La crisis y sus incertidumbres

Momentos de incertidumbre que nunca habíamos enfrentado con tanto pavor. El ingreso a la Fase 3 del covid-19 ocurre mientras se hacen evidentes tres grandes problemas: la agresividad de la pandemia, lo devastador de sus consecuencias económicas y el dislocamiento de las instituciones que debían proporcionar confianza y apoyo. 

Esos problemas interactúan entre sí, según las circunstancias particulares de cada país, cada gobierno, cada comunidad. La pandemia ha tenido consecuencias dramáticas en las grandes urbes, como Nueva York, o en países tan atractivos por sus bellezas artísticas como Italia. Los sistemas hospitalarios ahí se han visto rebasados. Los dilemas que enfrentan son escalofriantes: ¿Cómo decidir a quién le doy el respirador que necesita para sobrevivir, cuando sólo tengo uno y lo solicitan cinco? La bioética reaparece como una disciplina indispensable para la impartición de servicios médicos. Pero no estamos listos para concebirla, encontrar respuestas y aceptarlas. En México ha circulado un primer borrador al respecto que despertó de inmediato indignación y divisiones. 

Las consecuencias económicas son incalculables. Numerosos estudios del FMI, Banco Mundial o la Cepal coinciden en predecir una seria recesión. Se evocan los efectos de la Segunda Guerra Mundial o la famosa recesión de los años treinta del siglo pasado.

En efecto, desde que a mediados de marzo se decidió por el distanciamiento social y el confinamiento en las casas, la economía paró bruscamente. Al cerrar actividades que producen servicios, principales generadoras de empleo, cientos de millones de trabajadores han quedado desocupados. Grandes corporaciones, como la industria automotriz, se han paralizado parcialmente. Está en duda el número de compañías aéreas que podrán sobrevivir. Difícil predecir cuándo se normalizará el turismo. Aventuras de gran lujo, como los cruceros, ya perdieron todo su atractivo. Sin embargo, su llegada a pequeños países proporcionaba ingresos indispensables. 

Los programas de rescate, cuando son posibles, han comenzado a funcionar. Tienen lugar en países ricos y despiertan enormes dudas sobre su durabilidad y lo que se podrá rescatar cuando haya terminado la crisis. Los países de África o América Latina, donde la fase más seria de la pandemia apenas se inicia, encontrarán una situación aún más grave. 

En el terreno político las consecuencias son múltiples. Se advierte en las tensiones y diferencias entre diversos niveles de gobierno. ¿Quién manda, en el caso inesperado de una pandemia: el gobierno central o los gobiernos locales? Las respuestas vienen de muy diversas maneras. Se subraya que no haber respondido a tiempo, poniendo en peligro miles de vidas, se debió a la imposibilidad de decretar medidas que no se podían imponer a las autoridades locales. El caso de Italia se ofrece como un buen ejemplo. 

Como contraejemplo, el gobernador de Nueva York asume todas las atribuciones posibles para conducir la cooperación internacional, fortalecer la débil capacidad hospitalaria de la ciudad más famosa del mundo y oponerse a la posibilidad de reabrir actividades económicas apresuradamente, como lo viene solicitando el presidente Trump.

La discusión llega a niveles más complejos: autoritarismo versus democracia. A nadie escapa que la región donde ha tenido mayor éxito el combate a la pandemia es Asia, en particular China. Un régimen conocido por su autoritarismo permitió un confinamiento estricto que nadie puso a discusión. Utilizó, también, mecanismos de identificación y seguimiento de casos de contagio gracias a la información obtenida a partir de dispositivos de uso personal, como el teléfono celular. Difícil negar lo acertado de las medidas tomadas, así como no dar reconocimiento al conocimiento y la capacidad para ejecutar lo que era necesario. 

Sin embargo, el tema se politiza y lleva rápidamente a evocar los derechos humanos, la defensa de la privacidad y la crítica al autoritarismo. El extremo, comprensiblemente, lo encabeza Trump cuando acusa a la OMS de favorecer a China, hacer acusaciones sobre su responsabilidad al haber dejado avanzar el “virus chino” y empeñarse en pedirle a ese país compensaciones económicas para todos los que han resultado afectados. Increíble manipulación de los hechos, mala fe e ignorancia. Pero quizá bien vista por algunos de sus electores que festejan la suspensión de contribuciones financieras de EU a una institución tan necesaria como la OMS.

Algunos de los problemas citados están presentes en el caso de México con una agravante: el país se está polarizando aceleradamente. La posibilidad de que López Obrador aprovechase el momento para cohesionar a la población en torno al combate a la pandemia se ha esfumado. Su manera, para algunos pintoresca y para otros reprobable, de comportarse frente a recomendaciones universalmente aceptadas, como el distanciamiento social, han producido enorme enojo. A ello se ha sumado su franco enfrentamiento con los empresarios, que se manifestó en su conocido discurso del 5 de marzo, cuando ignoró completamente las sugerencias que aquellos le habían hecho llegar. 

El resultado ha sido la acelerada caída de su popularidad. Según encuestas recientes (Mitofsky, abril de 2020) la aprobación del presidente cayó de 66.3% a 46.6%. La desaprobación proviene de grupos con mayor información y poder económico: estudiantes, profesionistas, empresarios. Son quienes mayor influencia tienen en medios de comunicación impresos, digitales, televisivos y radiofónicos. No es extraño que sus puntos de vista se reflejen también en la prensa internacional. Las críticas a la falta de seriedad de AMLO para enfrentar la crisis sanitaria y sus consecuencias han recibido múltiples menciones adversas, colocándolo, frecuentemente, al lado del muy mal visto presidente brasileño, Jair Bolsonaro. 

Nos aproximamos así a uno de los momentos más difíciles de la época contemporánea. Sabemos que, al igual que en la mayoría de países, nuestro sistema hospitalario no está preparado para lo que viene. Múltiples debilidades, como la carencia de equipo y la falta de protección al personal médico, ya están a la vista. Queda confiar en un grupo de profesionistas que tiene conocimientos y experiencia, no así los recursos necesarios.

Las consecuencias económicas son enormes y no se ha elaborado un programa viable y efectivo de rescate de actividades productivas y protección de millones que están desamparados. El descontento se hará presente de formas imprevistas, muy posiblemente caóticas, violentas y de enorme impacto. 

No obstante, siempre queda algo de esperanza. El acuerdo reciente con los hospitales privados ha sido muy buena señal. No es imposible un golpe de timón que permita a la 4T estar a la altura de las esperanzas que muchos depositaron en ella. No es imposible que quienes polarizan por el otro lado, entiendan la urgencia de conciliar y propiciar solidaridad. Mientras, el país está en vilo.