La comedia romántica suele calificarse de ligera, casi con afán de justificarse si a uno le gustó, o de superficial, en caso contrario, aunque sería difícil, no imposible, asociar este género a lo profundo, y menos aún, a lo pesado. Un amor a segunda vista (Mon inconnue; Francia, 2019) es una cinta ligera sin ser superficial, y se disfruta así.
Que Hugo Gélin (La jaula dorada, 2013), en plena era del MeToo se atreva a escribir y dirigir una comedia romántica, liviana, sin intentar realizar una autopsia de las relaciones, es ya un mérito; pero sería superficial que este amor a segunda vista sólo intentara reconciliarse con el punto de vista femenino, por mera corrección política.
Rapahël (Francois Civil) y Oliva (Joséphine Japy), él con talento de escritor, y ella de gran pianista, se conocen en la Prepa, descubren que son el uno para el otro, se casan como en los cuentos, él se vuelve famoso, los muchos hijos son los libros de él; Olivia, sin embargo, sacrifica su propia carrera, el matrimonio comienza a tambalearse; una mañana Raphaël despierta en un universe paralelo en el que él es un tipo de segunda clase, y Olivia, además de ser una exitosa pianista, ni siquiera lo conoce.
Quizá este género de romance, a primera o segunda vista, es el que más soporta resortes de ciencia ficción; que Raphaël y Félix (Benjamin Lavernhe), su mejor amigo, citen a Einstein o Planck como autoridades, poco importa, la verosimilitud se sujeta al corazón; lograr el amor de Olivia podría rectificar el cosmos, o por lo menos enmendar la relación. Habrá que tomar en cuenta que Raphaël escribe novelas de ciencia ficción. Temas recurrentes en las películas de Hugo Gélin son el amor y la amistad; en uno u otro de los universos, Félix es el amigo fiel, Gélin eligió a un estupendo actor de La Comedia Francesa para encarnarlo, pues en esta tradición de teatro el confidente funciona como canal de realidad con el público.
Si se mirara como simple intento de adular a un público en contra de la idea de enterrar a la mujer en el matrimonio, Un amor a primera vista sería un fiasco; Hugo Gélin, que proviene de una familia de actores y creadores, merece un voto de confianza, el conflicto de la coexistencia de dos talentos en la pareja, competencia y cobro, no es nada superficial; Gélin lo plantea en los primeros treinta minutos en zancadas, sin aliento, ni los tiempos muertos en los que tiende a caer la comedia dramática del cine francés.
La inversión de la situación aquí responde a un ideal romántico, el del amor sublime que exige una forma de auto-inmolación, el tono de la comedia supondría aceptar esta fórmula con una sonrisa; parte del público la rechaza justo por asociarla a la corrección política. Pero lo que realmente propone la historia se llama ucronía, una ficción poco usual que ocurre fuera del tiempo; escapismo frente a la angustia del varón moderno que oscila entre la culpa de sacrificar a su mujer, o el miedo de tener que sacrificarse por ella.








