Entre las muchas opciones de cine en internet, 10 000 Kilómetros (España, 2014) aparece como la aguja en el pajar, una de esas películas que se le habrá escapado a muchos cinéfilos.
La plataforma de RTVE (Radio y Televisión Española) ofrece gratis decenas de películas hispanas, Almodóvar incluido; además de sorprendente, este primer largometraje del catalán Carlos Marques-Marcet funciona con el medio más de moda en este momento, el internet como plataforma de comunicación en la intimidad de la pareja, lo que se gana y lo que se pierde por este canal.
En 10 000 Kilómetros, título casi incómodo que de entrada sugiere poco, el indeclinable Skype es protagonista, o por lo menos hace del “tercero” en el dramático episodio de la vida de la pareja treintañera formada por Sergi (David Verdaguer) y Alejandra (Natalia Tena), y separada justamente por 10 mil kilómetros, ella en Los Ángeles, California, y él en Barcelona.
La trama es simple como problema de geometría euclidiana: Después de vivir varios años juntos, Alejandra, inglesa, recibe la invitación vía email, por supuesto, de un año de residencia artística en Los Ángeles; Sergi la anima a aceptar, aunque es obvio que le cuesta la separación, sobre todo que ella haya tramitado el asunto sin consultarlo.
La de ellos es una pareja moderna, Sergi quedaría como macho troglodita si se opusiera; luego de un incipiente jaloneo de juegos de chantaje –entre que un año separados es demasiado, sobre todo si queremos tener un bebé, y ella de si quieres mejor no me voy–, los 10 mil kilómetros se instalan cómodamente, y por la camarita de la compu Alejandra le muestra al detalle el departamento que le tocó, así que el espectador también se aposta en posición de mirón.
El lugar de éste lo impone el director desde la primera y larga toma fija: La pareja acaba de despertar y hace el amor, no hay descubrimiento ni seducción, se ve que para ellos no hay sorpresa, así han funcionado seguramente por años, y no la pasan mal; lo notable en esta exposición de intimidad es el trasfondo, el subtexto que revela los problemas de relación entre ellos y de cada uno consigo mismo. Cuando se impone la distancia, la pareja dispone ya de una habla propia para verse por medio del Skype, compartir novedades y mantener la noción de normalidad, algo así como juntos en la distancia.
Pero la premisa de que el Skype sustituya el contacto físico y la presencia tangible es ilusoria, la comunicación simultánea en el ahora resulta que no tiene un aquí; la distancia es una herida, y abre esa que disimula, o perdona, la cotidianidad con lo cercano.
Marques-Marcet orquesta una intensa dinámica de relación amorosa dentro del espacio cerrado de la intimidad, de esa que intenta minimizar miles de kilómetros; la video-comunicación, la imagen del ser amado, y deseado, está viva en el monitor de la computadora, pero cosificada porque es meramente virtual. Los recursos se agotan, brindis y bailes a distancia, novedosos al principio, cansan tanto como el sexo por internet. Notable la escena de sexo virtual que instala la misma mecánica de la primera escena, su fuerza y sus límites.
En realidad, los kilómetros del título de la cinta son traducidos por el director en tiempo –el transcurso de ese año–; ahí establece el ritmo de los días con su repeticiones, sorpresas, explosiones y agujeros negros.








