La pesadilla del cine

Cualquier cinéfilo estaría de acuerdo en opinar que la peor película será la que no haya, tal como llegar a una sala de cine vacía sin programa de exhibición alguno. Mal acostumbrados, sin embargo, al privilegio del exceso de producción cinematográfica, le hemos hecho fuchi al cine comercial, al melodrama o a los efectos especiales, ya desde la época de Méliès.

Desde que nació, el cine no ha faltado, incluso durante los grandes conflictos del siglo pasado se producían y distribuían películas; aun como propaganda, cine y salas había siempre.

Ahora sí, en esta aldea global, según la etiqueta del canadiense Marshall McLuhan para describir un mundo conectado por la tecnología de los medios, las salas de cine se hayan cerradas, o por cerrarse, en casi todo el planeta; los complejos cinematográficos, que salvaron al cine cuando se pronosticaba su muerte porque se imponía la televisión como forma de entretenimiento, se apagan. Si bien se espera que estas medidas draconianas sean pasajeras, nadie habría imaginado esta pesadilla hace unos meses.

Cuáles serán las consecuencias y en qué condiciones quedará el cine en términos de producción y exhibición, es difícil predecirlo; por optimista que se quiera ser, el futuro parece lúgubre si se piensa en los miles de rodajes detenidos en los principales países productores, las pérdidas billonarias, los desempleados –no los ricos, sino los trabajadores en todos los reglones de la industria de este medio, otrora tan socorrido–. ¿Quién habría imaginado Bollywood, ese universo de entretenimiento de la India, más pujante que el mismo Hollywood, hoy paralizado por completo?

La tele como solución es demasiado obvia para ser la adecuada; afortunadamente, sistemas de exhibición como el ineludible Netfilx se han diversificado y ofrecen películas, incluso las producen, como es el caso, afortunado, de Roma, de Alfonso Cuarón, pero en sí las series son antitéticas al cine, su universo es diferente. Una película exige verse de principio a fin, en una sola sentada, aun cuando se vea por etapas, al gusto de quien tiene el control del DVD, algo que equivale a entrar y salir de la sala de exhibición. La serie, en cambio, ocupa el lugar de la novela en el siglo XIX, un cosmos que el televidente llega a habitar por meses, hasta por años. Como espectáculo, el cine es naturalmente más afín al teatro.

El internet resulta más adecuado como opción para ver cine, ya sean las exhibiciones en línea que controlan horarios y entradas, o sitios con tarifa, y archivos cinematográficos de institutos y universidades. Una alternativa fácil y copiosa es YouTube, donde se puede acceder a cantidad de cintas de todo género y época, en diferentes idiomas y con posibilidades de subtítulos; no siempre la calidad es buena, pero normalmente es visible, y YouTube exige una labor de arqueólogo, o de coleccionista, como tratar de desempacar la biblioteca de Walter Benjamin. Enorme deficiencia en el servicio de Netflix, por ejemplo, es la falta de un archivo de películas clásicas.

Y claro, nada se compara con la experiencia de recurrir a las colecciones de DVD, acumuladas por años de bulimia por adquirir todo lo que se quería ver, o ver una y otra vez; en estos tiempos de vacas flacas de cine habrá que poner en orden las colecciones, descubrir y compartir con otros lo mejor y lo peor: El caso es que el cine circule y viva.