Ai Weiwei: “Vivos”

El punto de partida tiene una fecha precisa, el desenlace brumoso, una tierra de dolor: Vivos (Alemania-México, 2019) abre con un camino rural cubierto de neblina por donde pasa uno que otro vehículo, visión confusa con la que Ai Weiwei evoca ese 26 de septiembre de 2014, cuando un grupo de estudiantes que viajaba en un autobús fue detenido por la policía y por grupos de enmascarados. Algunos fueron ahí mismo asesinados, y de 43 desaparecidos hasta el día de hoy no se sabe dónde quedaron. Una niebla de mentiras es el espacio por el que Ai se desliza para montar este documental.

Sólido, artista colosal, como la instalación que hizo con las 90 toneladas de acero recuperadas de las escuelas derrumbadas en el terremoto de Sichuan –donde desaparecieron miles de niños cuyos padres nunca recuperaron los cuerpos–, Ai Weiwei ha experimentado injusticias, represiones, golpes, prisión por parte del gobierno chino. Creador original, su obra resuena en la lucha contra la opresión del poder, y él nunca se muestra complaciente ni siquiera con los países que lo invitan y apoyan; en Human Flow (Flujo humano), por ejemplo, denuncia la crisis de migrantes en Europa, esa misma Europa que lo consiente y admira.

Vivos no es el tipo de documental de investigación donde se plantee un problema, se analicen causas y se llegue a conclusiones, lo que hace es captar el ambiente afectivo que provoca la incertidumbre constante de las familias, el enojo contra las autoridades que ofrecen versiones inverosímiles de los hechos, cosa que instancias internacionales critican abiertamente. El duelo imposible de familiares y amigos produce un flujo espeso de miedo y desolación, y sobre esa pérdida pantanosa la gente tiene que incorporarse a la vida diaria. La cámara capta el limbo en el que viven los familiares de los desaparecidos.

Ai, quien creció exiliado con sus padres en la frontera con Mongolia durante la llamada Revolución Cultural, sabe qué es vivir día a día en la impotencia bajo el abuso de poder, la tortura de esperar que el tormento acabe, como estos padres que mantienen vivos a sus hijos, “vivos se los llevaron, vivos los queremos de regreso”; el lema, el lamento de esta agonía interminable será uno de los más dolorosos de la historia del México contemporáneo. Ai Weiwei es un tipo forjado en realidades tan crudas como ésta, pero compadece de corazón a estas madres y hermanas que se han convertido en activistas políticas, organizan marchas y reclaman la atención nacional e internacional.

En esa condena a trabajos forzados donde él y sus padres tenían que hacer ladrillos con las manos cada día, Ai nace como artista para sobrevivir y dar sentido al sinsentido de un mundo totalitario; impresiona, en casi todo su trabajo, la capacidad para fabricar obras monumentales y posteriormente destruir lo que hace. Ellas nacen de una especie de colisión titánica del poder contra las fuerzas más humanas, la fe y la creatividad.

En este sentido, Vivos sería un trabajo atípico de Ai porque interviene poco, construye menos y permite que las cosas fluyan por sí mismas; pero a lo largo del documental el espectador capta la fascinación del ojo del artista frente a los paisajes, el interior de los hogares, la mezcla heterogénea de objetos, adornos, altares, muros con fotos y colores, instalaciones espontáneas en la forma de vida de estas familias mexicanas.

Vivos puede verse ya sea en Ambulante en casa, o en diferentes sitios de internet; ojalá pronto ya pueda disfrutarse en el cine o en DVD.