La abyección

En un libro fundamental y por desgracia olvidado de Manuel Calvillo, El libro del emigrante, hay un poema que expresa el alma de la abyección, “De la Epístola III”, un poema que, según su hijo Tomás, denuncia, bajo un sutil y penetrante enigma, la relación entre Carlos Fuentes (el yo poético que habla en el poema) y Luis Echeverría, representado en César Augusto, el primer emperador romano, al que el yo poético se dirige: 

“Tuyo es el atributo de la verdad de manifestarnos lo cierto y lo falso,/ aunque a veces callas o disimulas o hablas en acertijos/ Nos proteges –¡tu prudencia es tanta!–de la mentira y de la verdad./ Tuyos son los veredictos de la justicia,/ los que nadie prodigó más en la severidad y la clemencia./ Tuyos son el poder y la gloria, y te celebramos, yo, el más constante de todos, en exaltados epinicios/ Tú, benévolo, recogiste dos hexámetros míos para grabarse en la columna que ya te conmemora./ Tuya es la munificencia, y abrumas a quienes te loamos./ Tuya es la hospitalidad más indulgente./ Un día, después de leerme lentamente en voz baja, me dijiste:/ Mientes./ Y sonreías./ Lo sé, lo saben todos, ellos, cuya envidia me cerca y cuya solicitud te acosa y te agobia./ Los otros, tus enemigos, me hostigan y me desprecian,/ y aunque desde hoy te infaman, esperan su hora, la de tu abatimiento o tu muerte./ ¿Mas quién, oh Augusto, quiénes borrarán de la memoria del Lacio tus hazañas, y mi Oda I y mi Epístola II?.”

La abyección –abandono a la humillación– ha recorrido la historia de la humanidad. Es lo contrario de la dignidad (respeto de sí). Se da entre quien detenta el poder y quienes crecen a su sombra. Algunos –escribió Frank Zappa en una de sus ácidas canciones– confunden estar arrodillados con estar empinados.

Hay, sin embargo, culturas más abyectas que otras. En México, la abyección tiene una historia larga. El PRI la cultivó y la inoculó en la vida política moderna con fruición. La sabiduría popular la resumió en un breve cuento: “¿Qué hora es?” “La que usted diga, Señor Presidente”. Alguna vez mi padre me contó que, durante un mitin de López Mateos, escuchó a un líder sindical gritar: “¡Con usted hasta la ignominia, señor presidente!”.

Esa forma de la abyección ha vuelto, con esa vileza, a reaparecer en la 4T. El silencio medroso que guarda el gabinete ante las improvisaciones del presidente y el acatamiento bovino de sus órdenes que, sin medir costos, se apresura a cumplir al pie de la letra, a veces sobreinterpretándolas, son de esa naturaleza. Los son también las expresiones que algunos, cercanos a él, expresan públicamente sin recato alguno. Ya habíamos escuchado al padre Solalinde celebrar a AMLO con este exaltado epinicio: “Yo creo en mi presidente, en quien puedo ver la presencia de Jesús caminando con su pueblo”. Ahora, con la emergencia del covid-19 se multiplican en hombres de cultura superior. Cito dos conocidas: “La fuerza del presidente es moral, no […] de contagio”, dijo con fervor el subsecretario de Promoción y Prevención de la Salud, Hugo López-Gatell, dándole rango científico a las imprudencias sanitarias del presidente.

Días después, en el programa de televisión que comparte con la escritora Sabina Berman, el doctor en sociología política y derecho John Ackerman confirmó el diagnóstico: “López Obrador es el científico, el secretario y el subsecretario de Salud están siguiendo las instrucciones del presidente de la República”. Si hubo una ciencia alemana con Hitler y otra soviética con Stalin, por qué no habría también una mexicana con un hombre en el que Solalinde dice mirar al mismísimo Jesús. El propio presidente, después de haber despreciado e insultado a las víctimas, comete un acto abyecto al presentarle públicamente sus respetos a la madre de un victimario.

Es difícil que la abyección entienda el lenguaje de la razón. Incluso genios como Heidegger y Neruda (“Oda a Stalin”) sucumbieron a ella. El abyecto se ciega voluntariamente obnubilado ante quien, paradójicamente, cree sacarlo de la inmundicia donde imagina habitar.

La abyección, al mismo tiempo que genera odio, también produce desconfianza en las acciones del gobierno. Cuesta trabajo confiar en un médico que pone por encima de su saber la imagen de un presidente que, a fuerza de moral, se volvió inmune.

Al exaltar hasta las desmesuras más atroces a un presidente sordo, terco y errático, al dividir a la nación en puros e impuros (en focos de contagio, los “fifí”, que trajeron el virus del extranjero y en seres inmunes, que son los pobres, dice la sabiduría científica y morena del gobernador de Puebla, Miguel Barbosa), la 4T, lejos de generar la unidad y las directrices que necesita la nación, crea desconcierto, polarización, fobias clasistas y caos, cuyas consecuencias, cuando el covid-19 haya sido controlado, serán, como ya se anuncian, desastrosas para todos. La intrusión repetida una y otra vez, el hilar continuo del lenguaje de la abyección, lo único que muestra es el desprecio de la 4T hacia la complejidad de lo real y su incapacidad de dar un rumbo sano y serio a un país que naufraga. Mas quién, quiénes, AMLO, borrarán de la memoria del pueblo tus hazañas, las palabras de tus fieles y el inmenso y único deseo que tienes de pasar a la historia. 

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos. l