En la primera línea

Desde el arribo de la pandemia de coronavirus al país, el personal médico y de enfermería tuvo que enfrentarlo en las precarias condiciones del sistema de salud mexicano. Al tratarse de una enfermedad muy contagiosa y potencialmente letal, se requiere de un agudo sentido humanitario, conciencia de la función de la medicina y, para decirlo sin rodeos, de mucho valor para apoyar a los pacientes, que afrontan la infección aislados de sus familias.  

Hace 96 días, el 31 de diciembre de 2019, China reportó los primeros casos de un virus del que nadie sabía: el SARS-CoV-2 (covid-19). Se demoró solamente 59 días en llegar a México y, desde entonces, personal médico y de enfermería del sistema de salud público y privado han sido los héroes en la primera línea de batalla contra esta enfermedad.

Laura Gallardo es una enfermera de 26 años que trabaja en el Hospital General de Zona 32, del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), ubicado en Villa Coapa, en el sur de la Ciudad de México. Durante las últimas semanas parte de su trabajo consta de leer a los pacientes de covid-19 los pequeños recados que sus familiares les envían con frases motivacionales como: “Te vas a recuperar pronto” y “te queremos mucho, vas a regresar con bien”.

“Es tan grande el riesgo de contagio que no tienen permiso de recibir visitas. Entonces, los familiares les mandan recaditos porque no saben si van a volver a verlos”, dice Laura. 

Los enfermos están aislados en cubículos en un piso destinado a atender a personas con el mismo padecimiento, algunos con apoyos ventilatorios cerrados, otros con cortinas. Para ingresar, Laura usa un traje blanco de cuarentena, completamente cubierto, una careta y unas botas, que ella misma tuvo que comprar, pues en el hospital sólo le dieron un cubrebocas N95, una bata y unos goggles o lentes de protección. 

El piso fue adecuado para pacientes con coronavirus desde el pasado 24 de marzo y tiene capacidad para 37 personas. Sin embargo, aún no se ha llenado “porque, aunque llegan nuevos casos, hay defunciones –lamenta la enfermera–. Un día están bien, los dejas bien, y en la mañana o en la noche ya se murieron. En cuestión de horas”.

Laura dice que una de las cosas más difíciles para los enfermos de covid-19 es que mueren solos y no pueden despedirse de los suyos: “Los familiares sufren, porque no es una enfermedad normal en la que puedes verlos; aquí nadie puede entrar. Ni siquiera se le puede entregar el cuerpo a la familia. Prácticamente se entrega a la funeraria y se incinera”. 

Por eso, cuando el miércoles 1 dieron de alta al primer paciente de covid-19 del hospital, un hombre de 35 años que estuvo tres semanas internado con fiebres de 39 y 38.5, que “no se le bajaban”, los doctores y trabajadores del área lo despidieron con aplausos. 

“Como habíamos visto puras defunciones lo felicitamos, porque él estuvo en un cubículo en el que vio morir gente. Creo que se murieron cuatro en su cubículo. Le dijimos que se tiene que cuidar”, recuerda la trabajadora.

La pandemia le cambió la vida

La doctora Dámaris Navarro, de 25 años, vivía con su esposo en casa de sus suegros en lo que les entregaban la propia, pues están recién casados. Pero a partir de la pandemia la pareja tuvo que irse a vivir a un departamento para no estar en contacto con su suegro, que padece de insuficiencia renal. La mezcla de este padecimiento con el covid-19 podría ser trágica. 

“Yo no iba a exponer a mi suegro. Él utiliza medicamentos inmunosupresores, porque su sistema inmune no sirve. Por eso me puse a buscar como loca a dónde mudarme”, dice. 

Ella entendió la gravedad de la enfermedad en el hospital público de Jalisco donde trabaja. Le tocó atender al segundo paciente de coronavirus del estado. Su fallecimiento la dejó muy impactada porque la familia le contó que regresaban de un viaje como parte del tratamiento para curar su depresión.

“Los familiares estaban llore y llore porque el señor sufría de trastorno depresivo y él dijo: ‘¿Saben qué? Ya voy a estar mejor, le voy a echar muchas ganas’. Y se fueron de viaje, pero cuando regresaron el señor ya estaba enfermo” de coronavirus, relata la médica. 

Su trabajo se ha vuelto más pesado. Duerme solamente entre dos y cinco horas, pues cinco doctores renunciaron por el exceso de trabajo y el miedo a contagiarse de este virus. Entre ella y dos colegas se encargan de los servicios de urgencias.

“A los médicos –expone– no nos aumentan el salario por enfrentarnos a una pandemia, ni aunque las jornadas laborales aumenten y el desgaste físico y psicológico sea mucho mayor… Muchos colegas dicen: Yo sé que hice un juramento hipocrático, pero tengo un familiar diabético en casa y no me voy a arriesgar.”

Dámaris es suplente, por ello no tiene Seguro Social. Cuenta con otro seguro médico gracias a su esposo. Diariamente hace ejercicio, se pone su traje quirúrgico que lava a diario y se va a trabajar para ayudar a los enfermos. “Siento que hoy más que nunca nos necesita la sociedad”, dice.

Cumple años este mes y sabe que no podrá celebrar con su familia. 

Miedo al contagio

En los últimos días, Marcos sólo puede ir de su recámara al baño y del baño a su recámara. Su vida se ha reducido a este pequeño espacio porque el domingo 29 y el lunes 30 convivió con personas con covid-19 y él no lo sabía.

Él es un enfermero de 39 años, quien pidió anonimato por miedo a represalias laborales. Trabaja en un hospital del IMSS en el sur de la Ciudad de México, recibiendo a los pacientes que salen del quirófano. Eso fue lo que hizo el domingo y el lunes: recibir a los pacientes recién operados, tomar sus signos vitales, darles medicamento y agua, protegido solamente por un cubrebocas de tela que le dieron en el hospital.

“Desgraciadamente –relata– en el hospital nada más nos están entregando dos cubrebocas por turno, por enfermero, y son de los más sencillos. Pero como estoy en un piso en el que aparentemente no recibimos pacientes infecto-contagiosos, entonces en teoría no habría ningún problema.”

Sin embargo, al día siguiente uno de los pacientes presentó picos febriles de 38 grados y en la semana la otra paciente también tuvo síntomas, por lo que él y 21 trabajadores del hospital que tuvieron contacto con los enfermos están aislados en espera de los resultados de las pruebas del covid-19. Él se enteró así:

“Me manda mensaje la compañera que estuvo con el paciente después que yo, el martes, y me pregunta si había tenido contacto con él. Le digo que sí y me dice que salió positivo para covid. Entonces me empecé a alarmar.”

Marcos es hipertenso y asmático. De inmediato se trasladó al hospital para avisar que había tenido contacto con dos pacientes que supuestamente estaban infectados por el virus. La epidemióloga le dijo que se tranquilizara, que dichos casos todavía no estaban confirmados, y lo mandó a su casa por tres días en espera de los resultados de las pruebas. 

No ha presentado síntomas, pero señala: “Obviamente estoy en pánico porque vivo con mi familia y mi mamá tiene 76 años, mi hermana está enferma, mi pareja igual. Tengo miedo por mí, pero tengo más miedo por ellos; me preocupa más traer el virus a mi casa”.

Escepticismo

Lucía no creía en la letalidad del covid-19, pensaba que era como la pandemia de la influenza H1N1 en 2009 y que no conocería ningún caso cercano de la enfermedad.

A sus 24 años, a esta enfermera que trabaja en un hospital del IMSS en el oriente de la capital del país –quien pide no publicar su nombre real– le pareció un exceso que el Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social insistiera a los empleados 02 y de base que hicieran su pliego testamentario ante la pandemia… hasta que ella se convirtió en paciente de coronavirus. 

Lucía no suele tener contacto directo con los pacientes de covid-19 en su lugar de trabajo, pues está en el área de cirugía. Sin embargo, la madrugada del 27 de marzo comenzó con fiebre, tos seca, malestar en el cuerpo, fluido nasal abundante y dolor en la garganta.

“Unos días antes tuve contacto con un paciente que bajaron a cirugía y presentó síntomas –explica–. No nos dan el equipo necesario, porque es sólo para los que tienen contacto directo con los pacientes de covid, pero los pacientes no tienen rutas establecidas o rutas de emergencia; pueden andar por todo el hospital y hasta que los diagnostican los aíslan. Pero tampoco están bien establecidos. Imagínate. Una cortina no va a ser suficiente contra el virus”. En el hospital en el que trabaja ya suman siete los trabajadores que presentan síntomas de coronavirus. 

Desde hace dos semanas, Lucía está recluida sin salir de su habitación. Sus padres y su hermana le llevan la comida en platos desechables y se los dejan afuera de la puerta.

El pasado lunes 30 fue el cumpleaños de su hermana y se felicitaron por videollamada aunque estaban en la misma casa. “Es algo que te marca psicológicamente porque nunca me imaginé ser un riesgo para mi familia”, dice.