Señor director:
La discriminación, pobreza y violencia son situaciones diarias a las que se enfrenta la niñez de nuestro país. Son circunstancias que podríamos vivir nosotros, nuestros hijos o amigos, pero es seguro que son los más desprotegidos quienes las padecen. Se trata de aquellos que están en localidades con altos índices de marginación.
Los niños sienten el dolor de ser tratados diferentes, ocultan bajo una mirada triste el hambre que los acompaña y disimulan con mal comportamiento las agresiones físicas y verbales que sufren en la calle o, peor aún, en su casa.
Necesitamos cobijar y dar protección a nuestros niños, pues más que ser el futuro de México cada uno de ellos anhela un futuro propio, una realización personal.
La escuela debería ser el espacio idóneo para darles protección, seguridad, esperanza y nuevas expectativas. La escuela debe proporcionar oportunidad de aprendizaje y crecimiento, la posibilidad para el desarrollo humano y cultural. La escuela debe ser un nodo para la lectura y las artes; un centro para el deporte y la cultura. Infortunadamente no es así.
Hemos confundido escolarización con educación y aprobar con aprender. A las escuelas se les compara por el índice de aprobación y la calificación promedio del plantel, pero poco miramos la realidad de cada estudiante.
Expongo, por ejemplo, la escuela donde laboro (Escuela Secundaria Técnica 210) ubicada en Santiago Tolman en Otumba, Estado de México. Aquí tenemos alrededor de 20 estudiantes que no han tomado clases en todo el ciclo escolar y siempre tienen calificaciones aprobatorias.
Son casos que conocemos como “alumnos fantasma” porque no acuden a la escuela, pero aparecen en la lista y al final acreditan las asignaturas. 20 estudiantes de una matrícula de 170 es una gran cantidad.
Nos hemos preguntado por qué no acuden, por qué los padres o tutores no los envían a clases y por qué los profesores los aprueban.
No especularé sobre las dos primeras preguntas, pero para la última sí tengo nociones. En mi escuela hemos tenido autoridades que nos dicen: “Es indicativo, los alumnos no reprueban”, o bien: “Nosotros no podemos reprobarlos, aunque no acudan, pues estaríamos coartando su derecho a la educación”. Esta última afirmación, a primera vista, parece defender el derecho de los niños, pero en realidad se convierte en una justificación para dejar en el olvido a quienes no asisten a clases.
Justificar la inasistencia de los estudiantes nos lleva a la práctica de anotar calificación aprobatoria a todos, aunque nunca estén. Tenemos que buscar mecanismos para llevar a los niños a la escuela, para darles la oportunidad de incorporarse y crecer culturalmente.
Reconozcamos que la educación es el único medio para salir avante en el mundo, pero si ignoramos a los ausentes no los estamos ayudando, sino que los estamos confinando al olvido, a la marginación y, probablemente, a la delincuencia.
Como docente considero que los hijos son lo más valioso que los padres de familia nos pueden confiar, pero afirmo que lo más importante es que hagan deporte, que disfruten las artes, que viajen con la lectura, que vivan en sociedad y que se expresen mediante la escritura; sólo entonces la calificación aprobatoria vendrá como resultado ineludible.
La escuela tiene el compromiso de mostrar nuevos horizontes y consolidar una visión de mundo para el proyecto de vida de cada estudiante.
El encubrimiento que ha habido en la escuela no cambiará pese a las reformas educativas. Los docentes y padres de familia debemos cambiar diversas prácticas. Debemos asumir responsabilidades para poder desarrollarnos con una cultura escolar en progreso y no sólo de contención.
Las autoridades, por otro lado, pueden tratar este problema desde las leyes secundarias y las normas de control escolar.
Atentamente,
Profesor Ricardo Torres Cantú








