“Mozart y Salieri”

La rivalidad entre Antonio Salieri (1750-1825) y W. Amadeus Mozart (1756- 1791) es una ficción; no iba más allá de dos compositores con estilos creativos contrarios y poca diferencia de edad, que trabajaban para la misma corte de Viena.

A la luz de recientes investigaciones musicológicas, se sabe que tal vez fueron amigos o buenos compañeros, como lo demuestra el hecho de haber compuesto juntos una Cantata K477 “Per la ricuperata di Ophelia”, escrita para la soprano Nancy Storace, de manera que, lejos de querer asesinarse, todo indica que se llevaban bastante bien. Además, Salieri era el maestro de música de uno de los hijos de Mozart.

La idea de que se odiaban y que Salieri mató a Mozart, se ha grabado con fuego en el imaginario colectivo a raíz de la pequeña obra teatral Mozart y Salieri (1830), de Aleksandr Pushkin (1799-1836), padre de la moderna literatura rusa. Años después, Nikolái Rimski-Kórsakov compuso su breve ópera homónima –basada casi textualmente en la obra teatral– en la que integró fragmentos de Le nozze di Figaro, Don Giovanni y el Réquiem de Mozart.

Ya en el siglo XX, el dramaturgo Peter Shaffer escribió la obra teatral Amadeus (1979) que, en 1984, el cineasta Milos Forman llevó a la pantalla; todos ellos han enraizado la idea de que Salieri quería matar a Mozart. Además, en ese filme vemos a un Salieri ya maduro, de unos 50 años, junto a un Mozart de 26, cosa totalmente inexacta; se llevaban solo seis años.

Uno de los pocos espectácu­los que no se cancelaron el sábado antepasado por causa del coronavirus fue el montaje de la ópera de Rimsky-Korsakov Mozart y Salieri, que tuvo lugar en el Teatro San Benito de Cuautitlán Izcali, al norte de la CDMX, en versión a piano. Al espectáculo maravilloso acudió poca gente, quizá medio teatro.

El papel de Salieri lo interpretó el ya experimentado barítono Enrique Ángeles, a quien hemos visto muy por lo alto en varias difíciles producciones, tanto en Bellas Artes como en compañías independientes. La obra se cantó en idioma original, ruso, lo cual supone un esfuerzo titánico para los cantantes y, a decir de los pocos rusos en el público, lo hicieron más que bien. Ángeles nos sorprendió otra vez por su presencia escénica, su actuación plena de verdad, y su voz baritonal generosa y de técnica impecable.

Como Mozart, Alonso Sicairos-León, quien no sólo canta muy bien, es todo un actor de teatro; baila, hace acrobacia, pero sobre todo nos entrega a este personaje (un poco parecido al de Tom Hulce de Amadeus) pero convincente, conmovedor y lo más importante: logra un equilibrio actoral y musical muy conveniente con Enrique Ángeles.

Nos sorprendió el trabajo eficiente e impecable del joven pianista Jorge Martínez, que salió avante con esta no fácil partitura rusa. Así como el violinista Daniel Cervantes, que tocó un fragmento de una sonata para violín y piano de Salieri y otra de Mozart.

Un aplauso muy especial a Ragnar Conde, director de escena. Ya hemos visto su trabajo en otras óperas en diversos estados de la República: es realmente notable y esta vez lo fue más. 

Hay que mencionar a Pedro Pazarán, escenografía, iluminación y utilería en esta producción de Escenia Ensamble. Brisa Alonso, vestuario. Rafael Blásquez, multimedia. Pamela Garduño, producción ejecutiva. Claudia Angélica Muñoz en la difusión y relaciones públicas. Ojalá haya más representaciones, es un trabajo titánico, muy bien hecho, digno de los mejores escenarios.