La Primera Guerra Mundial trajo, entre otras mucho mayores calamidades, una merma realmente considerable de las representaciones artísticas y la desaparición de las grandes orquestas sinfónicas.
A la situación bélica se agregaban los estragos que causaba la llamada fiebre española. Los artistas y creadores se las vieron negras y tuvieron que buscar, ingeniárselas y encontrar nuevas formas de sobrevivencia. Las tradicionales, conocidas y acostumbradas ya no funcionaban, por lo menos no momentáneamente. La situación, salvadas las distancias, es similar a la que están pasando la mayoría de nuestros artistas, creadores y promotores culturales hoy y aquí debido a la pandemia.
Fue en medio de esas circunstancias que uno de los grandes músicos del siglo XX, Igor Stravinsky, ideó, compuso y llevó a escena una obra que auténticamente revolucionó al mundo de los espectáculos culturales de alta calidad, La historia del soldado (L’Histoire du Soldat en el original).
La carencia de recursos obligó a Stravinsky a olvidarse de sus grandes producciones anteriores, como La consagración de la primavera y El pájaro de fuego, e idear un nuevo tipo de música que, diciendo todo lo que él quería, pudiera expresase a través de unos muy pocos instrumentos, siete concretamente en este caso (violín, contrabajo, fagot, clarinete, trombón, trompeta y batería –percusiones–).
A esto debía aunarse una historia que gustara al público, fácil de contar y subir a escena, con pocos actores (tres específicamente: el violinista, el diablo y la princesa) y casi nada de parafernalia para que, todo junto, pudiera moverse fácilmente de una locación a otra y presentarse prácticamente en cualquier lugar. Esa historia la proporcionó, creándola, un amigo del compositor y prestigiado escritor, Charles Ferdinand Ramuz, quien se basó en una serie de antiguos cuentos rusos a los que suavizó la característica nacionalista para convertirla en universal.
Con La historia del soldado, sin proponérselo, sus autores contribuyeron a acuñar el término “Música de Cámara”, creada en el siglo XX con la connotación que ahora le damos. De alguna manera también contribuyó a la designación de Teatro de Cámara.
La idea que el compositor empezó a pergeñar un par de años antes –dada la situación económica general imperante–, cristalizó al fin en el Teatro de Lausanne el 29 de septiembre de 1918, y su estreno debía marcar el inicio de una gira por algunos países, pero la guerra impidió el propósito pese a que acabó apenas un par de meses después, en noviembre. La dirección musical del estreno y única función (porque ya no se repitió sino hasta 1924), estuvo a cargo de otro grande que también se hizo cómplice entusiasta del experimento, el maestro Ernest Ansermet.
Una modalidad inédita del espectáculo con los músicos sobre el escenario y siendo igualmente actores, con una nueva y diferente forma de hacer música (síntesis de la orquestal), nació con La historia del soldado, y allí quedó.
A 100 años de su estreno, en 2018, nuestra Orquesta Sinfónica Nacional ofreció una muy interesante versión que hay que recomendar y que, dada la cuarentena, puede disfrutarse gratuitamente ingresando a su página electrónica.








