. 

La investigación científica, lo saben bien las autoridades, no se improvisa de un día para otro ni de un mes a otro, como si fueran hospitales de campaña o carpas de acopio de despensas. Hay que tener una visión a futuro para preparar a la sociedad para enfrentar este tipo de retos. Esperamos, como se dice al principio de esta carta, que se tome en cuenta el valor de la ciencia, de la adquisición de conocimiento serio y no basado en creencias mal fundamentadas. 

Eso lo entienden hasta los fundamentalistas religiosos a los que me refiero al principio. Esperemos que a las autoridades mexicanas no les cueste trabajo entenderlo y retiren su propuesta de extinción de los fideicomisos de ciencia y cultura.

Atentamente,

Luis Javier Álvarez