“Ema”

Por el título, mera conjetura, Pablo Larraín aludiría a una de las protagonistas más rebeldes de Jane Austen, o incluso a la soñadora, insumisa a su manera, Emma Bovary. Si el director, que mejor ha explorado en su cine el impacto de Pinochet, sí pensaba en esas heroínas románticas, entonces Ema (Chile, 2019), que busca su lugar propio en una sociedad dominada por fantasmas masculinos, renace con la fuerza de un dragón.

Ema (Mariana di Girolamo) arroja fuego con un lanzallamas contra el cielo de Valparaíso, incendia lo que encuentra, pirómana implacable cuya arma principal es el erotismo con el que arde a quienes la rodeen. Ema es bailarina; su marido, el coreógrafo Gastón (Gael García Bernal), mayor que ella y estéril, metáfora consciente o inconsciente de un sistema patriarcal que pierde su fuerza generativa. 

La pareja había adoptado un niño colombiano, pero Ema lo devuelve porque el chico también quema el entorno sin control, la cuñada se halla hospitalizada víctima de estos arrebatos; quizá Ema le enseña lo único que sabía. Se nota que la relación entre ella y Gastón está por extinguirse; Larraín ilustra el conflicto visual y dramáticamente con el enfrentamiento de dos coreografías, Ema con su grupo de bailarinas, alucinante visión punk, o reguetón, donde los cuerpos femeninos arden en llamas eróticas, verdadera danza del fuego que Gastón (García Bernal más sólido que nunca) ataca con su coreografía propia y un discurso contra el reguetón, anticuado y moralista.

No es nueva la crítica feroz de Pablo Larraín contra el autoritarismo representado por Pinochet: NO (2012) lleva en el título la rebelión contra la dictadura; en El club (encubrimiento a curas pedófilos); Tony Manero (2008), un Travolta chileno en la época de Pinochet, sería un antecedente de Ema, claro, ancestro lejano porque esta mujer en llamas que condensa la rebeldía de la reacción femenina de hoy en día es un salto evolutivo en la obra del realizador chileno.

Y, por supuesto, aquí no tiene sentido discutir la cuestión, a favor, o no, del derecho a apropiarse de una identidad de género, como argüiría alguna tendencia recalcitrante. Ema es la visión, 100% ciento masculina, de un gran cineasta latinoamericano, que, como declara en una entrevista para El país, sólo entiende el cine como una bola de fuego; así, como afirmaba Flaubert de su propia Emma, Larraín diría “Ema soy yo”.

Además de tratarse de una película innovadora visual y políticamente, Ema, dirigida por un hombre, y escrita por tres, representa el intento de artistas y creadores por entender y plasmar el impacto que producen las formas nuevas de expresión de la mujer, el rechazo a someterse al abuso patriarcal, y más allá de la rebeldía, la capacidad femenina de sorprender con propuestas innovadoras, como lo hace esta Ema latinoamericana.

Existe un abismo entre la Betty Blue, la fascinante pero incomprensible rebelde del cine de los ochenta, que termina explicándose por un tumor cerebral, y la Ema de ahora que sorprende por su fuerza e inteligencia.