Eduardo Sarmiento Gutiérrez, miembro fundador del Observatorio Filosófico de México (OFM), vocal del consejo directivo de la Asociación Filosófica de México y miembro de la Red Iberoamericana de Filosofía, resalta que “la propagación de la pandemia no sólo ha trastocado y desfigurado el ámbito de la salud (pública y privada), también todos los órdenes de la vida humana: la política, la economía, la moral, la ciencia, las artes, la religión y la comunicación, en fin”.
Aclara el además corresponsable del Centro de Documentación en Filosofía Latinoamericana e Ibérica (Cefilibe) de la UAM-Iztapalapa y profesor de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García:
“La salud en sí misma no la atiende la filosofía, sí las consecuencias y efectos sociales y humanos que conlleva su ejercicio.”
Detalla:
“Cuando vemos que los países cierran sus fronteras no es sólo una medida sanitaria para frenar el contagio, también implica problemas éticos y filosóficos en tanto que se agudizan los asuntos raciales, de identidad y género. Entonces, estamos ante una crisis que arroja múltiples interrogantes que deben clarificarse y explicarse con el filo crítico que conlleva la filosofía.”
Realza que se requiere hablar de cómo vive este momento la sociedad en su conjunto y, desde luego, a nivel individual:
“¿Cuál es nuestra disposición ante un fenómeno de esta naturaleza que desvela a todas luces nuestra fragilidad como especie? ¿Cómo se vive el confinamiento en los hogares? ¿Por qué se agudiza la violencia contra las mujeres con la imposición de la cuarentena? Es en el fondo de estas y otras inquietudes donde encontramos un problema filosófico de primer orden: el sentido de la vida y la muerte. Me parece que el covid-19 ha exhibido la idea tan pobre que tenemos sobre la muerte y, por consiguiente, de la vida. No obstante, la reflexión sobre ello hace posible una definición más profunda de lo que somos como cultura y una comprensión más adecuada de nuestros modos de vida y de relacionarnos en el presente y hacia el futuro”.
Sarmiento Gutiérrez, nacido en la Ciudad de México, razona enfáticamente:
“De tal manera que no sólo hablamos de problemas éticos y políticos que surgen de la toma de decisiones para enfrentar la pandemia. De lo que se trata es de saber el significado profundo de esta crisis. Y para ello también entran en juego la filosofía de la ciencia, la filosofía del lenguaje, la filosofía política, el feminismo y la bioética, etcétera.”
Preguntas, claridad y certezas
–Ante la situación, ¿cuál debe ser el papel de los filósofos?
–Si una población humana decide saber si está o no infectada por el covid-19, más vale que busque un médico y atienda toda clase de recomendación que ofrezcan las y los epidemiólogos. Y si esa misma población intenta comprender las implicaciones y afectaciones para los órdenes de la vida humana, más vale que busque a humanistas, filósofas y filósofos, como a científicos sociales. Podríamos preguntar: ¿Para qué queremos tener salud si no sabemos qué hacer con ella, es decir, si no sabemos cómo darle un sentido?
“Las reflexiones y discusiones que posibilitan las filósofas y los filósofos casi no son tomadas en cuenta, al menos en México. Por lo demás, no hay que dejar de insistir en que, ante un escenario como el actual, en el que prevalece la incertidumbre y la norma es ‘sálvese quien pueda’, se requiere de las filósofas y los filósofos para repensar cómo ha sido afectada esa totalidad llamada realidad (natural y social) o, si se prefiere, cómo ha sido sacudida la humanidad en todas sus entrañas por la propagación de un minúsculo virus y, por tanto, cómo se alteró el conocimiento que tenemos sobre nosotros mismos y nuestras relaciones. Y no menos que nuestros hábitos y costumbres.”
Existe –relaciona– una lista considerable de filósofas y filósofos que se han dado la tarea de analizar severamente el entorno que estamos padeciendo:
“Ahí están, por ejemplo, las atinadas críticas y profundos análisis de la estadunidense Judith Butler y del inglés David Harvey hacia las políticas de salud bajo el horizonte del capitalismo, que muestran el fracaso de algunos Estados para responder a la emergencia o, más aún, cómo, bajo el mismo contexto, se agudizan problemas como la violencia contra las mujeres, a la vez que se fortalecen los sistemas de explotación capitalista en las zonas afectadas por la pandemia.”
Rememora lo que el español José Ortega y Gasset decía: “La claridad es la cortesía del filósofo”, y después comenta que el hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez reformuló tal afirmación: “La crítica es la cortesía del filósofo”. Sigue:
“Las reflexiones y las discusiones que posibilitan las filósofas y los filósofos hoy día están motivadas por ese afán de alcanzar la verdad. Y también, dentro de ello, descubrir las contradicciones que entraña la misma realidad. Y eso es, quizá, lo que las personas necesitan ahora: claridad y certezas.”
Y es que, destaca, nada es claro:
“Estudios de la UNAM y la ONU muestran que la tuberculosis se encuentra entre las 10 causas principales de muerte en el mundo. De acuerdo con ello, en 2018 enfermaron 10 millones de personas, de las cuales 1 millón y medio mil fallecieron a causa (entre ellas, 251 mil personas con VIH). El segundo caso es el aumento de mortalidad por enfermedades respiratorias. ¿Por qué si hay otros virus y enfermedades más letales y en ascenso (como las respiratorias) se han tomado medidas drásticas con el covid-19 siendo que es prevenible y curable?”.
De lo complicado de un encierro en el hogar tantos días, explica:
“El ser humano, parafraseando a Aristóteles, es un animal de costumbres. Y si bien es cierto que también tiene la capacidad de adaptarse a diferentes circunstancias, la pandemia es un acontecimiento que ha violentado lo ordinario, la rutina y las formas de reproducción material y moral de los seres humanos. El hecho de romper con su cotidianidad de forma abrupta coloca a las personas en una situación crítica. Lo hemos visto en las últimas semanas con el mensaje que mandan los funcionarios: ‘¡Quédate en tu casa! y x número de fallecidos, de contagiados’… en fin.
“Acto seguido la gente entra en pánico y ansiedad. Su primera acción es comprar masivamente. El sistema económico cumple su cometido: Generar una expectativa de seguridad en el acto del consumo. Las personas son absorbidas por el mercado, instancia suprema, y pierden su autonomía.
Concluye:
“La gente tiene miedo, dudas e incertidumbre. Es impelida por la desilusión, la frustración y la desesperanza. Sabe que algo pasa pero no comprende el porqué. Hay sobreinformación. Exige respuestas inmediatas. Se imponen ciertas medidas sanitarias, pero sin las medidas efectivas para tratar esos problemas emocionales”.








